Monthly Archives: enero 2013

Colarse por la causa

De la serie: Historias de mi ciudad

Voy a coger el metro y, probamente, me dispongo a meter por la ranura de la canceladora la tarjeta multiviaje, ese artilugio antediluviano de cartón con banda magnética que falla más que las pistolas del malo. Hasta en Zaragoza -ciudad que, injustamente, miramos por encima del hombro cuando, como esta que voy a decir, tiene muchas cosas que enseñarnos- tienen unas tarjetas de plástico que se recargan en cualquier sitio y que no se deterioran (fácilmente, al menos). A lo que íbamos. Pago proba y cívicamente mi pasaje cuando en estas, una exhalación, que a duras penas consigo identificar genéricamente como un individuo joven abundantemente melenudo, salta limpiamente el torno y penetra en el recinto por el puto morro, como suele decirse. Juventud, divino tesoro. Incluso así. Cuando yo tenía su edad, de cuatro intentos de salto como el de él, en tres me hubiera dejado los huevos pegados a las barras del aparato fútilmente limitador.

Y, bueno, a mí se me queda cara de gilipollas. Y eso no es lo peor. Lo peor es que, si se pregunta al pollo en cuestión, asegurará que, efectivamente, tengo cara de gilipollas y, no contento con ello, aseverará que, más allá de las apariencias, soy, efectivamente, gilipollas. ¿Todavía peor? Pues me estoy preguntando si el piernas no tendrá, después de todo, razón.

El transporte público nos cuesta una pasta a los ciudadanos. En Barcelona, los usuarios pagamos, aproximadamente, la mitad del coste del servicio; el resto lo pagamos todos los ciudadanos, usuarios o no. Y, sí, tenemos muy serias dudas de que la planificación y la gestión de todo el sistema de transporte público sea correcto, adecuado. Y, sí, tenemos serias sospechas de que con el transporte público barcelonés se nos hacen las cuentas del Gran Capitán para meternos un puro tarifario absolutamente brutal.

Pero, claro, el salto de valla no son formas. Me explico.

Los nenitos estos saltavallas, van de ácratas por la existencia. Dicen que el Ayuntamiento nos roba y ellos roban, pues, al ladrón. Bonito argumento y, sobre todo, cómodo, demasiado cómodo como para estimar la sinceridad, digamos política de esta acracia.

Yo, aún no comulgando con él, guardo un cierto respeto y una cierta consideración hacia el anarcosindicalismo. Es una cosa con la que uno puede estar de acuerdo o no, pero son gente coherente, dura y, sobre todo, limpia. No conozco un anarcosindicalista que sea -ejerciendo sus funciones sindicalistas, cuando menos, que es el entorno en que yo los he tratado- un sinvergüenza. Los habrá, sin duda, pero en mi personal historia sindical he conocido a unos cuantos y todos, del primero al último, son íntegros a prueba de cualquier fuego. Dudo mucho de que ninguno de ellos practique -ni le apetezca practicar, ni siquiera apruebe la práctica- el salto de torno. Dirán que el alcalde es un esto y un lo otro (y tendrán razón, además), dirán cosas muchísimo peores aún del equipo directivo de TMB (y tendrán aún más razón que con el alcalde, menuda tropa, esos…), pero meterán la tarjetita en la canceladora cada vez que accedan al metro o al bus.

¿Por qué? Pues porque ellos saben distinguir perfectamente la acción individual -sospechosa por acomodaticia, sobre todo cuando resulta impune- de la acción colectiva, inspirada por la solidaridad y el sacrificio. Y así, ellos -y yo- hacen muy bien la diferencia entre la acción ciudadana general de entrar en el metro o en el bus sin pagar, como acto de protesta contra lo que haya que protestar -que es mucho- y la acción individual que, por más que se vista de A inscrita en una circunferencia, no es más -digámoslo ya claramente- que puro incivismo, pura gamberrada y pura falta de vergüenza. Es la diferencia, respectivamente, entre un anarquismo (o anarcosindicalismo) discutible, pero sano, y una acracia que no es sino el pretexto de los zánganos, de los gorrones, de los que lo quieren todo, pero que nunca están dispuestos a dar nada. Hijos de papá, en definitiva. Y me van a perdonar los padres de muchos de estos capullos, que a lo mejor… no, a lo mejor, no… con toda seguridad, son trabajadores que han pasado toda su vida doblando el lomo para, en una postrera injusticia de la vida, haber levantado a un hijo imbécil.

Cuando uno lleva a cabo una acción reivindicativa de modo individual sin acuerdo con los demás ciudadanos y en perjuicio de los dineros de todos, del patrimonio común, aún cuando esa acción responda a una reivindicación aceptable, no se está haciendo política ni activismo, simplemente se está tomando la justicia por propia mano.

