Bang

De la serie: Esto es lo que hay

Es recurrente, inevitable y, por lo demás, lógico y normal, que cada vez que sucede una matanza como la del colegio de Monroe (Connecticut, como ya todo el mundo sabe) se ponga sobre el tapete la delirante legislación armamentística -incluyendo la famosa Segunda Enmienda constitucional- de los Estados Unidos. Mi opinión personal, así en genrérico (después la matizaré) es que me parece una burrada que el primero que llegue, con sólo su documentación y una especie de certificado de estabilidad psicoemocional (que ya vemos para qué sirve, como los certificados que exigen aquí para el permiso de conducir), pueda comprarse, tal como suena, un fusil de asalto, por simple ejemplo. Sí, un poquito capado -está prohibido que puedan disparar ráfagas, por ejemplo-, pero básicamente con la misma potencia (misma munición, mismo diseño, misma ingeniería) que el de uso militar. La economía de escala hace el resto para llegar a que ese fusil cueste muy poco más que un PC portátil de gama media/alta.

No he visitado los Estados Unidos pero quienes sí lo han hecho -es más, conozco a quien ha vivido allí una larga temporada- me cuentan que las armerías, allí, son como el sector de la alimentación: está desde el pequeño comerciante hasta la gran superficie (si no me han engañado, en San Francisco hay un hiper dedicado al instrumental para el tiroteo que ocupa cuatro amplias plantas; y no me extrañaría que no ostentara el récord nacional). Poco sorprendente, habida cuenta del dato estadístico de que en ese país hay 89 armas por cada 100 habitantes, y donde es completamente normal y habitual que una familia -no menos normal y corriente- tenga, guardado en algún cajón, un arma corta de gran calibre.

De donde tampoco digo nada nuevo si afirmo que el problema de las armas de fuego en Norteamérica no es quizá tanto un problema de permisividad legal como que ésta deriva de una cultura de la autodefensa llevada hasta la paranoia. En Europa, por ejemplo, los cursos y prácticas de supervivencia, que tan en boga estuvieron en los años 80, tenían, por lo común (siempre hay excepciones, claro está) un componente airelibrista y montañero: se trataba de adquirir las habilidades suficientes como para ir tirando en razonables condiciones de salud sin más recurso que lo que nos da la naturaleza, todo ello orientado o a una práctica puramente deportiva o a un utilitarismo consistente en estar capacitado para salir de un apuro que el 99 por 100 de la población no sufrirá nunca. Solíamos llamarlo (en mis tiempos de dirigente juvenil impartí algún curso de estos como especialización para monitores) sobrevivir en la naturaleza. En Norteamérica es distinto: la supervivencia se entiende en el sentido más estrictamente bélico que pueda imaginarse y los cursos, aunque también integran conocimientos de naturalismo ad hoc, son básicamente cursos guerrilleros y de instrucción militar. La situación para la que se preparan no tiene que ver con buscarte la vida después de que el avión en el que ibas se haya dado una torta contra una montaña de seis mil metros de altura, sino con que los comunistas invadan tu país. Lo digo tan en serio como en serio ellos lo piensan.

En Norteamérica, el practical shooting, es decir, el tiro práctico o tiro de combate, es una actividad normal, frecuentemente realizada incluso en familia y no hay que recorrer muchos kilómetros para encontrarse con unas instalaciones al efecto. Aquí en Europa, en España, las hay también, aunque la mayoría de ellas -salvo unas pocas muy especializadas y al alcance de los muy pocos particulares con licencia de armas tipo B– utilizan sistemas inofensivos de bolas de tinta o rayos infrarrojos o láser; y aún así, los que lo practican de modo habitual son vistos como bichos un poco raros (su uso normal es el de una pijada de un fin de semana y, como subir en globo o hacer rafting, una vez hecho, hecho está, y si te he visto no me acuerdo).Se da por sentado que la Constitución americana (la famosa Segunda Enmienda) consagra el derecho de cualquier ciudadano de llevar armas para su defensa. Bueno, en realidad, la Segunda Enmienda no dice eso; eso es la interpretación que hizo el Tribunal Supremo de la Segunda Enmienta, cuya literalidad es la siguiente:

«A well regulated Militia, being necessary to the security of a free State, the right of the people to keep and bear Arms, shall not be infringed.»

