Monthly Archives: febrero 2013

Evolución, revolución, involución

De la serie: Esto es lo que hay

Lo que ha ocurrido con las elecciones italianas debería llevar a profundas meditaciones en muchos palacios. Y, bien, parece que sí, que en algunos sí que están empezando a hacerse preguntas; en otros, sin embargo, se mantienen en sus trece, erre que erre; o, mejor -aunque más macarrónicamente- expresado, erren que erren.

Una persona de mi entorno comentaba ayer, al hilo de todo esto, que en España unas elecciones probablemente arrojarían resultados parecidos, con variaciones peculiares, seguramente (no tenemos berlusconis ni beppegrillos) pero de parecida índole y aseguraba que si la situación actual se prolonga, esto va camino de una revolución. Y yo le maticé: de una revolución, no: de una revuelta. Que es peor.

Una revolución es un proceso que empuja una alternativa concreta. Una revolución se hace para algo, para cambiar un régimen político, un sistema o un estado de cosas tenido por indeseable por otra cosa más conveniente. Y puede ser violenta o pacífica, indistintamente, sin que el hecho de la violencia o no violencia le añada o quite valor. Y siendo pacífica, puede ser incluso legal (por ejemplo, una cantidatura electoral que propugna el cambio de sistema constitucional y gana las elecciones por muy amplia mayoría) o puede ser asimismo pacífica, pero saltándose la legalidad, un estado de subversión pura y dura que triunfa sin más al no encontrar defensores el establishment cuestionado. Revoluciones violentas conocemos todos, así que no pierdo tiempo en ejemplos. Un ejemplo de revolución pacífica subvirtiendo la legalidad puede serlo la proclamación de la IIª República española. Y un ejemplo de revolución pacífica dentro de la legalidad podía serlo la Transición española, pero lo digo con la boquita pequeña porque su cualidad de revolución podría estar muy cuestionada; incluso la de legalidad, si hacemos caso -que no se lo hacemos- a ultramontanos del viejo régimen.

La revuelta es el estallido, sin más. La revuelta es el impulso destructivo producto del hartazgo. Con ella, sólo pueden pasar dos cosas: o que un proyecto revolucionario preexistente sepa cabalgar sobre ella y hacerla suya y convierta la revuelta en una revolución violenta -lo que, según las circunstancias, podría conducir, paradójicamente, a pacificarla- o que la revuelta se vea sofocada, sin más. Y esto último puede acontecer por propia dinámica -las revueltas no duran indefinidamente, terminado el combustible, o sea, satisfecha la ira, termina el fuego- o bien puede verse sofocada por la represión del sistema. En el supuesto revolucionario se deduciría una evolución, en caso de sofocación por el sistema se iría, con casi toda seguridad a una involución, y si la revuelta se produce y se apaga sola, vete a saber…

En este momento, hay un importante caldo de cultivo en España para una revuelta: angustia generalizada por los gravísimos problemas económicos forzados desde Bruselas por una situación financiera catastrófica que los ciudadanos no han causado (por más que se les intente acusar de ello), un paro inasumible que, encima, sigue creciendo imparablemente, una cantidad absolutamente brutal de desahucios por morosidad hipotecaria que convive con un parque de viviendas vacías inmenso, una irritación creciente ante una situación de corrupción política generalizada y enorme, sujeto a poquísimas excepciones que, además, se van reduciendo con el paso de los meses y cuyo ámbito e intensidad aumenta cada día (y con un tempo que cada vez me parece ver más claro que responde a una programación), con una monarquía cuestionada a la totalidad por amplios -y, desde luego, abrumadoramente mayoritarios- ámbitos de la ciudadanía, no en menor medida por su directa, estrecha y cada vez más clara relación con la corrupción política de la que habría sacado tajada, y con la estructura territorial del Estado impugnada desde dos regiones, una de las cuales ha lanzado un órdago a plazo fijo. Y las próximas elecciones generales deberían esperar aún casi tres años.

La cuestión es: ¿aguantará esta legislatura (no este Gobierno: esta legislatura) tres años? Yo creo que no. Y muchísima gente -de la calle, pero no pocos analistas de fuste- lo tiene también claro. Yo lo veo así: si el PP se empecina en mantener la legislatura los tres años que aún le quedan, la revuelta hay que darla por descontada. No sé si se producirá mañana, el mes que viene o el año próximo, pero que esto no aguanta tres años, es folklore en cátedras y en barracas. A menos, claro está que hubiera un cambio radical de política, pero parece difícil que un PP hipotecadísimo con todos los lobbyes financieros del universo (y con no pocos que no son propiamente financieros) y doblegado a los designios de Berlín, afronte ese cambio tan radical que constituiría a única alternativa de continuidad del statu quo.

