Colarse por la causa

De la serie: Historias de mi ciudad

Voy a coger el metro y, probamente, me dispongo a meter por la ranura de la canceladora la tarjeta multiviaje, ese artilugio antediluviano de cartón con banda magnética que falla más que las pistolas del malo. Hasta en Zaragoza -ciudad que, injustamente, miramos por encima del hombro cuando, como esta que voy a decir, tiene muchas cosas que enseñarnos- tienen unas tarjetas de plástico que se recargan en cualquier sitio y que no se deterioran (fácilmente, al menos). A lo que íbamos. Pago proba y cívicamente mi pasaje cuando en estas, una exhalación, que a duras penas consigo identificar genéricamente como un individuo joven abundantemente melenudo, salta limpiamente el torno y penetra en el recinto por el puto morro, como suele decirse. Juventud, divino tesoro. Incluso así. Cuando yo tenía su edad, de cuatro intentos de salto como el de él, en tres me hubiera dejado los huevos pegados a las barras del aparato fútilmente limitador.

Y, bueno, a mí se me queda cara de gilipollas. Y eso no es lo peor. Lo peor es que, si se pregunta al pollo en cuestión, asegurará que, efectivamente, tengo cara de gilipollas y, no contento con ello, aseverará que, más allá de las apariencias, soy, efectivamente, gilipollas. ¿Todavía peor? Pues me estoy preguntando si el piernas no tendrá, después de todo, razón.

El transporte público nos cuesta una pasta a los ciudadanos. En Barcelona, los usuarios pagamos, aproximadamente, la mitad del coste del servicio; el resto lo pagamos todos los ciudadanos, usuarios o no. Y, sí, tenemos muy serias dudas de que la planificación y la gestión de todo el sistema de transporte público sea correcto, adecuado. Y, sí, tenemos serias sospechas de que con el transporte público barcelonés se nos hacen las cuentas del Gran Capitán para meternos un puro tarifario absolutamente brutal.

Pero, claro, el salto de valla no son formas. Me explico.

Los nenitos estos saltavallas, van de ácratas por la existencia. Dicen que el Ayuntamiento nos roba y ellos roban, pues, al ladrón. Bonito argumento y, sobre todo, cómodo, demasiado cómodo como para estimar la sinceridad, digamos política de esta acracia.

Yo, aún no comulgando con él, guardo un cierto respeto y una cierta consideración hacia el anarcosindicalismo. Es una cosa con la que uno puede estar de acuerdo o no, pero son gente coherente, dura y, sobre todo, limpia. No conozco un anarcosindicalista que sea -ejerciendo sus funciones sindicalistas, cuando menos, que es el entorno en que yo los he tratado- un sinvergüenza. Los habrá, sin duda, pero en mi personal historia sindical he conocido a unos cuantos y todos, del primero al último, son íntegros a prueba de cualquier fuego. Dudo mucho de que ninguno de ellos practique -ni le apetezca practicar, ni siquiera apruebe la práctica- el salto de torno. Dirán que el alcalde es un esto y un lo otro (y tendrán razón, además), dirán cosas muchísimo peores aún del equipo directivo de TMB (y tendrán aún más razón que con el alcalde, menuda tropa, esos…), pero meterán la tarjetita en la canceladora cada vez que accedan al metro o al bus.

¿Por qué? Pues porque ellos saben distinguir perfectamente la acción individual -sospechosa por acomodaticia, sobre todo cuando resulta impune- de la acción colectiva, inspirada por la solidaridad y el sacrificio. Y así, ellos -y yo- hacen muy bien la diferencia entre la acción ciudadana general de entrar en el metro o en el bus sin pagar, como acto de protesta contra lo que haya que protestar -que es mucho- y la acción individual que, por más que se vista de A inscrita en una circunferencia, no es más -digámoslo ya claramente- que puro incivismo, pura gamberrada y pura falta de vergüenza. Es la diferencia, respectivamente, entre un anarquismo (o anarcosindicalismo) discutible, pero sano, y una acracia que no es sino el pretexto de los zánganos, de los gorrones, de los que lo quieren todo, pero que nunca están dispuestos a dar nada. Hijos de papá, en definitiva. Y me van a perdonar los padres de muchos de estos capullos, que a lo mejor… no, a lo mejor, no… con toda seguridad, son trabajadores que han pasado toda su vida doblando el lomo para, en una postrera injusticia de la vida, haber levantado a un hijo imbécil.

