Category Archives: Correo ordinario

Amenaza borrasca

De la serie: Correo ordinario

No suelo creer en la casualidad de la sucesión de ciertos hechos. Ni yo ni nadie. Hace muy poco más de un mes, Rajoy recibía a puerta cerradísima -que es la forma habitual en que los populacheros estos hacen las cosas- a Christopher Dodds, el preboste máximo del apropiacionismo norteamericano, la MPAA, es decir, la industria del cine. Pocos días después, empezaba a correr la voz de que España iba a volver a ser incluida en la famosa lista 301, esa lista que es como el Cuélebre o el piojo verde, misteriosa, ignota y que supone, al parecer, interdicciones comerciales importantes para el desgraciado que va a parar a ese averno. Países tan subdesarrollados, por ejemplo, como Canadá o como Suiza están en él. Poco después nos trasciende a la Asociación de Internautas un borrador del hilo por el que va a discurrir la reforma de la Ley de Propiedad Intelectual, borrador que ya ha circulado por toda la Red. Y nos llega ahora la noticia de una convocatoria de la Coalición de Creadores e Industrias, al mando ahora de la ínclita Carlota Navarrete, sucesora que fue de Pedro Farré cuando éste, antes de tener razones con la Justicia, decidió abandonar este mundo y sus pompas, no sin antes efectuar encargos de consultoría a altas horas de la madrugada (de la calaña de esta señora sabemos, además, algunas cosas por propia mano); la convocatoria tiene como fin -por enésima y cansina vez- «poner de relieve el gran efecto que la Piratería de Contenidos Digitales (sic, incluso en las mayúsculas) tiene en España en las industrias de: Música, Videojuegos, Cine y Libros (sic, sobre todo en las mayúsculas), así como su impacto en el empleo, la hacienda pública o en el mercado potencial dispuesto a pagar por estos contenidos». O sea, lo de siempre, lo que llevan ya años rebuznando pese a lo mal que disimulan que no se lo creen ni ellos mismos (particularmente hilarante lo del mercado potencial).

Cada una de estas cosas, por separado, es irrelevante, o casi. De todas tenemos abundantes muestras anteriores y nos conocemos de memoria la cagarela. Que el imperio del copyright visita a nuestros dirigentes -o se hace visitar por ellos- para ponerlos firmes y descubrirse a la orden, no era nada nuevo: lo sabíamos y nos lo demostró -papeles cantan- Wikileaks; que tienen debidamente alineados a esos mismos dirigentes para que se promulguen las normas al gusto y ganas de la industria y sus corifeos (entidades de gestión, creadores apalancados, y demás), también es folklore en los ámbitos de la cultura libre; lo de la lista 310 ya es como lo que hacen las gaditanas con las bombas que tiran los fanfarrones; y, bueno, lo de las conferencias de prensa lloronas pretendiendo que el PIB español de un sector enteramente marginal es casi tan importante como [fue] el ladrillo o es el turismo, a base de hinchar unas cifras tan manipuladas que producen diarrea de la misma risa, es también habitual. Una por una, ninguna de estas cosas es, a estas alturas, demasiado digna ya de tener en cuenta. Pero cuando en rápida y nada casual sucesión se juntan las cuatro, es cosa ya de tocar generala, por no decir toque de degüello.

Realmente ya tardaban, las cosas como son. Con un Gobierno que, ya desde un principio, parece que se propuso hacer buena la escoria zapateril, dirigido por un pobre hombre que esconde su renta baja como político bajo la apariencia (sin sustancia alguna) de una galleguidad suficiente y sobrante como para que sus paisanos le dejaran las posaderas reducidas a escombros a puro puntapié, atado de pies y manos a cualquier imposición para la que parece bastar que le hablen alto, como se decía que no toleraban los Tercios Viejos, pero sí esta peña de indocumentados, y, encima, con la que está cayendo, de recortes en todo lo básico del sector público, destruyéndose la sanidad, la educación, el sistema de pensiones, la justicia (que ya no empezó esta triste época nada boyante), la renta de las familias, la existencia misma de una clase media, que tardó cincuenta años largos en levantarse, la ciencia, la empresa, y, bueno, de hecho, todo, pues bueno, parecería que las cosas estas de la internés, la música, el cine y demás, son peccata minuta y que con peores morlacos nos las tenemos que haber.