El problema es que la alternativa, una disolución parlamentaria y convocatoria de comicios generales, no sé hasta qué punto es alternativa puesto que… no la hay. Sí, quizá podría surgir aquí un Beppe Grillo (¿Wyoming podría hacer ese papel, quizá?), pero tampoco veo qué podría solucionar un beppegrillo o un wyoming ni aún como gobernantes o como bisagras de partidos más convencionales. La clase política española, la Casta, está completamente quemada. Completamente. Incluso para muchos que la votan, IU & Etc. constitye una alternativa menos mala, pero está lejos de lo bueno, no deja de ser la parte menos incomestible del plato del sistema. Y más allá de ellos… ¿qué hay? Dentro del sistema, por supuesto, nada (porque en definitiva, el que está quemado es el propio sistema); pero es que fuera tampoco se atisba ni siquiera una molécula de alternativa (no: los actuales extraparlamentarios no lo son; en la práctica totalidad de los casos o son restos de naufragios anteriores -ahí tienes a falanges, comunismos irredentos rojos o amarillos y cosas raras en general- o se trata de formaciones o bien univectoriales -los Piratas, por ejemlo- o de pequeñas organizaciones en las que, más allá de un eventual voto de protesta, nadie depositaría su confianza).

Después están los atajos, los ungüentos amarillos que lo solucionan todo, pero que nadie sabe cómo, lo que podríamos llamar la «homeopatía política». En este campo, destacan, por un lado, el republicanismo (del que, a un nivel sentimental, participo) y, por el otro, el independentismo. Y los dos casos son lo mismo por la misma razón: indefinición. En mi aspecto personal, la única diferencia es mi afección republicana y mi desafección independentista pero, repito, se trata de una cuestión puramente sentimental. Para dar un sí o un no racional, lo que quiero ver son proyectos constitucionales, completos y articulados. Porque una república puede ser un régimen presidencialista al estilo o bien francés o bien estadounidense (que son dos presidencialismos diferentes), o, efectivamente, como muchos objetan, una monarquía que se cambia cada cuatro años. ¿Y cómo se estructuraría la territorialización del Estado? ¿Centralizado, acaso? ¿Autonómico? ¿Federal? Y por cierto: ¿cuál es la diferencia entre uno u otro? Y con la independencia, lo mismo. Oh, que en Cataluña ataremos los perros con longanizas tan pronto nos quitemos a España de encima. Y unas narices, hay muchísimas razones para penar que eso no va a ser así en absoluto. Pero, además de eso, antes de sacar banderas e himnos, quiero ver un proyecto constitucional, igual que en el caso republicano. Porque, claro, capitaneando CiU la cosa, tengo mis sospechas de que una Cataluña independiente no fuera a ser más de lo mismo y para este viaje no harían falta alforjas ni andar poniendo fronteras de la señorita Pepis. Eso aún suponiendo que yo fuera alérgico a España, cosa de la que estoy muy lejos.

En resumen: además de una crisis económica de caballo, además de una crisis política enorme, además de una fractura social bestial y además de una estructura estatal que se derrumba por momentos, tenemos un lío que nadie tiene, en realidad, la menor idea de cómo resolver. No hay alternativa. Y si la hay, no es todavía visible -quizá ni siquiera intuible- ni, en consecuencia, es aún practicable.

Hasta hoy hemos vivido agobiados y atemorizados. Que no tengamos por delante el terror y el dolor.

Cultura política y democrática

De la serie: Historias de mi ciudad

Ayer se celebró el Consell de Barri de mi barrio, con perdón por la redundancia. Vaya, fue más interesante que otros, quizá porque fue más sustantivo y se habló de política de barrio, que es de lo que se debe hablar en este tipo de actos; seguramente debemos agradecerle al frío intenso, inusual en Barcelona, la ausencia de un importante sector de tercera edad que toma los consejos de barrio como un libro de reclamaciones creyéndose que con ello puentea los cauces normales de atención ciudadana del Ayuntamiento que, en realidad, son mucho más rápidos y eficaces.

Y aunque esta vez se pudo salvar el festival semestral de la cagada de perro y de las cajas del frutero, se volvió a caer, y en proporción aún mayor de la que en su día ya comenté (CAT), en confusiones sobre la representatividad de las entidades.

Me explico un poco para que los lectores habituales ajenos a esta problemática, que lo son casi todos, se ubiquen y entiendan.

