Epatar

De la serie: Correo ordinario

Todos tenemos, supongo, nuestros pequeños masoquismos. El mío -o uno de los míos- es un cierto interés por las cosas castrenses pese al empacho que de ellas supuso la mili dichosa. Ese interés me había llevado, tiempo atrás, a participar en los llamados días de las Fuerzas Armadas, acudiendo a sus diversos actos, exposiciones y demás. Hasta que, por fin me cabreé y lo dejé correr, al constatar -con harta y cansina reiteración- que las famosas jornadas de confraternización de los ciudadanos con nuestras Fuerzas Armadas no eran sino kermeses militrónchicas en las que se mostraban unos a otros las respectivas plumas en ampulosos ceremoniales rituales y reservándose, de paso, las primeras y mejores filas del acontecimiento mientras los ciudadanos -que, por cierto, éramos y seguimos siendo los que pagamos el gasto- quedábamos relegados a allá al fondo, donde se supone que se nos había de caer la baba en admirativo silencio ante tamaña exhibición de héroes -a la mayoría de los cuales se le supone-, chapas, gorras y colorines diversos.

En fin, esa sensación de superioridad que sienten los guerreros -particularmente cuando guerrean poco- sobre los pobres desgraciados que se arrastran penosamente cada mañana hacia sus tristes y grises oficinas, tan bien descrita por Tom Wolfe en su impagable Lo que hay que tener. Lo que Tom Wolfe no describía -quizá porque es cutre hasta lo inenarrable- es el espectáculo que se monta cuando los pobres y grises ciudadanos (que pagamos, no lo olvidemos, la fiesta) osamos acercarnos a ver los cacharros en los que se gastan nuestros dineros (mirar y no tocar, of course) y a [intentar] mezclar nuestra grisidad con tan brillantes colores, plumas y escarapelas.

Me viene a la cabeza esa imagen de farde castrense porque hoy, muy pocas horas después de escribir estas líneas, se monta otra pachangada cuyas características son muy parecidas, aunque el entorno sea distinto: me refiero a la entrega de los premios Goya.

Aclaro con carácter previo que el hecho intrínseco de que un colectivo profesional -sea del mundo del cine, de la administración de fincas rústicas o de los sexadores de pollos, da igual- dedique un día o noche al año a su efusión corporativa y, en ella, se otorguen premios a esto o a lo otro -mejor película, mejor gestión de concentración parcelaria o más rápida detección de un pollo transexual- es algo que me parece muy bien. Bueno, digamos que me parece tanto mejor cuanto menos dinero mío se gasta en la cuchipanda, de donde no tendría absolutamente nada contra administradores de fincas rústicas ni contra sexadores de pollos mientras que la gente de la farándula cinematográfica ya me toca bastante más los cojones porque en ese caso, como en el de los militronchos, resulta que el gasto lo pago yo, ex aequo con una millonadita más de conciudadanos. O sea que, para empezar, mira: no.

Pero es que, además, me revienta el numerito que montan -como si ellos fueran una élite… je, sobre todo los españoles- y me revienta muchísimo más que me lo refrieguen cada dos por tres o, dicho de otro modo, cada vez que en estos días abro un periódico -real o virtual- o, más raramente, enciendo el televisor. Este reviente puede llegar a una iracunda hipertensión si le añadimos algunas variables: por ejemplo, científicos estupendos y utilísimos que no gozan del mismo festejo y menos aún -ni lejanamente- del mismo presupuesto (público, como creo haber dicho o insinuado); o, por otro ejemplo, el numerito en sí mismo, que es una perfecta y estúpida imitación (en todas sus facetas) del tinglado norteamericano. Con la agravante de que lo de aquí es una imitación absolutamente salchichera, siendo el original, encima, bastante hortera en sí mismo.

Pero cuando mi hipertensión se acerca al borde mismo de la apoplejía es cuando veo a este gremio ponerse en plan trascendental, como si fueran los llamados a salvar el mundo y como si fueran los únicos capaces de salvar el mundo. Me llenaron de asco con su No a la guerra, sobre todo porque callaron como putas al respecto hasta que vieron que el palo ciudadano sobre la cuestión era masivo; estoy absoluta y firmemente convencido que si los ciudadanos nos hubiéramos echado a la calle clamando por la cabeza de Hassan Hussein, esos pavos lo hubieran quemado en efigie en la gala de los Goya (que, por cierto, no sé qué coño les habrá hecho Goya a estos…). Su No a la guerra fue a toro repugnantemente pasado.