Desgraciadamente es cierto. Los males que amenazan (y aún atenazan) a la sociedad española -por no decir que esa amenaza ha culminado ya en realidad irreversible- son tan enormes, tan alarmantes, que las cuestiones de libertades en Red, de desarrollo intelectual, de conocimiento libre (que no quiere decir gratuito, como pretenden demagógicamente dar a entender esos falsarios) parece que se quedan pequeñas al lado de todo lo demás.

Pero ese es el pensamiento de la inmediatez, del corto plazo. Primum vivere, deinde filosofare… Pero es que cuando se salga de la crisis material -de la que tarde o temprano y a un precio onerosísimo cuyo montante aún desconocemos, se saldrá- las trapazadas que ese gremio infecto está preparando ahora permanecerán, estarán ahí, seguramente en primera fila, y serán lo que entonces nos atenace y de una manera muy difícil de revertir. Porque ese gremio abominable, tengámoslo muy claro, no está amenazando nuestra tranquila libertad para descargar contenidos (eso, además de ser lo de menos, es precisamente lo único que no conseguirán) sino que habrán derrumbado algo mucho más importante: nuestra libertad de expresión y la facilidad de comunicación que nos da la Red para coordinarnos y organizarnos. Que es lo que verdaderamente se está persiguiendo detrás de todo esto. Lo de impedir las descargas es el caramelo que se le da como premio al copyright para que, a su parapeto, se nos coarten derechos fundamentales. Y la prueba la tendréis -al tiempo, y no hará falta mucho- cuando se empiece a preparar la nueva e inevitable constitución: veréis qué recortazos le atizan a la libertad de expresión y a la Red en nombre de vete a saber qué sagrados derechos (cuando les dices que el copyright no forma parte de los Derechos Humanos, se ponen como locos, y fíjate que es, además, cierto). Ya hemos visto muchas veces copyright a modo de instrumento de censura.

Tenemos que prepararnos para la guerra de nuevo, porque va a haberla. Yo no sé si en el lado de las libertades podremos librarla en mejores o peores condiciones que antes, pero muchos o pocos, en campo abierto o en guerrilla, hay que librarla y yo, desde luego, me voy a consagrar plenamente a ello y de la manera más dura que pueda.

Mis primeros veinte años de vida transcurrieron bajo una dictadura. No me apetece para nada que mis últimos veinte sean como esos primeros. En absoluto. Y no es que vayamos camino de ello sino que casi hemos llegado; su advenimiento, a poco que nos descuidemos, es verdaderamente inminente.

Hay que pararles los pies. En todos los frentes. Ninguno es desdeñable.

Epatar

De la serie: Correo ordinario

Todos tenemos, supongo, nuestros pequeños masoquismos. El mío -o uno de los míos- es un cierto interés por las cosas castrenses pese al empacho que de ellas supuso la mili dichosa. Ese interés me había llevado, tiempo atrás, a participar en los llamados días de las Fuerzas Armadas, acudiendo a sus diversos actos, exposiciones y demás. Hasta que, por fin me cabreé y lo dejé correr, al constatar -con harta y cansina reiteración- que las famosas jornadas de confraternización de los ciudadanos con nuestras Fuerzas Armadas no eran sino kermeses militrónchicas en las que se mostraban unos a otros las respectivas plumas en ampulosos ceremoniales rituales y reservándose, de paso, las primeras y mejores filas del acontecimiento mientras los ciudadanos -que, por cierto, éramos y seguimos siendo los que pagamos el gasto- quedábamos relegados a allá al fondo, donde se supone que se nos había de caer la baba en admirativo silencio ante tamaña exhibición de héroes -a la mayoría de los cuales se le supone-, chapas, gorras y colorines diversos.

En fin, esa sensación de superioridad que sienten los guerreros -particularmente cuando guerrean poco- sobre los pobres desgraciados que se arrastran penosamente cada mañana hacia sus tristes y grises oficinas, tan bien descrita por Tom Wolfe en su impagable Lo que hay que tener. Lo que Tom Wolfe no describía -quizá porque es cutre hasta lo inenarrable- es el espectáculo que se monta cuando los pobres y grises ciudadanos (que pagamos, no lo olvidemos, la fiesta) osamos acercarnos a ver los cacharros en los que se gastan nuestros dineros (mirar y no tocar, of course) y a [intentar] mezclar nuestra grisidad con tan brillantes colores, plumas y escarapelas.

Me viene a la cabeza esa imagen de farde castrense porque hoy, muy pocas horas después de escribir estas líneas, se monta otra pachangada cuyas características son muy parecidas, aunque el entorno sea distinto: me refiero a la entrega de los premios Goya.