Los consejos de barrio son actos, ahora semestrales, en los que el Ayuntamiento barcelonés, en la cabeza de su concejal de distrito, dialoga directamente con los ciudadanos (que pueden asistir y hablar libremente) sobre los problemas que afectan a un barrio concreto. En Barcelona, los barrios constituyen una división administrativa subordinada a los distritos. Estos consejos no son órganos decisorios pero sí podríamos decir negociatorios, o sea que de sus debates pueden deducirse compromisos políticos por parte del Ayuntamiento. Otra cosa es que se cumplan o no, pero ese ya es otro tema.

En mi barrio concreto (El Congrés i els Indians) hay, además, una mesa de entidades y una mesa monotemática sobre el canódromo. La mesa de entidades es una mesa de dialogo y negciación entre las entidades cívicas del barrio, por un lado, y la administración municipal, por otro; la mesa del canódromo es lo mismo, pero específicamente dedicado a la problemática del que fue Canódromo Meridiana -creo que el último que funcionó en España- parte de cuyas instalaciones están catalogadas, lo que lo salvó hace seis o siete años de ser demolido y de constituir una nueva víctima de la rapacidad inmobiliaria que ya olfateaba sangre por aquel sector. El achuntamén (entonces socialista) compró el solar -que costó una pastísima- y… ya no supo qué hacer con él. Lógicamente, el barrio demanda equipamientos y, bueno, parece que sí, que se van a hacer unos cuantos y que aquello va a ser sede, además, de un equipamiento cultural y, bueno, seis años después, la cosa aún está en fase de diseño, pero lo que ocurre ahora es que no hay pasta. Un parking subterráneo que yo ya creía cosa decidida, resultó ayer que no, que no está decidido aún, y si se decide, será lo primero que habrá que hacer, de modo que así estamos. Seis años, insisto.

Pues este tema del canódromo constituyó prácticamente la mitad de la temática que se trató ayer y, a su socaire, volvió a darse un problema nada nuevo de cultura política. Resulta que uno de los representantes políticos -no recuerdo ni tengo mayor interés en recordar de qué partido- insistió en que el concejal había prometido un consejo de barrio extraordiario sobre el canódromo y reclamaba la celebración de este consejo de barrio. El concejal se ratificó en el compromiso de celebrarlo, pero alegó que tenía que acabar de perfilar todos los temas que habrían de tocarse en él (dentro del global del canódromo en cuestión) y que confiaba en que, estudiados estos temas, se celebraría el consejo poco antes o poco después de Semana Santa. Entonces se levantó el representante de la Asociación de Vecinos reclamando que previamente se consultara con la mesa del canódromo y alegando que él, como representante de la Asociación, representaba a su vez a los vecinos del barrio, cosa que fue enérgicamente contestada por el representante de una plataforma vecinal alternativa que hace ya algunos años que se constituyó. Y yo me quedé de pasta de boniato.

Señores: como ya dije una vez -véase enlace anterior- las asociaciones, plataformas y demás entidades no representan sino a sus socios -papeles canten: veamos los libros de afiliación- y a las voluntades vecinales cuya adhesión susciten a cada momento y tema, adhesión que no se supone por las buenas, sino que debe ser, en todo caso, demostrada. Y demostrada es demostrada, no simplemente alegada.

Señores: los únicos representantes de los vecinos que pueden ser indiscutiblemente tenidos como tales, son los que salen de las urnas en las elecciones municipales. Con independencia o no de que nos gusten los resultados de las elecciones municipales, pero es que la cosa funciona así y si no ha de funcionar así, o se establece una alternativa legal y ordenada (o sea, otro sistema político, hablando en plata) o se convierte esto en una casa de putas.

Señores: las mesas dichosas, están muy bien cuando constituyen espacios de trabajo que el entorno asambleario no permite fácilmente (incluso las asambleas del 15-M tuvieron que acabar formando comisiones de esto y de lo otro porque, si no, no había forma de llevar a cabo un trabajo eficiente… en su caso) pero cuando las mesas pretenden -como verdaderamente están pretendiendo- sustituir o incluso superponerse a la expresión directa del vecindario en el Consejo de Barrio, como en realidad está ocurriendo, cuando las mesas acaban constituyendo un pretexto para puentear al Consejo -como, de hecho, las ha utilizado alguna vez la administración municipal en este sentido- entonces las mesas dejan de ser, para el barrio y para los vecinos, un ámbito de eficiencia para pasar a ser otro podercillo interpuesto, más a la contra que por la banda, como decía el barbero del chiste. Un inconveniente más que una ventaja.