Pero estos que van de ácratas aún tienen una atenuante: les queda, al menos, el ínfimo y microscópico prurito de justificar su acción, de ahí esa acomodaticia (A). Porque luego están los que no necesitan justificarse ni ante sí mismos ni ante nadie, simplemente practican el salto de torno porque yo lo valgo. Huelga decir que, como otros ejemplares que yo me sé, son groseros y generalmente agresivos y violentos, pero no me extiendo porque algunos dirán que son excepciones también.

En ralidad, unos y otros, no son sino unos insolidarios que nos están tomando el pelo a billetes llenos.

Hace unos meses, surgió por aquí la iniciativa de crear un app para móviles que permitiera chivarse de este tipo de comportamientos en el ámbito de los ferrocarriles de la Generalitat de Catalunya, iniciativa que fue puesta a parir. Es verdad que esto de chivarse parece feo pero, en realidad, no veo por qué tengo que ser solidario y tolerante con quien no lo es conmigo. Yo hubiera utilizado sin vacilar esa aplicación (que, obviamente, hubiera instalado de inmediato en mi móvil) y mi única reserva estaba en el asunto de señalar con el dedo a los indigentes, que eso ya es otra cosa. Pero, bueno, con no denunciar a indigentes y sí a gamberros y a insolidarios, cuestión solucionada. En fin, lo de la app no prosperó pero, si lo habilitaran, yo no vacilaría en utilizar un número de teléfono (gratuito, obviamente) para denunciar estas conductas. Y los demás, no lo sé, pero a mí no me importa dar mi nombre, apellidos y número de DNI.

Aunque la mona se vista de seda, mona se queda. Las revoluciones -supuesto amable de que sea eso lo que se pretende, que no me lo creo– no se hacen accediendo al metro o al bus sin pagar. Las revoluciones, como todo aquello que, de algún modo, produce valor, suelen ser algo que cuesta muchísimo esfuerzo y muchísimo sacrificio. No creo en revoluciones cómodas.

Lo que nos lleva a que desde la propia base ciudadana hay también corrupción. Porque este fenómeno del timo al transporte público no es otra cosa, igual que lo es el trabajo sumergido, el pago en negro y otros deliciosos fenómenos de la economía y la sociedad española.

No son los políticos los únicos guarros. Lo nuestro es cultural.

A firmazo limpio

De la serie: Esto es lo que hay

Hoy es el último día de recogida de firmas para la iniciativa legialativa popular en pro de la legalización de la dación en pago.

Los organizadores han anunciado que, una plataforma por otra, se habrá conseguido sobradamente el millón de firmas. Es una participación importantísima que la Casta no podrá ignorar; y si lo hace, engrosará una factura ya larguísima cuya liquidación, el día que por fin se pase a cobro (y ese día tardará más o menos, pero llegará) será dolorosísima.

Estoy contento y orgulloso de haber aportado mi firma y de haber contribuido, en la modestísima medida de este humilde blog, a este éxito. Que ya lo es, por más que casi todos tengamos la fría sospecha de que la Casta lo desdeñará y lo arrojará a la basura.

Lo dicho: ya llegará el día de pago. Y que se calcen los morosos.

Jóvenes

De la serie: Esto es lo que hay

Ernest Folch firma hoy en «El Periódico» un artículo muy retuiteado titulado «Tenían razón», un artículo cuyo fondo suscribo íntegramente. Su fondo, pero no algunas de sus formas. Como, sobre todo, esa insistente manía de atribuir el 15-M a los jóvenes. Comprendo que queda muy bien, como recurso entre literario y efectista, la imagen de un joven protestando, abucheado por la gente de seny y de orden, para después resultar que el joven tenía razón y que la gente de seny y de orden, lengua al culo. Queda muy bien, pero no es en absoluto así.

Yo estuve en el 15-M. Y no lo digo a toro pasado: quien siga este blog o busque por las fechas de marras comprobará que no sólo estuve, sino que, además, en mi modesta medida, lo promoví y fui uno de los que regresó a casa alucinado y feliz por aquel éxito que sorprendió a la propia empresa, más que por el éxito en sí mismo (que fue grandísimo) por lo imprevisto: jamás hubiéramos soñado que llegaramos a armar la que se armó, jamás pensamos -y yo menos, que era de los quejosos de que nunca se movía el culo- que aquella oleada que sacudía las redes sociales pudiera legar a proyectarse en la calle misma en toda su amplitud. Y lo seguí muy atentamente en su fulgor -y caída- posterior.

Y no: el 15-M no fue un movimiento de jóvenes.