Aclaro con carácter previo que el hecho intrínseco de que un colectivo profesional -sea del mundo del cine, de la administración de fincas rústicas o de los sexadores de pollos, da igual- dedique un día o noche al año a su efusión corporativa y, en ella, se otorguen premios a esto o a lo otro -mejor película, mejor gestión de concentración parcelaria o más rápida detección de un pollo transexual- es algo que me parece muy bien. Bueno, digamos que me parece tanto mejor cuanto menos dinero mío se gasta en la cuchipanda, de donde no tendría absolutamente nada contra administradores de fincas rústicas ni contra sexadores de pollos mientras que la gente de la farándula cinematográfica ya me toca bastante más los cojones porque en ese caso, como en el de los militronchos, resulta que el gasto lo pago yo, ex aequo con una millonadita más de conciudadanos. O sea que, para empezar, mira: no.

Pero es que, además, me revienta el numerito que montan -como si ellos fueran una élite… je, sobre todo los españoles- y me revienta muchísimo más que me lo refrieguen cada dos por tres o, dicho de otro modo, cada vez que en estos días abro un periódico -real o virtual- o, más raramente, enciendo el televisor. Este reviente puede llegar a una iracunda hipertensión si le añadimos algunas variables: por ejemplo, científicos estupendos y utilísimos que no gozan del mismo festejo y menos aún -ni lejanamente- del mismo presupuesto (público, como creo haber dicho o insinuado); o, por otro ejemplo, el numerito en sí mismo, que es una perfecta y estúpida imitación (en todas sus facetas) del tinglado norteamericano. Con la agravante de que lo de aquí es una imitación absolutamente salchichera, siendo el original, encima, bastante hortera en sí mismo.

Pero cuando mi hipertensión se acerca al borde mismo de la apoplejía es cuando veo a este gremio ponerse en plan trascendental, como si fueran los llamados a salvar el mundo y como si fueran los únicos capaces de salvar el mundo. Me llenaron de asco con su No a la guerra, sobre todo porque callaron como putas al respecto hasta que vieron que el palo ciudadano sobre la cuestión era masivo; estoy absoluta y firmemente convencido que si los ciudadanos nos hubiéramos echado a la calle clamando por la cabeza de Hassan Hussein, esos pavos lo hubieran quemado en efigie en la gala de los Goya (que, por cierto, no sé qué coño les habrá hecho Goya a estos…). Su No a la guerra fue a toro repugnantemente pasado.

Este año parece que la van a montar de nuevo. Es muy curioso que esta gente derrota por un lado: los numeritos sólo se los monta al PP; y no es que el PP me dé ninguna pena, en absoluto, pero es que, claro, se da la circunstancia de que cada vez que llega el PP al poder, a estos les doy (les damos todos los ciudadanos) mucho menos dinero; en otras palabras: el PP les recorta las subvenciones. Ese fue el verdadero origen del No a la guerra y esta va a ser la verdadera causa de lo que monten esta noche: el PP les ha atizado un recorte sustancial, entre la poca simpatía que le tiene al gremio y la que está cayendo. Claro que, en mi opinión, ni con la que está cayendo ni sin ella habría que darle a este gremio ni un céntimo o, cuando menos, ni un céntimo más de lo que se da a otros sectores industriales, que es muy poco habitualmente (Bruselas prohíbe las subvenciones a la industria, con carácter general) y nada, cero patatero, en la actualidad.

Queda, claro, el cencerro con el que atraen a cierto tipo de ganado, que es el supuesto glamour -no menos hortera que todo el conjunto de la cosa- con el que atraen la atención de los sectores menos instruidos de la población, que son amplísimos, claro. Es muy curiosa esa atracción de la gente pobre -de cartera y de lectura- por esos numeritos de oropeles y fuegos de artificio, cuesta entender -psiquiatras tiene la ciencia- qué raro consuelo puede reportarles en una situación, generalmente nada envidiable, esa exhibición de desmesurada joyería, peletería y demás artículos de lujo al que ellos, en circunstancias normales -que se cumplirán en la práctica totalidad de los casos- no accederán jamás. Porque podemos estar todos seguros de que esta noche habrá montones de mileuristas, de parados, y aún de desahuciados deudores de muchas decenas de miles de euros, cayéndoseles la baba ante el despliegue.

Decía al principio que todos tenemos nuestros pequeños masoquismos pero, en fin, salvada la libertad última de cada cual a hacer lo que le dé la gana, a mí me parece que este es un masoquismo que ríete tú de la disciplina inglesa y de aquellas famosas que llegaron a ser Cuevas del Sado.