Y es que en un país tan democráticamente cutre, la sociedad civil no ha encontrado aún una ubicación idónea y o se pasa -como ayer pudimos ver claramente- creyéndose único vector democrático (como sí pudo serlo en tiempos del franquismo) o se queda corta, generalmente ninguneada por los políticos. No sorprende que esto sea así en un sistema que parte de una Constitución que fue diseñada sin contar con la ciudadanía y al concreto fin de ningunear a la ciudadanía; lo que nos ocurre ahora es que una casta política de ínfimo nivel y rebozada en una corrupción intensiva y extensiva tremendamente cronificada nos ha permitido ver lo que no quisimos ver en treinta años: que el rey está desnudo (por lo menos, en sentido metafórico). Y esa desubicación lleva a ideas erróneas o a actitudes arcaicas (¡mira que constituirse por las buenas en representante del entero vecindario!) por parte de algunos. No hubiera resultado políticamente elegante, pero el concejal hubiera pordido responder con toda razón y con toda propiedad: «Señor, el único representante de los vecinos que hay aquí soy yo».

La buena voluntad, en términos generales, no la niego, ojo. Soy miembro de la Asociación de Vecinos y conozco a la persona a la que me estoy refiriendo (que a mí sí me representa: estoy en el libro y lo estoy porque quiero) y es un tío que echa muchísimas horas de trabajo voluntario en diversos proyectos de la Asociación, además de participar en la gestión de la misma, la cual indudablemente trabaja en pro del barrio (en su propia visión o interpretación de los intereses del barrio) y ha obtenido resultados que en mi opinión y, supongo, en la de los demás socios (y en la de muchos otros que no están asociados, pero que no sé si constituyen o no mayoría vecinal) son muy positivos para el barrio. Pero de ahí a representarlo, va un trecho muy largo que no puede sortearse en un salto dialéctico.

Estamos muy lejos, tanto en términos individuales como colectivos, de tener en este país una cultura cívica y democrática de verdadero nivel europeo. Quizá por eso, a las primeras de cambio, nos sale el pelo de la dehesa. Y es un problema muy grave porque la cultura cívica y democrática no se aprende solamente en la escuela, con o sin educación para la ciudadanía sino que se aprende con la práctica, con la práctica diaria, con el ejercicio cotidiano de la vida en sociedad en el entorno vecinal, sindical, político, asistencial o cualquiera otro de similar índole. Pero todo ello, además, con una correcta incardinación de esa sociedad civil, constituida por esa vida en sociedad organizada, en el ámbito político general.

Y ese es otro desafío que tiene que plantearse esa soñada reforma constitucional que no acaba de llegar y que no sé si tendremos clara cuando llegue.

Ay.

Amenaza borrasca

De la serie: Correo ordinario

No suelo creer en la casualidad de la sucesión de ciertos hechos. Ni yo ni nadie. Hace muy poco más de un mes, Rajoy recibía a puerta cerradísima -que es la forma habitual en que los populacheros estos hacen las cosas- a Christopher Dodds, el preboste máximo del apropiacionismo norteamericano, la MPAA, es decir, la industria del cine. Pocos días después, empezaba a correr la voz de que España iba a volver a ser incluida en la famosa lista 301, esa lista que es como el Cuélebre o el piojo verde, misteriosa, ignota y que supone, al parecer, interdicciones comerciales importantes para el desgraciado que va a parar a ese averno. Países tan subdesarrollados, por ejemplo, como Canadá o como Suiza están en él. Poco después nos trasciende a la Asociación de Internautas un borrador del hilo por el que va a discurrir la reforma de la Ley de Propiedad Intelectual, borrador que ya ha circulado por toda la Red. Y nos llega ahora la noticia de una convocatoria de la Coalición de Creadores e Industrias, al mando ahora de la ínclita Carlota Navarrete, sucesora que fue de Pedro Farré cuando éste, antes de tener razones con la Justicia, decidió abandonar este mundo y sus pompas, no sin antes efectuar encargos de consultoría a altas horas de la madrugada (de la calaña de esta señora sabemos, además, algunas cosas por propia mano); la convocatoria tiene como fin -por enésima y cansina vez- «poner de relieve el gran efecto que la Piratería de Contenidos Digitales (sic, incluso en las mayúsculas) tiene en España en las industrias de: Música, Videojuegos, Cine y Libros (sic, sobre todo en las mayúsculas), así como su impacto en el empleo, la hacienda pública o en el mercado potencial dispuesto a pagar por estos contenidos». O sea, lo de siempre, lo que llevan ya años rebuznando pese a lo mal que disimulan que no se lo creen ni ellos mismos (particularmente hilarante lo del mercado potencial).

