Una simple cuestión de fechas

De la serie: Esto es lo que hay

Tras el escándalo que culminó el fin de semana anterior a este último, marcado por el punto álgido del caso Bárcenas, parecería que después de la tempestad ha renacido algo la calma, y un incompetente como Rajoy, que cree de verdad que dejando pasar el tiempo las cosas se arreglan por sí solas, puede estar, a estas horas, pensando que lo peor ya ha pasado. No sólo él: la Casta en pleno, puede llegar a pensarlo también. Y creerá asimismo que dentro de un tiempo, más corto o más largo, volverá a venir otra movida pero que, en defintiva, igual que esta reciente, igual que todas, pasará y que podrán seguir diciendo, como siempre, aquello de …y luego, incontinente, caló el chapeo, requirió la espada, miró al soslayo, fuese… y no hubo nada. Y a vivir, que son dos sobres. No hagáis caso de los titulares, chicos, no hagáis caso de las redes sociales, no hagáis caso de lo que se oye por la calle (supuesto y no admitido que esa tropa pueda oir algo procedente de la calle), no hagáis caso de manifestaciones… tranquilos, ya se les pasará.

En su inconsciencia, en su infinita negligencia, en su tremenda irresponsabilidad, en su apabullante mediocridad, parecen no darse cuenta de que no están experimentando una temporadita de tormentas, un invierno más o menos crudo tras el cual llegará la primavera, sino que está aconteciendo un verdadero cambio climático. No ven -o no quieren ver- que en estos precisos momentos, el pueblo español, les guste o no, le está dando carpetazo a la Transición. Se acabó el negocio, chicos. Pero en esto nuestros políticos se parecen a las discográficas, empecinados unos y otros en no querer ver la realidad y en sostener el machito a costa de lo que sea y contra viento y marea. Parecen ignorar que la sentencia ha sido ya pronunciada y que la única cuestión ahora es ponerle fecha de ejecución, pero ya nada más, ya sólo está todo pendiente de un detalle puramente técnico.

Y ya no es que lo diga yo, es que es voz extendidísima, y cotidiana, entre los politólogos. Entre los politólogos serios, claro está, no entre los tertulianos y los pesebreros de toda laya. El otro día, Ada Colau se instituyó, quizá sin quererlo, en la encarnación (sin top less, eso sí) de aquella Libertad guiando al pueblo que pintara Delacroix. Con unas cuantas verdades del barquero puso en pie al respetable (yo incluido) pletórico de entusiasmo; y eso que, como dice ella, fue muy moderada, porque la realidad de lo que sucede y las expresiones verdaderamente procedentes y sin ambages que habría que dirigir a esos canallas son muchísimo más duras. Pero es que ya no es sólo Ada Colau, por más que sea la estrella del momento y, seguramente, la líder del futuro, es que es una sociedad entera puesta en pie sector por sector.

El sector sanitario está en pie de guerra. El sector educativo está en pie de guerra. Otros sectores de servicios públicos están en pie de guerra. Los jubilados están en pie de guerra. Y otros sectores más se irán incorporando a la guerra, no porque aún no hayan sufrido la agresión de la ominosidad que tenemos todos encima, sino porque están en fase más atrasada o de ira o de coordinación.

Ayer, el Borbón fue sonoramente pitado por un pabellón entero en la más española de las provincias vascas al inicio de una final calzoncillera; y si es verdad que uno de los equipos en liza tiene una mayoritaria -o más escandalosa- orientación independentista, el otro, en cambio, valenciano, debería pintar todo lo contrario. Y sin embargo, ahí están las imágenes y su sonido para certificar la participación del entero recinto (fijaos, por ejemplo, en la poquísima gente a la que se ve aplaudir). Es muy imprudente sacar conclusiones de algo tan vago como una pitada de esta clase, pero yo me arriesgo a decir que esa pitada no era mayoritariamente de independentismo -aunque indudablemente hubo ahí un componente de ello de cierta importancia- sino de hartazgo cívico, fue una bronca a las estructuras del Estado sobre su propia cabeza. A las estructuras: no creo, en este concreto caso, que al Estado mismo.

La desobediencia civil, en muy diversas manifestaciones, muchas de las cuales están aún por aparecer -y aparecerán-, se va extendiendo como un reguero de pólvora. Casi medio millón de desahucios en cinco años, seis millones de parados aunque al infecto Rosell no le guste, sueldos recortados, trabajo precarizado, establecimientos que se cierran por millares, emprendedores que se estrellan, jóvenes a la más brutal intemperie, emigración profesional, el sector privado depredando los servicios públicos… y todo esto en una línea ascendente cada vez más empinada. ¿Cuánto creen que va a aguantar este tinglado?

La respuesta es difícil, es muy complicado hacer una agenda, sobre todo porque aún hay mucha gente que, sobre no estar mal del todo, cree -con razón o sin ella, y más bien sin ella- que continuará en ese no estar mal indefinidamente. También es una buena peña de irresponsables: si las cosas continúan deteriorándose de esta manera, nadie, absolutamente nadie está a salvo de la ruina o, cuando menos, de la precariedad económica severa. No hay ningún trabajo completamente seguro. Y cuando digo ninguno, digo ninguno. Por lo tanto, imagino que cuando a los sectores aún sobrados (que los hay: mira los bares, mira los cines, mira las estaciones de esquí) les sobrevenga el cataclismo o, de otro modo, le vean las orejas al lobo con toda diafanidad, sin que ningún falso consuelo pueda tapar el engaño, será cuando la agenda empiece a tener fechas; fechas que, le conviene a la Casta no olvidarlo, son de caducidad. O de ejecución, como decía al principio; que lo miren como quieran. Pero que sepan que la agenda, aunque aún en blanco, está ya encima de la mesa.

La opción es de dirección única: o se reestructuran ellos, o lo reestructuramos todo nosotros. Pero ojo, que no se les ocurra intentar el engaño cosmético: su credibilidad está tan a la altura de la mierda, que se les destaparía la olla prácticamente en el acto y ya no está el horno para muchos bollos de ollas destapadas. Si se creen que van a poder desdeñar la ILP promovida por la PAH para sustituirla por sus cutres y tramposos parches que no arreglan nada (si es que no lo empeoran todo aún más) y que no va a pasar nada, que la cosa va a colar, están muy equivocados. Lo harán en primera instancia, claro, para eso tienen el BOE, pero, a la larga, no será sino un capítulo más para una causa general.

El sistema tiene que rehacerse de arriba a abajo. Una segunda Transición, si así quieren llamarlo. Una segunda Constitución, en todo caso. Bien, si quieren, que digan que es una reforma de la primera, no importa el nombre que le pongan. Pero el sistema tiene que cambiar de arriba a abajo.

Ellos mismos. Después, que no vengan berreando como plañideras.

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Comentarios

  • asmpredator  On 12/02/2013 at .

    Es el riesgo que corren los tiranos cuando aprietan demasiado el cuello de los oprimidos. que éstos ya no tienen nada que perder y cuando el pueblo ya no tiene nada que perder es cuando puede ganarlo todo.

  • electroduende21  On 12/02/2013 at .

    Totalmente de acuerdo en la comparación de los políticos y las discográficas.
    Atentos al discurso de otra de las posiblemente futuras líderes:
    Beatriz Talegón, de la Unión Internacional de Juventudes Socialistas, pone los puntos sobre las íes a los líderes socialistas, pero el vídeo se puede aplicar a cualquier partido político perteneciente a esa casta

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