Cabe esperar que el cambio de modelo de negocio que, a la larga o a la corta, traerá la digitalización también a ese gremio, modifique asimismo esas romerías de la horterada de alta costura y que los dineros -sobre todo los públicos- que se despilfarran en esas patochadas puedan emplearse en algo verdaderamente útil y socialmente retributivo.

Que la lista de carencias y de prioridades es muy larga.

Parole, parole, parole

De la serie: Correo ordinario

Ada Colau fue ayer aplaudida a rabiar me atrevería a decir que por toda la sociedad. Así cabe deducirlo tanto de las redes sociales como de los comentarios que los lectores insertan bajo las noticias de la prensa pesebrera. Por no hablar de lo que se oye en la calle, en las tiendas, en los bares y demás. En mi percepción, la adhesión ciudadana a Ada Colau fue -es- masiva.

¿Masiva? ¿No unánime? No, unánime no. Como es lógico -esto no es el antiguo régimen búlgaro- por más atinada, racional, obvia y sabia que sea una afirmación, siempre tendrá discrepantes. Quizá pocos -como en el caso que nos ocupa- pero los habrá. Y es sano que los haya, porque la discrepancia -incluso contra lo que aparentemente es más de cajón- ayuda a la reflexión. Los discrepantes de Ada Colau -la mayoria de los que yo he visto- van por la vía de proclamar la reponsabilidad de quien suscribe un contrato, no admitiendo las razones de Ada sobre el engaño implícito en las contrataciones de créditos hipotecarios. Yo no estoy de acuerdo con esas objeciones, pero sí lo estoy en que la objeción, de algún modo, cabe.

Lo que me sorprende es otro hilo de… razonamiento de algunos discrepantes, de muchos de esos pocos: sostienen que cuando vierte esas expresiones (llamar criminal al representante bancario, por ejemplo) Ada Colau pierde toda la razón que podría asistirle.

Me quedo patidifuso.

Por más que me masturbo la mente -como dicen que dijo Manuel Jiménez de Parga en sede judicial añísimos ha, no sé si será una leyenda urbana- no alcanzo a comprender a través de qué mecanismo lógico una determinada expresión políticamente correcta o incorrecta aumenta o disminuye el grado de admisibilidad o inadmisibilidad (intrínseca) de una propuesta. Si alguien dice que tal cosa es un atraco, y es, efectivamente, un atraco, no veo en qué disminuye la cualidad de atraco del acontecimiento el hecho de calificar al atracador de hijo de puta, pongamos por caso. Bueno, pues, al decir de algunos, sí. Si dices que el atracador es un hijo de puta, resulta que ya no tienes razón y el atraco deja de ser un atraco. Con razón siempre pienso que los acróbatas estos de lo políticamente correcto tendrían que hacerse una lobotomía urgente. Y sobre todo, dejar de dar por el culo a los demás y a sus razones (al menos, cuando son intrínsecamente fundadas).

El tema del taco y/o de otros modos de violencia verbal o escrita, siempre ha sido objeto de controversia. A mí me hace mucha gracia que algunos -los hay- critiquen que en este blog escriba tacos… los mismos o parecidos tacos que mis críticos pronuncian a su vez en su vida cotidiana.

– ¡Ah, no es lo mismo!
– ¿No? ¿Por qué?

Silencio. Nadie sabe justificar por qué el taco es normal y disculpable de palabra, pero no lo es en el lenguaje escrito. Y nadie sabe justificarlo porque no se puede. Mucho más coherentes son los escasísimos ciudadanos que critican eso mismo pero, sin embargo, no utilizan tacos en su lenguaje común. Coherentes, pero con la misma carencia de razón y de razones.

Porque a mí que me expliquen por qué una palabra -la que sea- puede ser, por sí misma, objeto de valoración. La acepción 19ª de la palabra taco en el diccionario de la RAE dice: «coloq. Voto, juramento, palabrota». Y si buscamos palabrota, el DRAE nos dice: «despect. Dicho ofensivo, indecente o grosero». Lo de ofensivo lo entiendo (ahora iremos a ello). Lo de indecente o grosero no. Indecente o grosera puede serlo una idea, no la palabra que la expresa. En fin, no voy a meterme en honduras lingüísticas -ni este es el lugar ni yo soy tampoco un especialista en la materia- pero que alguien me explique (racionalmente, sin moralidades episcopales de mercadillo de saldos) por qué prostituta sí y puta no.