Cada una de estas cosas, por separado, es irrelevante, o casi. De todas tenemos abundantes muestras anteriores y nos conocemos de memoria la cagarela. Que el imperio del copyright visita a nuestros dirigentes -o se hace visitar por ellos- para ponerlos firmes y descubrirse a la orden, no era nada nuevo: lo sabíamos y nos lo demostró -papeles cantan- Wikileaks; que tienen debidamente alineados a esos mismos dirigentes para que se promulguen las normas al gusto y ganas de la industria y sus corifeos (entidades de gestión, creadores apalancados, y demás), también es folklore en los ámbitos de la cultura libre; lo de la lista 310 ya es como lo que hacen las gaditanas con las bombas que tiran los fanfarrones; y, bueno, lo de las conferencias de prensa lloronas pretendiendo que el PIB español de un sector enteramente marginal es casi tan importante como [fue] el ladrillo o es el turismo, a base de hinchar unas cifras tan manipuladas que producen diarrea de la misma risa, es también habitual. Una por una, ninguna de estas cosas es, a estas alturas, demasiado digna ya de tener en cuenta. Pero cuando en rápida y nada casual sucesión se juntan las cuatro, es cosa ya de tocar generala, por no decir toque de degüello.

Realmente ya tardaban, las cosas como son. Con un Gobierno que, ya desde un principio, parece que se propuso hacer buena la escoria zapateril, dirigido por un pobre hombre que esconde su renta baja como político bajo la apariencia (sin sustancia alguna) de una galleguidad suficiente y sobrante como para que sus paisanos le dejaran las posaderas reducidas a escombros a puro puntapié, atado de pies y manos a cualquier imposición para la que parece bastar que le hablen alto, como se decía que no toleraban los Tercios Viejos, pero sí esta peña de indocumentados, y, encima, con la que está cayendo, de recortes en todo lo básico del sector público, destruyéndose la sanidad, la educación, el sistema de pensiones, la justicia (que ya no empezó esta triste época nada boyante), la renta de las familias, la existencia misma de una clase media, que tardó cincuenta años largos en levantarse, la ciencia, la empresa, y, bueno, de hecho, todo, pues bueno, parecería que las cosas estas de la internés, la música, el cine y demás, son peccata minuta y que con peores morlacos nos las tenemos que haber.

Desgraciadamente es cierto. Los males que amenazan (y aún atenazan) a la sociedad española -por no decir que esa amenaza ha culminado ya en realidad irreversible- son tan enormes, tan alarmantes, que las cuestiones de libertades en Red, de desarrollo intelectual, de conocimiento libre (que no quiere decir gratuito, como pretenden demagógicamente dar a entender esos falsarios) parece que se quedan pequeñas al lado de todo lo demás.

Pero ese es el pensamiento de la inmediatez, del corto plazo. Primum vivere, deinde filosofare… Pero es que cuando se salga de la crisis material -de la que tarde o temprano y a un precio onerosísimo cuyo montante aún desconocemos, se saldrá- las trapazadas que ese gremio infecto está preparando ahora permanecerán, estarán ahí, seguramente en primera fila, y serán lo que entonces nos atenace y de una manera muy difícil de revertir. Porque ese gremio abominable, tengámoslo muy claro, no está amenazando nuestra tranquila libertad para descargar contenidos (eso, además de ser lo de menos, es precisamente lo único que no conseguirán) sino que habrán derrumbado algo mucho más importante: nuestra libertad de expresión y la facilidad de comunicación que nos da la Red para coordinarnos y organizarnos. Que es lo que verdaderamente se está persiguiendo detrás de todo esto. Lo de impedir las descargas es el caramelo que se le da como premio al copyright para que, a su parapeto, se nos coarten derechos fundamentales. Y la prueba la tendréis -al tiempo, y no hará falta mucho- cuando se empiece a preparar la nueva e inevitable constitución: veréis qué recortazos le atizan a la libertad de expresión y a la Red en nombre de vete a saber qué sagrados derechos (cuando les dices que el copyright no forma parte de los Derechos Humanos, se ponen como locos, y fíjate que es, además, cierto). Ya hemos visto muchas veces copyright a modo de instrumento de censura.

Tenemos que prepararnos para la guerra de nuevo, porque va a haberla. Yo no sé si en el lado de las libertades podremos librarla en mejores o peores condiciones que antes, pero muchos o pocos, en campo abierto o en guerrilla, hay que librarla y yo, desde luego, me voy a consagrar plenamente a ello y de la manera más dura que pueda.

Mis primeros veinte años de vida transcurrieron bajo una dictadura. No me apetece para nada que mis últimos veinte sean como esos primeros. En absoluto. Y no es que vayamos camino de ello sino que casi hemos llegado; su advenimiento, a poco que nos descuidemos, es verdaderamente inminente.