Traducción (Wikipedia, enlace anterior): Siendo necesaria una Milicia bien ordenada para la seguridad de un Estado libre, el derecho del pueblo a poseer y portar Armas, no será infringido.

Ayer, casualmente, oí en no sé qué cadena televisiva, a una profesora de Derecho administrativo diciendo -muy atinadamente, a mi juicio- que el Tribunal Supremo (norteamericano, se sobreentiende) había interpretado la Segunda Enmienda en un sentido individual cuando su sentido es claramente colectivo; es decir, la Constitución estima necesaria la autodefensa colectiva y organizada («Milicia bien ordenada», dice) para lo cual «el pueblo», los ciudadanos, en tanto que colectivo organizado para la defensa, tienen derecho a llevar armas. Hay que apretar mucho la interpretación -por más que la haya hecho el ya citado Tribunal Supremo- para llevar la Segunda Enmienda a conferir el derecho a ir a una tienda y comprarse un fusil de asalto prácticamente sin más. Y yo voy incluso más lejos que la profesora citada: en una sociedad moderna, la Segunda Enmienda está de más en el siglo XXI. Cabe tener en cuenta que esa enmienda constitucional fue aprobada a finales del siglo XVIII, hace más de 220 años, cuando la norteamericana era una sociedad de frontera (y siguió siéndolo durante todo el siglo XIX, hasta entrado el pasado). Hoy, la eficiencia y extensión territorial de la organización y los poderes del Estado federal hacen completamente inútil esta anacrónica disposición y, por tanto, ya no se trata de una cuestión de interpretaciones, sino de que, sea cual sea la que se haga, esta disposición constitucional debería decaer por obsoleta.

Otra cosa son las razones concretas ante hechos concretos. Los armamentistas, es decir, los partidarios de la Segunda Enmienda, y los más de cuatro millones de socios de la National Rifle Association, sostienen, por ejemplo, que las armas no matan, que matan quienes las empuñan y que, por tanto, son las personas las que debieran ser vigiladas y no el tráfico armamentístico (que, por cierto, genera un enorme volumen de millones de dólares y decenas de miles de puestos de trabajo). Sí y no. Pero también es cierto que en un fin de semana cualquiera y sólo en España, muere tanta gente en carretera como en una de esas tremendas matanzas (este último fin de semana me parece que hubo 15 víctimas mortales en las carreteras españolas) y, sin embargo, nadie restringe la libertad para comprarse un coche ni para ecceder a la licencia de conducción.

Por otra parte, Almudena Negro retuiteaba el otro día un mensaje en el que se recordaba que en la mucho más armamentísticamente restrictiva, tranquila, buenrollítica, pacífica, guay y socialmente desarrollada Europa, y en uno de sus estados más de todo eso, Noruega, se batió hace un año y medio el récord mundial (en número de víctimas) de barbaridades a cargo de civiles con fusil de asalto en mano. España es uno de los países europeos más restrictivo en cuestión de armas (lo que nos convierte en uno de los países más restrictivos del entero mundo) y entre blancas y negras, deportivas, de caza, legales o ilegales, el único problema que al parecer no existe a la hora de atracar una gasolinera o un banco, de asesinar a la suegra, a la pareja o a los hijos, o de liar la de Puerto Hurraco, es el de hacerse con un arma. ¿Entonces?

Entonces, desde mi punto de vista, el problema no está en la permisividad legal para adquirir armas. Ésta es indeseable -cuando menos con esa amplitud que vemos en los Estados Unidos- pero yo no osaría decir que es el problema principal de que sucedan cosas luctuosas. Ni siquiera (que también) el problema cultural. Yo creo que la raíz de todo el asunto está en lo educativo. Y sospecho (no afirmo redondamente, porque ignoro más allá de los básico a nivel puramente informativo o divulgativo) que algo tiene que ver también una mala incardinación de la psiquiatría en los sistemas de salud pública. Sobre esto último, me voy a remitir a muchas declaraciones, artículos y demás manifestaciones del doctor Luis Rojas Marcos (y atención especial a su página web).

Alguna vez he tomado aquí partido cuando ha habido polémica sobre videojuegos tenidos por excesivamente violentos o irrespetuosos con la convivencia. Y siempre he dicho lo mismo: los videojuegos violentos no constituyen ningún problema, siempre que, mediante una acción educativa definida, se enseñe al niño o al joven a distinguir con meridiana claridad entre lo que es un juego y lo que es el comportamiento deseable en sociedad en la vida real. Es decir, definir claramente los límites éticos de la vida real.