Cuestión distinta es lo ofensivo, porque eso es transitivo, eso tiene un destinatario, y más cuando la ofensa es, de algún modo, calificativa. Si a un señor se le llama hijo de puta, todos tenemos claro que se le está insultando gravemente, pese a que a nadie, absolutamente a nadie, se le pasa siquiera por la cabeza la idea de que la madre del motejado ofrezca profesionalmente y mediante precio cierto sus servicios sexuales; pero la cosa es distinta cuando a un señor se le llama criminal, siendo así que ese señor representa al colectivo bancario y el contexto es el de calificar de estafa un conjunto de actuaciones de dicho colectivo. Entonces estamos ante una agresión verbal.

Lo que voy a decir a continuación, debe entenderse con absoluta abstracción del valor jurídico del hecho que, quizá (o quizá no) llegue a establecerse judicialmente en algún momento. Es decir, no voy a entrar, ni a valorar, ni a aceptar, ni a rechazar que lo que le dijo anteayer Ada Colau al Rodríguez ese sea o no una injuria (o, como le llaman ahora, un atentado al honor, una intromisión en la intimidad o una flauta de Bartolo).

El hecho es que la agresión verbal se produce. Ada Colau podía haber dicho que el Rodríguez se expresó demagógicamente y que el comportamiento de los bancos fue eventualmente contrario a la ética social. Supongo que así hubiera mantenido completamente lisa la plácida superficie de las putrefactas aguas de lo políticamente correcto para satisfacción de los bienpensantes sepulcros blanqueados. Y hablando así, digan lo que quieran los fariseos, Ada Colau hubiera perdido una importantísima porción de su potencia expresiva. Porque el lenguaje rotundo tiene, entre otras, la virtud de dejar las cosas claras, sin confusión posible y, por la propia rotundidad, de crear el, llamémosle, efecto llamada que se pretende en las circunstancias del contexto. Llamar pan al pan y vino al vino, puede ser desagradable para espíritus en melífluo marasmo de estupidez, puede tener consecuencias jurídicas, acaso, pero llama la atención (los oyentes pasan a ser escuchantes, absurdo palabro -afortunadamente ya abandonado, parece- que tuvo cierto predicamento en la Radio Nacional de España de la gilipollez zapateril y que utilizo por una sola vez y sin que siente precedente) y, sobre todo, deja el mensaje claro y diáfano, sin reinterpretaciones posibles. Dos y dos son cuatro, y si cuatro es taco o verbalmente agresivo, San Joderse cayó en tal día, pero queda más que claro que no es cinco. Y -lo siento por el Rodríguez, en el caso concreto- suscita adhesión. Adhesión masiva, como en el caso concreto.

Si Ada Colau hubiera hablado de demagogias o de éticas sociales, su mensaje no hubiera tenido el impacto que tuvo ni hubiera suscitado la adhesión que suscitó, porque la claridad, la dureza y la agresividad -por más que disguste a los pacatos- vence y convence, cuando menos si la razón, por demás, le asiste. Las medias tintas no llaman la atención, es lo que podemos leer cada día en cualquiera de los periodicuchos del pesebre o el lenguaje -soso, aburrido, irritante por estúpido- que puede escuchárseles diariamente -vaya, al menos quien les aguante- a esos torpes y mediocres parlamentarios que sufrimos (y opíparamente pagamos). Además, el lenguaje de Ada sirvió no solamente para suscitar una adhesión masiva -toda vez que está claro que la mayoría de los ciudadanos coincide en sus calificativos y en otros muchísimo peores que ni siquiera Ada osó pronunciar- sino para lograr el afecto de atracción necesario para que todo su mensaje, y no sólo esa parte, fuera escuchado con atención. O sea que fue un lenguaje, además, eficaz.

Habrá que estar muy atentos a esta dama, porque tiene aptitudes para llegar mucho más lejos de a donde ha llegado y porque puede prestar a toda la ciudadanía servicios muchísimo más relevantes aún de los que está prestando.

Que no son moco de pavo, ojo.

