Cultura política y democrática

De la serie: Historias de mi ciudad

Ayer se celebró el Consell de Barri de mi barrio, con perdón por la redundancia. Vaya, fue más interesante que otros, quizá porque fue más sustantivo y se habló de política de barrio, que es de lo que se debe hablar en este tipo de actos; seguramente debemos agradecerle al frío intenso, inusual en Barcelona, la ausencia de un importante sector de tercera edad que toma los consejos de barrio como un libro de reclamaciones creyéndose que con ello puentea los cauces normales de atención ciudadana del Ayuntamiento que, en realidad, son mucho más rápidos y eficaces.

Y aunque esta vez se pudo salvar el festival semestral de la cagada de perro y de las cajas del frutero, se volvió a caer, y en proporción aún mayor de la que en su día ya comenté (CAT), en confusiones sobre la representatividad de las entidades.

Me explico un poco para que los lectores habituales ajenos a esta problemática, que lo son casi todos, se ubiquen y entiendan.

Los consejos de barrio son actos, ahora semestrales, en los que el Ayuntamiento barcelonés, en la cabeza de su concejal de distrito, dialoga directamente con los ciudadanos (que pueden asistir y hablar libremente) sobre los problemas que afectan a un barrio concreto. En Barcelona, los barrios constituyen una división administrativa subordinada a los distritos. Estos consejos no son órganos decisorios pero sí podríamos decir negociatorios, o sea que de sus debates pueden deducirse compromisos políticos por parte del Ayuntamiento. Otra cosa es que se cumplan o no, pero ese ya es otro tema.

En mi barrio concreto (El Congrés i els Indians) hay, además, una mesa de entidades y una mesa monotemática sobre el canódromo. La mesa de entidades es una mesa de dialogo y negciación entre las entidades cívicas del barrio, por un lado, y la administración municipal, por otro; la mesa del canódromo es lo mismo, pero específicamente dedicado a la problemática del que fue Canódromo Meridiana -creo que el último que funcionó en España- parte de cuyas instalaciones están catalogadas, lo que lo salvó hace seis o siete años de ser demolido y de constituir una nueva víctima de la rapacidad inmobiliaria que ya olfateaba sangre por aquel sector. El achuntamén (entonces socialista) compró el solar -que costó una pastísima- y… ya no supo qué hacer con él. Lógicamente, el barrio demanda equipamientos y, bueno, parece que sí, que se van a hacer unos cuantos y que aquello va a ser sede, además, de un equipamiento cultural y, bueno, seis años después, la cosa aún está en fase de diseño, pero lo que ocurre ahora es que no hay pasta. Un parking subterráneo que yo ya creía cosa decidida, resultó ayer que no, que no está decidido aún, y si se decide, será lo primero que habrá que hacer, de modo que así estamos. Seis años, insisto.

Pues este tema del canódromo constituyó prácticamente la mitad de la temática que se trató ayer y, a su socaire, volvió a darse un problema nada nuevo de cultura política. Resulta que uno de los representantes políticos -no recuerdo ni tengo mayor interés en recordar de qué partido- insistió en que el concejal había prometido un consejo de barrio extraordiario sobre el canódromo y reclamaba la celebración de este consejo de barrio. El concejal se ratificó en el compromiso de celebrarlo, pero alegó que tenía que acabar de perfilar todos los temas que habrían de tocarse en él (dentro del global del canódromo en cuestión) y que confiaba en que, estudiados estos temas, se celebraría el consejo poco antes o poco después de Semana Santa. Entonces se levantó el representante de la Asociación de Vecinos reclamando que previamente se consultara con la mesa del canódromo y alegando que él, como representante de la Asociación, representaba a su vez a los vecinos del barrio, cosa que fue enérgicamente contestada por el representante de una plataforma vecinal alternativa que hace ya algunos años que se constituyó. Y yo me quedé de pasta de boniato.

Señores: como ya dije una vez -véase enlace anterior- las asociaciones, plataformas y demás entidades no representan sino a sus socios -papeles canten: veamos los libros de afiliación- y a las voluntades vecinales cuya adhesión susciten a cada momento y tema, adhesión que no se supone por las buenas, sino que debe ser, en todo caso, demostrada. Y demostrada es demostrada, no simplemente alegada.