¿Había muchos jóvenes? Desde luego que sí. Muchísimos. Todo movimiento de protesta tiene un componente joven importante (excepto, obviamente, los yayoflautas) y más, mucho más, cuando este movimiento se motoriza a través de una tecnología que aún podemos llamar nueva sonrojándonos lo justo. También, por supuesto, habría que delimitar el concepto de joven a estos efectos. Cuando se piensa en jóvenes (y el autor apunta claramente al sector coetáneo al de los de la rasta), estamos pensando en un sector de gente soltera, sin responsabilidades familiares formadas aún, en precario laboral y quizá social, o bien estudiando todavía. Joven, por supuesto, lo es también un padre de familia de 34 años, pero me parece que no es este el tipo de joven al que se está refiriendo Folch. Si lo fuera, si se incluyera también en el concepto a gente menor de 35-40 años, está claro que el 15-M fue mayoritariamente formado por jóvenes: como la sociedad misma, por supuesto. Pero no de otro modo, no entendiendo por joven lo comúnmente aceptado como sector social, ese en el que ya no entra un señor de 34 años casado y con hijos.

En el 15-M participó muchísima gente mayor, gente de edades claramente adultas y gente en edad ya provecta. Muchísima. Primero, porque en las redes sociales participa mayoritariamente gente joven, pero no únicamente; y segundo porque, a partir de cierto punto, la llamada trascendió de las propias redes sociales. Lo que ocurre es que, al no haber sido recogida por los media pesebreros -que hicieron un ridículo espantoso-, no nos dimos cuenta de esa trascendencia hasta el día de marras, cuando vimos la calle misma.

Después, con lo de las acampadas y las asambleas y ya, precisamente, con la desnaturalización misma de aquel 15-M (aunque tendría una o dos interesantes y multitudinarias resurrecciones) sí que la cuestión quedó en manos de jóvenes. Pero sobre esto ya escribí en su día en términos bastante duros.

Hay algo de atávico, en esto del culto a la juventud, supongo que será porque la mayoría de gente la añora y algunos la lloran de por vida. Quizá es que no sea mi caso, quizá porque yo me he encontrado mucho más a gusto en edades adultas que en juveniles (la edad ideal, el equilibrio perfecto entre lo físico y lo mental, para mi gusto, está, así en general, entre los 34 y los 37 años), no valoro tanto la juventud, más allá de aquel físico que te aguantaba todo lo que le echaras y de aquella temeridad -que no valor, generalmente- que tantos réditos en inofensiva fanfarronada familiar o de compadreo entre amigos proporciona.

Para mí, la proporción de juventud en un colectivo no es tanto una cuestión de vida presente como de supervivencia futura. ¿Hay jóvenes? Pues ese colectivo o ámbito tiene futuro. ¿No los hay? Malo: en X años no queda aquí ni el potito. Yo, por ejempo, encuentro más a faltar en según qué entornos, el sector, digamos, activo, en términos casi laborales. Por ejemplo, en la asociación de vecinos, o en el Consejo de barrio, donde la tercera edad domina por aplastamiento numérico, no echo de menos tanto a los jóvenes -que no hay ni uno de muestra- como a la gente de entre 35 y 65 años, que es la que verdaderamente dinamiza los colectivos. Sin desdeñar, por supuesto, la aportación de jóvenes y de ancianos, pero me parece muy sintomático -y muy dramático- que la población activa eluda masivamente -porque así puede decirse- su participación en la sociedad civil. Así le luce el pelo a la sociedad civil.

Por tanto, no: el 15-M fue un movimiento ciudadano, ampliamente ciudadano, y ese fue, precisamente su principal característica y lo que le confirió un peso específico importante y, casi me atrevería a decir, histórico, pero no fue un movimiento juvenil como parece pretender el amigo Folch.

Aunque quede muy bien como alegoría para un artículo -en lo demás, muy acertado- del que recomiendo tomar muy buena nota.

Que no tomarán quienes deberían tomarla, claro.

Desigualdades que matan

De la serie: Rugidos

«No todos somos iguales», dicen ahora los del PP, sobrecogidos por la bronca pública que les está cayendo que, en algunos casos, afecta incluso a su vida personal.

Y es verdad. No todos son iguales.

Están los que cobraron -o quizá cobren aún- los famosos sobres. Están los que no cobraron, pero confiaron en poder cobrar algún día. Están los que ni cobraron ni confiaban en cobrar, pero supieron y callaron, ellos sabrán por qué. Y están los de la base, los pegacarteles por amor al arte y los votantes, so panolis, que ni cobraron, ni esperaron cobrar, ni supieron, ni callaron: gritaron como posesos aquello de ¡¡Mariano presidente!!.

Pues claro que no son todos iguales.

Aún hay clases.

Intermedio

De la serie: Anuncios y varios

Pues estoy con la pájara ¿qué queréis que os diga? Y no es que no ocurra nada… o quizá es que ocurre demasiado y me entra como una especie de hartazgo existencial.

Nada, tranquilos, que eso es como un resfriado y se pasa. La semana que viene o así.

Me parece… 😉

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