El problema, ha dicho siempre, viene de que nadie establece claramente esos límites; y no sólo eso: muchas veces, se emite el mensaje contrario. Si a un niño no se le enseña que no puede proyectar en la vida real las atrocidades que se cometen en un videojuego de conducción violenta y homicida, mal vamos; pero si, encima, su padre conduce como un búfalo delante del chaval y además se ufana de ello y se burla de los que respetan las normas y las más elementales medidas de precaución y de convivencia, lo que está criando ese imbécil es un asesino de carretera o, mucho más probablemente, un conductor suicida que acabará pegado como un sello a un árbol de la cuneta… él y sus tres compañeros de juerga nocturna.

En los últimos veinte años tenemos en las sociedades avanzadas (Europa y América) un problema de violencia gratuita, de violencia no finalista, incluso más bien autofinalista, muy, muy grave. Yo no sé si es un problema educativo, psiquiátrico o, más bien, deficiencias en lo primero que llevan a patologías de lo segundo. Pero ese problema existe. Donde las armas de fuego no son fáciles, se manifiesta con navajas o con botas de puntera de acero, pero no deja de manifestarse de un modo u otro. Por tanto, sí, hay que poner trabas al acceso a las armas de fuego pero, en paralelo, y yo diría que principalmente, hay que poner coto al problema de fondo, al problema cultural, al problema educativo y al problema psiquiátrico y de salud pública que subyacen, casi siempre combinados, en catástrofes como la que ahora nos sobrecoge.

Y nos seguirá sobrecogiendo… hasta que una próxima la supere.

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Comentarios

  • Monsignore  On 18/12/2012 at .

    Eso va a ser del inglés.

    Como practicante de IPSC durante una docena de años (busca por la Red la página del IPSC Gasteiz, que aún te reirás) y ex-miembro de la NRA (en conciencia, no podía apoyar a quienes apoyaban descaradamente a Bush, así que me di de baja), es un debate en el que he participado en muchas ocasiones. Y casos como el de Bélgica, en donde cualquiera puede entrar en una armería con su DNI y salir con un arma en el bolsillo, o Suiza, donde cada ciudadano guarda en su casa un fusil de asalto por ley, o Noruega, donde dos capullos – en un único episodio – te dejan las estadísticas (y a setenta personas) patas arriba, pero donde un homicidio con arma de fuego es algo que sale en primera plana en todos los periódicos, demuestran que las armas no son el problema.

    Es en la cultura anglosajona (EEUU, Inglaterra, Australia) donde se da la matanza indiscriminada de desconocidos; aquí tenemos el Puerto Hurraco, el “la maté porque era mía”, el tiroteo entre clanes. Vamos, cosas más personales, más de estar por casa; más cálidas 😀

    Así que las estadísticas no mienten: Lo que crea asesinos en serie es el inglés.

    (Y, por cierto, otro de los integrantes del IPSC Gasteiz era cierto abogado, hoy terror de la SGAE y defensor de Traxtores… :-D)

  • asmpredator  On 18/12/2012 at .

    Es lo de siempre el problema no son las armas sino el uso que de ellas se hace, un arma en manos responsables no representa ningún peligro, aunque sería mejor que no fueran necesarias.Si le das u arma a un desequilibrado la masacre es casi segura, lo dificil, por no decir imposible, es saber quien esta suficientemente equilibrado para tener ese arma.
    Si vamos a mirar un cuchillo, unas tijeras, incluso una lima de uñas metálica en manos de un perturbado pueden ser armas mortales, incluso cualquier objeto de uso cotidiano suficientemente consistente puede ser un arma, nadie diría que una figura de Lladró o una botella de cristal pudiera ser peligrosa , pero si te la estrellan con suficiente fuerza contra la cabeza puede ser mortal.

  • Jordi  On 18/12/2012 at .

    En una sociedad democrática y en pleno siglo XXI, tener armas de fuego que no sean de caza o deportivas no tiene ninguna razón de ser. Con nuestros impuestos pagamos una fuerza policial y militar y un poder judicial para que proteja nuestros derechos. ¿Acaso hemos olvidado aquel principio básico en Derecho que dice que el Estado tiene el monopolio de la violencia?

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