Este año parece que la van a montar de nuevo. Es muy curioso que esta gente derrota por un lado: los numeritos sólo se los monta al PP; y no es que el PP me dé ninguna pena, en absoluto, pero es que, claro, se da la circunstancia de que cada vez que llega el PP al poder, a estos les doy (les damos todos los ciudadanos) mucho menos dinero; en otras palabras: el PP les recorta las subvenciones. Ese fue el verdadero origen del No a la guerra y esta va a ser la verdadera causa de lo que monten esta noche: el PP les ha atizado un recorte sustancial, entre la poca simpatía que le tiene al gremio y la que está cayendo. Claro que, en mi opinión, ni con la que está cayendo ni sin ella habría que darle a este gremio ni un céntimo o, cuando menos, ni un céntimo más de lo que se da a otros sectores industriales, que es muy poco habitualmente (Bruselas prohíbe las subvenciones a la industria, con carácter general) y nada, cero patatero, en la actualidad.

Queda, claro, el cencerro con el que atraen a cierto tipo de ganado, que es el supuesto glamour -no menos hortera que todo el conjunto de la cosa- con el que atraen la atención de los sectores menos instruidos de la población, que son amplísimos, claro. Es muy curiosa esa atracción de la gente pobre -de cartera y de lectura- por esos numeritos de oropeles y fuegos de artificio, cuesta entender -psiquiatras tiene la ciencia- qué raro consuelo puede reportarles en una situación, generalmente nada envidiable, esa exhibición de desmesurada joyería, peletería y demás artículos de lujo al que ellos, en circunstancias normales -que se cumplirán en la práctica totalidad de los casos- no accederán jamás. Porque podemos estar todos seguros de que esta noche habrá montones de mileuristas, de parados, y aún de desahuciados deudores de muchas decenas de miles de euros, cayéndoseles la baba ante el despliegue.

Decía al principio que todos tenemos nuestros pequeños masoquismos pero, en fin, salvada la libertad última de cada cual a hacer lo que le dé la gana, a mí me parece que este es un masoquismo que ríete tú de la disciplina inglesa y de aquellas famosas que llegaron a ser Cuevas del Sado.

Cabe esperar que el cambio de modelo de negocio que, a la larga o a la corta, traerá la digitalización también a ese gremio, modifique asimismo esas romerías de la horterada de alta costura y que los dineros -sobre todo los públicos- que se despilfarran en esas patochadas puedan emplearse en algo verdaderamente útil y socialmente retributivo.

Que la lista de carencias y de prioridades es muy larga.

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Comentarios

  • Jordi  On 18/02/2013 at .

    Respecto al colectivo militar, yo acudo una vez al año a un acto castrense y debo decir que los civiles somos tratados exquisitamente. Otra cosa es que al personal le guste lucir (somos humanos) las medallas de Bosnia o el Líbano o las cruces ganadas en la oficina de plana mayor contra lápices muy afilados.

    En cualquier caso, debo decir que tu artículo sobre la farándula hispánica me parece más que acertado.

  • Javier Cuchí  On 18/02/2013 at .

    Ah, querido amigo, pero tú me haces trampa. Tú me estás hablando de un acto castrense en tu antiguo regimiento al que, al menos la primera vez, fuiste como invitado de honor y en el que, en todo caso, has dejado amistades. Por supuesto que los militares, en tales circunstancias son tan educados y tan atentos como cualquier otro ciudadano.

    Pero si lees bien lo que explico en mi artículo, me estoy refiriendo a actos públicos, a las exposiciones, conciertos y celebraciones diversas con motivo del «Día de las Fuerzas Armadas» y ahí ya pinta otro palo. Si tienes tiempo, humor y ganas, te lo demuestro en la próxima celebración (aunque en Barcelona no sé como habrá quedado el perfil del acontecimiento; me temo que más bien tirando a bajo)

  • Jordi  On 19/02/2013 at .

    Ya entiendo lo que me quieres decir. Pues mira, durante las fiestas de la Mercè se abre el palacio de Capitania al público. Ya tengo otra excusa para visitarlo. 🙂

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