Evolución, revolución, involución

De la serie: Esto es lo que hay

Lo que ha ocurrido con las elecciones italianas debería llevar a profundas meditaciones en muchos palacios. Y, bien, parece que sí, que en algunos sí que están empezando a hacerse preguntas; en otros, sin embargo, se mantienen en sus trece, erre que erre; o, mejor -aunque más macarrónicamente- expresado, erren que erren.

Una persona de mi entorno comentaba ayer, al hilo de todo esto, que en España unas elecciones probablemente arrojarían resultados parecidos, con variaciones peculiares, seguramente (no tenemos berlusconis ni beppegrillos) pero de parecida índole y aseguraba que si la situación actual se prolonga, esto va camino de una revolución. Y yo le maticé: de una revolución, no: de una revuelta. Que es peor.

Una revolución es un proceso que empuja una alternativa concreta. Una revolución se hace para algo, para cambiar un régimen político, un sistema o un estado de cosas tenido por indeseable por otra cosa más conveniente. Y puede ser violenta o pacífica, indistintamente, sin que el hecho de la violencia o no violencia le añada o quite valor. Y siendo pacífica, puede ser incluso legal (por ejemplo, una cantidatura electoral que propugna el cambio de sistema constitucional y gana las elecciones por muy amplia mayoría) o puede ser asimismo pacífica, pero saltándose la legalidad, un estado de subversión pura y dura que triunfa sin más al no encontrar defensores el establishment cuestionado. Revoluciones violentas conocemos todos, así que no pierdo tiempo en ejemplos. Un ejemplo de revolución pacífica subvirtiendo la legalidad puede serlo la proclamación de la IIª República española. Y un ejemplo de revolución pacífica dentro de la legalidad podía serlo la Transición española, pero lo digo con la boquita pequeña porque su cualidad de revolución podría estar muy cuestionada; incluso la de legalidad, si hacemos caso -que no se lo hacemos- a ultramontanos del viejo régimen.

La revuelta es el estallido, sin más. La revuelta es el impulso destructivo producto del hartazgo. Con ella, sólo pueden pasar dos cosas: o que un proyecto revolucionario preexistente sepa cabalgar sobre ella y hacerla suya y convierta la revuelta en una revolución violenta -lo que, según las circunstancias, podría conducir, paradójicamente, a pacificarla- o que la revuelta se vea sofocada, sin más. Y esto último puede acontecer por propia dinámica -las revueltas no duran indefinidamente, terminado el combustible, o sea, satisfecha la ira, termina el fuego- o bien puede verse sofocada por la represión del sistema. En el supuesto revolucionario se deduciría una evolución, en caso de sofocación por el sistema se iría, con casi toda seguridad a una involución, y si la revuelta se produce y se apaga sola, vete a saber…

En este momento, hay un importante caldo de cultivo en España para una revuelta: angustia generalizada por los gravísimos problemas económicos forzados desde Bruselas por una situación financiera catastrófica que los ciudadanos no han causado (por más que se les intente acusar de ello), un paro inasumible que, encima, sigue creciendo imparablemente, una cantidad absolutamente brutal de desahucios por morosidad hipotecaria que convive con un parque de viviendas vacías inmenso, una irritación creciente ante una situación de corrupción política generalizada y enorme, sujeto a poquísimas excepciones que, además, se van reduciendo con el paso de los meses y cuyo ámbito e intensidad aumenta cada día (y con un tempo que cada vez me parece ver más claro que responde a una programación), con una monarquía cuestionada a la totalidad por amplios -y, desde luego, abrumadoramente mayoritarios- ámbitos de la ciudadanía, no en menor medida por su directa, estrecha y cada vez más clara relación con la corrupción política de la que habría sacado tajada, y con la estructura territorial del Estado impugnada desde dos regiones, una de las cuales ha lanzado un órdago a plazo fijo. Y las próximas elecciones generales deberían esperar aún casi tres años.