Cuando uno lleva a cabo una acción reivindicativa de modo individual sin acuerdo con los demás ciudadanos y en perjuicio de los dineros de todos, del patrimonio común, aún cuando esa acción responda a una reivindicación aceptable, no se está haciendo política ni activismo, simplemente se está tomando la justicia por propia mano.

Pero estos que van de ácratas aún tienen una atenuante: les queda, al menos, el ínfimo y microscópico prurito de justificar su acción, de ahí esa acomodaticia (A). Porque luego están los que no necesitan justificarse ni ante sí mismos ni ante nadie, simplemente practican el salto de torno porque yo lo valgo. Huelga decir que, como otros ejemplares que yo me sé, son groseros y generalmente agresivos y violentos, pero no me extiendo porque algunos dirán que son excepciones también.

En ralidad, unos y otros, no son sino unos insolidarios que nos están tomando el pelo a billetes llenos.

Hace unos meses, surgió por aquí la iniciativa de crear un app para móviles que permitiera chivarse de este tipo de comportamientos en el ámbito de los ferrocarriles de la Generalitat de Catalunya, iniciativa que fue puesta a parir. Es verdad que esto de chivarse parece feo pero, en realidad, no veo por qué tengo que ser solidario y tolerante con quien no lo es conmigo. Yo hubiera utilizado sin vacilar esa aplicación (que, obviamente, hubiera instalado de inmediato en mi móvil) y mi única reserva estaba en el asunto de señalar con el dedo a los indigentes, que eso ya es otra cosa. Pero, bueno, con no denunciar a indigentes y sí a gamberros y a insolidarios, cuestión solucionada. En fin, lo de la app no prosperó pero, si lo habilitaran, yo no vacilaría en utilizar un número de teléfono (gratuito, obviamente) para denunciar estas conductas. Y los demás, no lo sé, pero a mí no me importa dar mi nombre, apellidos y número de DNI.

Aunque la mona se vista de seda, mona se queda. Las revoluciones -supuesto amable de que sea eso lo que se pretende, que no me lo creo– no se hacen accediendo al metro o al bus sin pagar. Las revoluciones, como todo aquello que, de algún modo, produce valor, suelen ser algo que cuesta muchísimo esfuerzo y muchísimo sacrificio. No creo en revoluciones cómodas.

Lo que nos lleva a que desde la propia base ciudadana hay también corrupción. Porque este fenómeno del timo al transporte público no es otra cosa, igual que lo es el trabajo sumergido, el pago en negro y otros deliciosos fenómenos de la economía y la sociedad española.

No son los políticos los únicos guarros. Lo nuestro es cultural.

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Comentarios

  • Jordi  On 31/01/2013 at .

    La última frase de tu artículo es la más lapidaria e ilustra todo un lema de este país: “a mí, que me digan algo”.

  • asmpredator  On 31/01/2013 at .

    Si, por suerte los que no pagan son excepciones ;), aunque son muy numerosos y no por reivindicar nada, sino por ahorrarse el pago del billete simplemente.
    Lo de que sea cultural…, si y no, si porque la picaresca forma parte del carácter español desde hace muchos años, y no porque el primero que debería dar ejemplo de rectitud y honestidad, el que sale en la televisión contando milongas sobre lo justo y recto es quien se pasa por el forro toda legalidad y todo sentido del decoro y la ética y así es muy difícil que el sinvergüenza de a pie tenga algún reparo en serlo.

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