Amenaza borrasca

De la serie: Correo ordinario

No suelo creer en la casualidad de la sucesión de ciertos hechos. Ni yo ni nadie. Hace muy poco más de un mes, Rajoy recibía a puerta cerradísima -que es la forma habitual en que los populacheros estos hacen las cosas- a Christopher Dodds, el preboste máximo del apropiacionismo norteamericano, la MPAA, es decir, la industria del cine. Pocos días después, empezaba a correr la voz de que España iba a volver a ser incluida en la famosa lista 301, esa lista que es como el Cuélebre o el piojo verde, misteriosa, ignota y que supone, al parecer, interdicciones comerciales importantes para el desgraciado que va a parar a ese averno. Países tan subdesarrollados, por ejemplo, como Canadá o como Suiza están en él. Poco después nos trasciende a la Asociación de Internautas un borrador del hilo por el que va a discurrir la reforma de la Ley de Propiedad Intelectual, borrador que ya ha circulado por toda la Red. Y nos llega ahora la noticia de una convocatoria de la Coalición de Creadores e Industrias, al mando ahora de la ínclita Carlota Navarrete, sucesora que fue de Pedro Farré cuando éste, antes de tener razones con la Justicia, decidió abandonar este mundo y sus pompas, no sin antes efectuar encargos de consultoría a altas horas de la madrugada (de la calaña de esta señora sabemos, además, algunas cosas por propia mano); la convocatoria tiene como fin -por enésima y cansina vez- «poner de relieve el gran efecto que la Piratería de Contenidos Digitales (sic, incluso en las mayúsculas) tiene en España en las industrias de: Música, Videojuegos, Cine y Libros (sic, sobre todo en las mayúsculas), así como su impacto en el empleo, la hacienda pública o en el mercado potencial dispuesto a pagar por estos contenidos». O sea, lo de siempre, lo que llevan ya años rebuznando pese a lo mal que disimulan que no se lo creen ni ellos mismos (particularmente hilarante lo del mercado potencial).

Cada una de estas cosas, por separado, es irrelevante, o casi. De todas tenemos abundantes muestras anteriores y nos conocemos de memoria la cagarela. Que el imperio del copyright visita a nuestros dirigentes -o se hace visitar por ellos- para ponerlos firmes y descubrirse a la orden, no era nada nuevo: lo sabíamos y nos lo demostró -papeles cantan- Wikileaks; que tienen debidamente alineados a esos mismos dirigentes para que se promulguen las normas al gusto y ganas de la industria y sus corifeos (entidades de gestión, creadores apalancados, y demás), también es folklore en los ámbitos de la cultura libre; lo de la lista 310 ya es como lo que hacen las gaditanas con las bombas que tiran los fanfarrones; y, bueno, lo de las conferencias de prensa lloronas pretendiendo que el PIB español de un sector enteramente marginal es casi tan importante como [fue] el ladrillo o es el turismo, a base de hinchar unas cifras tan manipuladas que producen diarrea de la misma risa, es también habitual. Una por una, ninguna de estas cosas es, a estas alturas, demasiado digna ya de tener en cuenta. Pero cuando en rápida y nada casual sucesión se juntan las cuatro, es cosa ya de tocar generala, por no decir toque de degüello.

Realmente ya tardaban, las cosas como son. Con un Gobierno que, ya desde un principio, parece que se propuso hacer buena la escoria zapateril, dirigido por un pobre hombre que esconde su renta baja como político bajo la apariencia (sin sustancia alguna) de una galleguidad suficiente y sobrante como para que sus paisanos le dejaran las posaderas reducidas a escombros a puro puntapié, atado de pies y manos a cualquier imposición para la que parece bastar que le hablen alto, como se decía que no toleraban los Tercios Viejos, pero sí esta peña de indocumentados, y, encima, con la que está cayendo, de recortes en todo lo básico del sector público, destruyéndose la sanidad, la educación, el sistema de pensiones, la justicia (que ya no empezó esta triste época nada boyante), la renta de las familias, la existencia misma de una clase media, que tardó cincuenta años largos en levantarse, la ciencia, la empresa, y, bueno, de hecho, todo, pues bueno, parecería que las cosas estas de la internés, la música, el cine y demás, son peccata minuta y que con peores morlacos nos las tenemos que haber.

Desgraciadamente es cierto. Los males que amenazan (y aún atenazan) a la sociedad española -por no decir que esa amenaza ha culminado ya en realidad irreversible- son tan enormes, tan alarmantes, que las cuestiones de libertades en Red, de desarrollo intelectual, de conocimiento libre (que no quiere decir gratuito, como pretenden demagógicamente dar a entender esos falsarios) parece que se quedan pequeñas al lado de todo lo demás.

Pero ese es el pensamiento de la inmediatez, del corto plazo. Primum vivere, deinde filosofare… Pero es que cuando se salga de la crisis material -de la que tarde o temprano y a un precio onerosísimo cuyo montante aún desconocemos, se saldrá- las trapazadas que ese gremio infecto está preparando ahora permanecerán, estarán ahí, seguramente en primera fila, y serán lo que entonces nos atenace y de una manera muy difícil de revertir. Porque ese gremio abominable, tengámoslo muy claro, no está amenazando nuestra tranquila libertad para descargar contenidos (eso, además de ser lo de menos, es precisamente lo único que no conseguirán) sino que habrán derrumbado algo mucho más importante: nuestra libertad de expresión y la facilidad de comunicación que nos da la Red para coordinarnos y organizarnos. Que es lo que verdaderamente se está persiguiendo detrás de todo esto. Lo de impedir las descargas es el caramelo que se le da como premio al copyright para que, a su parapeto, se nos coarten derechos fundamentales. Y la prueba la tendréis -al tiempo, y no hará falta mucho- cuando se empiece a preparar la nueva e inevitable constitución: veréis qué recortazos le atizan a la libertad de expresión y a la Red en nombre de vete a saber qué sagrados derechos (cuando les dices que el copyright no forma parte de los Derechos Humanos, se ponen como locos, y fíjate que es, además, cierto). Ya hemos visto muchas veces copyright a modo de instrumento de censura.

Tenemos que prepararnos para la guerra de nuevo, porque va a haberla. Yo no sé si en el lado de las libertades podremos librarla en mejores o peores condiciones que antes, pero muchos o pocos, en campo abierto o en guerrilla, hay que librarla y yo, desde luego, me voy a consagrar plenamente a ello y de la manera más dura que pueda.

Mis primeros veinte años de vida transcurrieron bajo una dictadura. No me apetece para nada que mis últimos veinte sean como esos primeros. En absoluto. Y no es que vayamos camino de ello sino que casi hemos llegado; su advenimiento, a poco que nos descuidemos, es verdaderamente inminente.

Hay que pararles los pies. En todos los frentes. Ninguno es desdeñable.

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