Hay que pararles los pies. En todos los frentes. Ninguno es desdeñable.

Epatar

De la serie: Correo ordinario

Todos tenemos, supongo, nuestros pequeños masoquismos. El mío -o uno de los míos- es un cierto interés por las cosas castrenses pese al empacho que de ellas supuso la mili dichosa. Ese interés me había llevado, tiempo atrás, a participar en los llamados días de las Fuerzas Armadas, acudiendo a sus diversos actos, exposiciones y demás. Hasta que, por fin me cabreé y lo dejé correr, al constatar -con harta y cansina reiteración- que las famosas jornadas de confraternización de los ciudadanos con nuestras Fuerzas Armadas no eran sino kermeses militrónchicas en las que se mostraban unos a otros las respectivas plumas en ampulosos ceremoniales rituales y reservándose, de paso, las primeras y mejores filas del acontecimiento mientras los ciudadanos -que, por cierto, éramos y seguimos siendo los que pagamos el gasto- quedábamos relegados a allá al fondo, donde se supone que se nos había de caer la baba en admirativo silencio ante tamaña exhibición de héroes -a la mayoría de los cuales se le supone-, chapas, gorras y colorines diversos.

En fin, esa sensación de superioridad que sienten los guerreros -particularmente cuando guerrean poco- sobre los pobres desgraciados que se arrastran penosamente cada mañana hacia sus tristes y grises oficinas, tan bien descrita por Tom Wolfe en su impagable Lo que hay que tener. Lo que Tom Wolfe no describía -quizá porque es cutre hasta lo inenarrable- es el espectáculo que se monta cuando los pobres y grises ciudadanos (que pagamos, no lo olvidemos, la fiesta) osamos acercarnos a ver los cacharros en los que se gastan nuestros dineros (mirar y no tocar, of course) y a [intentar] mezclar nuestra grisidad con tan brillantes colores, plumas y escarapelas.

Me viene a la cabeza esa imagen de farde castrense porque hoy, muy pocas horas después de escribir estas líneas, se monta otra pachangada cuyas características son muy parecidas, aunque el entorno sea distinto: me refiero a la entrega de los premios Goya.

Aclaro con carácter previo que el hecho intrínseco de que un colectivo profesional -sea del mundo del cine, de la administración de fincas rústicas o de los sexadores de pollos, da igual- dedique un día o noche al año a su efusión corporativa y, en ella, se otorguen premios a esto o a lo otro -mejor película, mejor gestión de concentración parcelaria o más rápida detección de un pollo transexual- es algo que me parece muy bien. Bueno, digamos que me parece tanto mejor cuanto menos dinero mío se gasta en la cuchipanda, de donde no tendría absolutamente nada contra administradores de fincas rústicas ni contra sexadores de pollos mientras que la gente de la farándula cinematográfica ya me toca bastante más los cojones porque en ese caso, como en el de los militronchos, resulta que el gasto lo pago yo, ex aequo con una millonadita más de conciudadanos. O sea que, para empezar, mira: no.

Pero es que, además, me revienta el numerito que montan -como si ellos fueran una élite… je, sobre todo los españoles- y me revienta muchísimo más que me lo refrieguen cada dos por tres o, dicho de otro modo, cada vez que en estos días abro un periódico -real o virtual- o, más raramente, enciendo el televisor. Este reviente puede llegar a una iracunda hipertensión si le añadimos algunas variables: por ejemplo, científicos estupendos y utilísimos que no gozan del mismo festejo y menos aún -ni lejanamente- del mismo presupuesto (público, como creo haber dicho o insinuado); o, por otro ejemplo, el numerito en sí mismo, que es una perfecta y estúpida imitación (en todas sus facetas) del tinglado norteamericano. Con la agravante de que lo de aquí es una imitación absolutamente salchichera, siendo el original, encima, bastante hortera en sí mismo.

Pero cuando mi hipertensión se acerca al borde mismo de la apoplejía es cuando veo a este gremio ponerse en plan trascendental, como si fueran los llamados a salvar el mundo y como si fueran los únicos capaces de salvar el mundo. Me llenaron de asco con su No a la guerra, sobre todo porque callaron como putas al respecto hasta que vieron que el palo ciudadano sobre la cuestión era masivo; estoy absoluta y firmemente convencido que si los ciudadanos nos hubiéramos echado a la calle clamando por la cabeza de Hassan Hussein, esos pavos lo hubieran quemado en efigie en la gala de los Goya (que, por cierto, no sé qué coño les habrá hecho Goya a estos…). Su No a la guerra fue a toro repugnantemente pasado.