Señores: los únicos representantes de los vecinos que pueden ser indiscutiblemente tenidos como tales, son los que salen de las urnas en las elecciones municipales. Con independencia o no de que nos gusten los resultados de las elecciones municipales, pero es que la cosa funciona así y si no ha de funcionar así, o se establece una alternativa legal y ordenada (o sea, otro sistema político, hablando en plata) o se convierte esto en una casa de putas.

Señores: las mesas dichosas, están muy bien cuando constituyen espacios de trabajo que el entorno asambleario no permite fácilmente (incluso las asambleas del 15-M tuvieron que acabar formando comisiones de esto y de lo otro porque, si no, no había forma de llevar a cabo un trabajo eficiente… en su caso) pero cuando las mesas pretenden -como verdaderamente están pretendiendo- sustituir o incluso superponerse a la expresión directa del vecindario en el Consejo de Barrio, como en realidad está ocurriendo, cuando las mesas acaban constituyendo un pretexto para puentear al Consejo -como, de hecho, las ha utilizado alguna vez la administración municipal en este sentido- entonces las mesas dejan de ser, para el barrio y para los vecinos, un ámbito de eficiencia para pasar a ser otro podercillo interpuesto, más a la contra que por la banda, como decía el barbero del chiste. Un inconveniente más que una ventaja.

Y es que en un país tan democráticamente cutre, la sociedad civil no ha encontrado aún una ubicación idónea y o se pasa -como ayer pudimos ver claramente- creyéndose único vector democrático (como sí pudo serlo en tiempos del franquismo) o se queda corta, generalmente ninguneada por los políticos. No sorprende que esto sea así en un sistema que parte de una Constitución que fue diseñada sin contar con la ciudadanía y al concreto fin de ningunear a la ciudadanía; lo que nos ocurre ahora es que una casta política de ínfimo nivel y rebozada en una corrupción intensiva y extensiva tremendamente cronificada nos ha permitido ver lo que no quisimos ver en treinta años: que el rey está desnudo (por lo menos, en sentido metafórico). Y esa desubicación lleva a ideas erróneas o a actitudes arcaicas (¡mira que constituirse por las buenas en representante del entero vecindario!) por parte de algunos. No hubiera resultado políticamente elegante, pero el concejal hubiera pordido responder con toda razón y con toda propiedad: «Señor, el único representante de los vecinos que hay aquí soy yo».

La buena voluntad, en términos generales, no la niego, ojo. Soy miembro de la Asociación de Vecinos y conozco a la persona a la que me estoy refiriendo (que a mí sí me representa: estoy en el libro y lo estoy porque quiero) y es un tío que echa muchísimas horas de trabajo voluntario en diversos proyectos de la Asociación, además de participar en la gestión de la misma, la cual indudablemente trabaja en pro del barrio (en su propia visión o interpretación de los intereses del barrio) y ha obtenido resultados que en mi opinión y, supongo, en la de los demás socios (y en la de muchos otros que no están asociados, pero que no sé si constituyen o no mayoría vecinal) son muy positivos para el barrio. Pero de ahí a representarlo, va un trecho muy largo que no puede sortearse en un salto dialéctico.

Estamos muy lejos, tanto en términos individuales como colectivos, de tener en este país una cultura cívica y democrática de verdadero nivel europeo. Quizá por eso, a las primeras de cambio, nos sale el pelo de la dehesa. Y es un problema muy grave porque la cultura cívica y democrática no se aprende solamente en la escuela, con o sin educación para la ciudadanía sino que se aprende con la práctica, con la práctica diaria, con el ejercicio cotidiano de la vida en sociedad en el entorno vecinal, sindical, político, asistencial o cualquiera otro de similar índole. Pero todo ello, además, con una correcta incardinación de esa sociedad civil, constituida por esa vida en sociedad organizada, en el ámbito político general.

Y ese es otro desafío que tiene que plantearse esa soñada reforma constitucional que no acaba de llegar y que no sé si tendremos clara cuando llegue.

Ay.

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