La cuestión es: ¿aguantará esta legislatura (no este Gobierno: esta legislatura) tres años? Yo creo que no. Y muchísima gente -de la calle, pero no pocos analistas de fuste- lo tiene también claro. Yo lo veo así: si el PP se empecina en mantener la legislatura los tres años que aún le quedan, la revuelta hay que darla por descontada. No sé si se producirá mañana, el mes que viene o el año próximo, pero que esto no aguanta tres años, es folklore en cátedras y en barracas. A menos, claro está que hubiera un cambio radical de política, pero parece difícil que un PP hipotecadísimo con todos los lobbyes financieros del universo (y con no pocos que no son propiamente financieros) y doblegado a los designios de Berlín, afronte ese cambio tan radical que constituiría a única alternativa de continuidad del statu quo.

El problema es que la alternativa, una disolución parlamentaria y convocatoria de comicios generales, no sé hasta qué punto es alternativa puesto que… no la hay. Sí, quizá podría surgir aquí un Beppe Grillo (¿Wyoming podría hacer ese papel, quizá?), pero tampoco veo qué podría solucionar un beppegrillo o un wyoming ni aún como gobernantes o como bisagras de partidos más convencionales. La clase política española, la Casta, está completamente quemada. Completamente. Incluso para muchos que la votan, IU & Etc. constitye una alternativa menos mala, pero está lejos de lo bueno, no deja de ser la parte menos incomestible del plato del sistema. Y más allá de ellos… ¿qué hay? Dentro del sistema, por supuesto, nada (porque en definitiva, el que está quemado es el propio sistema); pero es que fuera tampoco se atisba ni siquiera una molécula de alternativa (no: los actuales extraparlamentarios no lo son; en la práctica totalidad de los casos o son restos de naufragios anteriores -ahí tienes a falanges, comunismos irredentos rojos o amarillos y cosas raras en general- o se trata de formaciones o bien univectoriales -los Piratas, por ejemlo- o de pequeñas organizaciones en las que, más allá de un eventual voto de protesta, nadie depositaría su confianza).

Después están los atajos, los ungüentos amarillos que lo solucionan todo, pero que nadie sabe cómo, lo que podríamos llamar la «homeopatía política». En este campo, destacan, por un lado, el republicanismo (del que, a un nivel sentimental, participo) y, por el otro, el independentismo. Y los dos casos son lo mismo por la misma razón: indefinición. En mi aspecto personal, la única diferencia es mi afección republicana y mi desafección independentista pero, repito, se trata de una cuestión puramente sentimental. Para dar un sí o un no racional, lo que quiero ver son proyectos constitucionales, completos y articulados. Porque una república puede ser un régimen presidencialista al estilo o bien francés o bien estadounidense (que son dos presidencialismos diferentes), o, efectivamente, como muchos objetan, una monarquía que se cambia cada cuatro años. ¿Y cómo se estructuraría la territorialización del Estado? ¿Centralizado, acaso? ¿Autonómico? ¿Federal? Y por cierto: ¿cuál es la diferencia entre uno u otro? Y con la independencia, lo mismo. Oh, que en Cataluña ataremos los perros con longanizas tan pronto nos quitemos a España de encima. Y unas narices, hay muchísimas razones para penar que eso no va a ser así en absoluto. Pero, además de eso, antes de sacar banderas e himnos, quiero ver un proyecto constitucional, igual que en el caso republicano. Porque, claro, capitaneando CiU la cosa, tengo mis sospechas de que una Cataluña independiente no fuera a ser más de lo mismo y para este viaje no harían falta alforjas ni andar poniendo fronteras de la señorita Pepis. Eso aún suponiendo que yo fuera alérgico a España, cosa de la que estoy muy lejos.

En resumen: además de una crisis económica de caballo, además de una crisis política enorme, además de una fractura social bestial y además de una estructura estatal que se derrumba por momentos, tenemos un lío que nadie tiene, en realidad, la menor idea de cómo resolver. No hay alternativa. Y si la hay, no es todavía visible -quizá ni siquiera intuible- ni, en consecuencia, es aún practicable.

Hasta hoy hemos vivido agobiados y atemorizados. Que no tengamos por delante el terror y el dolor.

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