Este año parece que la van a montar de nuevo. Es muy curioso que esta gente derrota por un lado: los numeritos sólo se los monta al PP; y no es que el PP me dé ninguna pena, en absoluto, pero es que, claro, se da la circunstancia de que cada vez que llega el PP al poder, a estos les doy (les damos todos los ciudadanos) mucho menos dinero; en otras palabras: el PP les recorta las subvenciones. Ese fue el verdadero origen del No a la guerra y esta va a ser la verdadera causa de lo que monten esta noche: el PP les ha atizado un recorte sustancial, entre la poca simpatía que le tiene al gremio y la que está cayendo. Claro que, en mi opinión, ni con la que está cayendo ni sin ella habría que darle a este gremio ni un céntimo o, cuando menos, ni un céntimo más de lo que se da a otros sectores industriales, que es muy poco habitualmente (Bruselas prohíbe las subvenciones a la industria, con carácter general) y nada, cero patatero, en la actualidad.

Queda, claro, el cencerro con el que atraen a cierto tipo de ganado, que es el supuesto glamour -no menos hortera que todo el conjunto de la cosa- con el que atraen la atención de los sectores menos instruidos de la población, que son amplísimos, claro. Es muy curiosa esa atracción de la gente pobre -de cartera y de lectura- por esos numeritos de oropeles y fuegos de artificio, cuesta entender -psiquiatras tiene la ciencia- qué raro consuelo puede reportarles en una situación, generalmente nada envidiable, esa exhibición de desmesurada joyería, peletería y demás artículos de lujo al que ellos, en circunstancias normales -que se cumplirán en la práctica totalidad de los casos- no accederán jamás. Porque podemos estar todos seguros de que esta noche habrá montones de mileuristas, de parados, y aún de desahuciados deudores de muchas decenas de miles de euros, cayéndoseles la baba ante el despliegue.

Decía al principio que todos tenemos nuestros pequeños masoquismos pero, en fin, salvada la libertad última de cada cual a hacer lo que le dé la gana, a mí me parece que este es un masoquismo que ríete tú de la disciplina inglesa y de aquellas famosas que llegaron a ser Cuevas del Sado.

Cabe esperar que el cambio de modelo de negocio que, a la larga o a la corta, traerá la digitalización también a ese gremio, modifique asimismo esas romerías de la horterada de alta costura y que los dineros -sobre todo los públicos- que se despilfarran en esas patochadas puedan emplearse en algo verdaderamente útil y socialmente retributivo.

Que la lista de carencias y de prioridades es muy larga.

Una simple cuestión de fechas

De la serie: Esto es lo que hay

Tras el escándalo que culminó el fin de semana anterior a este último, marcado por el punto álgido del caso Bárcenas, parecería que después de la tempestad ha renacido algo la calma, y un incompetente como Rajoy, que cree de verdad que dejando pasar el tiempo las cosas se arreglan por sí solas, puede estar, a estas horas, pensando que lo peor ya ha pasado. No sólo él: la Casta en pleno, puede llegar a pensarlo también. Y creerá asimismo que dentro de un tiempo, más corto o más largo, volverá a venir otra movida pero que, en defintiva, igual que esta reciente, igual que todas, pasará y que podrán seguir diciendo, como siempre, aquello de …y luego, incontinente, caló el chapeo, requirió la espada, miró al soslayo, fuese… y no hubo nada. Y a vivir, que son dos sobres. No hagáis caso de los titulares, chicos, no hagáis caso de las redes sociales, no hagáis caso de lo que se oye por la calle (supuesto y no admitido que esa tropa pueda oir algo procedente de la calle), no hagáis caso de manifestaciones… tranquilos, ya se les pasará.

En su inconsciencia, en su infinita negligencia, en su tremenda irresponsabilidad, en su apabullante mediocridad, parecen no darse cuenta de que no están experimentando una temporadita de tormentas, un invierno más o menos crudo tras el cual llegará la primavera, sino que está aconteciendo un verdadero cambio climático. No ven -o no quieren ver- que en estos precisos momentos, el pueblo español, les guste o no, le está dando carpetazo a la Transición. Se acabó el negocio, chicos. Pero en esto nuestros políticos se parecen a las discográficas, empecinados unos y otros en no querer ver la realidad y en sostener el machito a costa de lo que sea y contra viento y marea. Parecen ignorar que la sentencia ha sido ya pronunciada y que la única cuestión ahora es ponerle fecha de ejecución, pero ya nada más, ya sólo está todo pendiente de un detalle puramente técnico.

Y ya no es que lo diga yo, es que es voz extendidísima, y cotidiana, entre los politólogos. Entre los politólogos serios, claro está, no entre los tertulianos y los pesebreros de toda laya. El otro día, Ada Colau se instituyó, quizá sin quererlo, en la encarnación (sin top less, eso sí) de aquella Libertad guiando al pueblo que pintara Delacroix. Con unas cuantas verdades del barquero puso en pie al respetable (yo incluido) pletórico de entusiasmo; y eso que, como dice ella, fue muy moderada, porque la realidad de lo que sucede y las expresiones verdaderamente procedentes y sin ambages que habría que dirigir a esos canallas son muchísimo más duras. Pero es que ya no es sólo Ada Colau, por más que sea la estrella del momento y, seguramente, la líder del futuro, es que es una sociedad entera puesta en pie sector por sector.

El sector sanitario está en pie de guerra. El sector educativo está en pie de guerra. Otros sectores de servicios públicos están en pie de guerra. Los jubilados están en pie de guerra. Y otros sectores más se irán incorporando a la guerra, no porque aún no hayan sufrido la agresión de la ominosidad que tenemos todos encima, sino porque están en fase más atrasada o de ira o de coordinación.

Ayer, el Borbón fue sonoramente pitado por un pabellón entero en la más española de las provincias vascas al inicio de una final calzoncillera; y si es verdad que uno de los equipos en liza tiene una mayoritaria -o más escandalosa- orientación independentista, el otro, en cambio, valenciano, debería pintar todo lo contrario. Y sin embargo, ahí están las imágenes y su sonido para certificar la participación del entero recinto (fijaos, por ejemplo, en la poquísima gente a la que se ve aplaudir). Es muy imprudente sacar conclusiones de algo tan vago como una pitada de esta clase, pero yo me arriesgo a decir que esa pitada no era mayoritariamente de independentismo -aunque indudablemente hubo ahí un componente de ello de cierta importancia- sino de hartazgo cívico, fue una bronca a las estructuras del Estado sobre su propia cabeza. A las estructuras: no creo, en este concreto caso, que al Estado mismo.

La desobediencia civil, en muy diversas manifestaciones, muchas de las cuales están aún por aparecer -y aparecerán-, se va extendiendo como un reguero de pólvora. Casi medio millón de desahucios en cinco años, seis millones de parados aunque al infecto Rosell no le guste, sueldos recortados, trabajo precarizado, establecimientos que se cierran por millares, emprendedores que se estrellan, jóvenes a la más brutal intemperie, emigración profesional, el sector privado depredando los servicios públicos… y todo esto en una línea ascendente cada vez más empinada. ¿Cuánto creen que va a aguantar este tinglado?

La respuesta es difícil, es muy complicado hacer una agenda, sobre todo porque aún hay mucha gente que, sobre no estar mal del todo, cree -con razón o sin ella, y más bien sin ella- que continuará en ese no estar mal indefinidamente. También es una buena peña de irresponsables: si las cosas continúan deteriorándose de esta manera, nadie, absolutamente nadie está a salvo de la ruina o, cuando menos, de la precariedad económica severa. No hay ningún trabajo completamente seguro. Y cuando digo ninguno, digo ninguno. Por lo tanto, imagino que cuando a los sectores aún sobrados (que los hay: mira los bares, mira los cines, mira las estaciones de esquí) les sobrevenga el cataclismo o, de otro modo, le vean las orejas al lobo con toda diafanidad, sin que ningún falso consuelo pueda tapar el engaño, será cuando la agenda empiece a tener fechas; fechas que, le conviene a la Casta no olvidarlo, son de caducidad. O de ejecución, como decía al principio; que lo miren como quieran. Pero que sepan que la agenda, aunque aún en blanco, está ya encima de la mesa.

La opción es de dirección única: o se reestructuran ellos, o lo reestructuramos todo nosotros. Pero ojo, que no se les ocurra intentar el engaño cosmético: su credibilidad está tan a la altura de la mierda, que se les destaparía la olla prácticamente en el acto y ya no está el horno para muchos bollos de ollas destapadas. Si se creen que van a poder desdeñar la ILP promovida por la PAH para sustituirla por sus cutres y tramposos parches que no arreglan nada (si es que no lo empeoran todo aún más) y que no va a pasar nada, que la cosa va a colar, están muy equivocados. Lo harán en primera instancia, claro, para eso tienen el BOE, pero, a la larga, no será sino un capítulo más para una causa general.

El sistema tiene que rehacerse de arriba a abajo. Una segunda Transición, si así quieren llamarlo. Una segunda Constitución, en todo caso. Bien, si quieren, que digan que es una reforma de la primera, no importa el nombre que le pongan. Pero el sistema tiene que cambiar de arriba a abajo.

Ellos mismos. Después, que no vengan berreando como plañideras.

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