$GAE doliente

De la serie: Correo ordinario

Hemos podido ver estos días un resurgir mediático de la $GAE (todavía no la acabo de ver SGAE) en los papeles. Igual que nos ha pasado en la Asociación de Internautas, parece que ha sufrido una cierta hibernación, en lo que a apariciones públicas se refiere. Y la razón, claro, es la misma: el impresentable ministro Wert ha liado pollos tan enormes en algo tan serio como es la educación, que ha relegado los problemas de la cultura (que ya eran muchos antes de su llegada y más que los ha incrementado él) a un segundo término. Pero están ahí y, claro, acaban saliendo. Lo que no deja de ser ilustrativo es que, pese a la que está cayendo en tantos ámbitos y, como digo, en el de la propia cultura, volvemos unos y otros a la palestra por el tema del canon digital y de la copia privada. No parece que haya forma de cerrar este tema, como no sea dejar que el paso del tiempo, con su particular e inexorable ley de la gravedad, lo solucione por la vía de hecho. Pero, como decía el otro día, la única ventaja de esta guerra es que es tan diáfana y tan sentida por la ciudadanía que sirve de sencillo ejemplo para ilustrar otras barbaridades de los políticos de más prolija y polémica explicación. El canon es sentido por todos, a derecha e izquierda, como una agresión y, por tanto, muestra muy bien, muy diáfanamente, cómo funciona la vesanía y la venalidad de la Casta.

Antón Reixa ha aparecido estos días en varios medios quejándose precisamente de eso, de la impopularidad de la $GAE, constatando que esa impopularidad sigue ahí (vía Asociación de Internautas) y de lo odioso que le resulta ser comparado con Teddy Bautista.

Las cosas como son: no. La distancia entre el viejo Teddy y Antón Reixa es sideral, aunque sólo nos quedáramos en el lenguaje y en la comunciación; y eso, los que quisimos verlo, pudimos verlo prácticamente desde el primer momento. Pero la $GAE las ha hecho muy gordas; y las ha hecho muy gordas no solamente en lo que se refiere a las irregularidades y presuntos delitos que están ahora en manos de la Justicia, sino en su actitud prepotente y avasalladora hacia los ciudadanos. A Reixa le va a costar mucho eliminar las bravatas de Teddy y los centimillos del finado Borau de la memoria de los ciudadanos. No de los internautas: de los ciudadanos. No es una cuestión de comparación: es que la $GAE está ahí y sigue siendo la misma; que hay un claro apaciguamiento formal en su cúpula, es innegable, pero no todo acaba ahí. Y las vías de diálogo con la sociedad civil se han insinuado, ha habido algún gesto, pero, desde luego, no se han abierto; no, ni mucho menos, de par en par.

Reixa, y quizá nosotros, en la AI, también, hemos perdido una oportunidad muy buena con motivo del canonazo de Wert: hubiéramos podido adoptar una postura común. Común y, además, conjunta. ¿Se imagina alguien lo devastador que hubiera sido para Wert una conferencia de prensa conjunta de Antón Reixa y de Víctor Domingo ciscándose ambos a coro en el canonazo? Pero, claro, para eso hubieran tenido que presentar una alternativa asimismo común y conjunta; y eso, además de devastador, hubiera sido poco menos que revolucionario porque esa alternativa hubiera tenido que hacer dos cosas fundamentales: una, establecer con claridad y de manera indubitada los límites de la copia privada; y dos, establecer con idéntica claridad una forma satisfactoria para ambas partes un mecanismo de retribución autoral por esa copia privada. Y si lo segundo es difícil, lo primero ni te cuento… Vamos, en realidad lo primero es, técnicamente, lo más fácil, pero políticamente lomás complicado porque el quid de la cuestión está en las descargas, en definirlas o no como una modalidad de la copia privada; con la dificultad añadida de que mucha gente piensa como yo: si las descargas (de redes P2P o similares, se sobreentiende, y siempre para uso particular y sin ánimo lucrativo por ninguna de las partes, ni la que da ni la que recibe) no se consideran una modalidad de copia privada, la copia privada, de facto, desaparece. O sea que es un todo o nada y, por eso mismo, muy difícil de negociar. Sin embargo, yo creo que si la descarga -en las condiciones antedichas- fueran consideradas coo una modalidad de la copia privada, el tema de la compensación autoral sería, dentro de lo complicado, bastante más fácil, me parece a mí.

En todo caso, es un tema que habrá que afrontar sí o sí cuando, en mejores o peores condiciones, Wert (¡glub!) o quien sea, aborde la modificación de la Ley de Propiedad Intelectual y, por tanto, yo me atrevería a sugerir a Reixa y a Domingo -y a cuantos terceros pudieran estar legítimamente interesados- que empiecen a negociar este tema ya, sin esperar a que Wert lo ponga encima de la mesa (si es que tiene la menor intención de poner nada sobre mesa alguna) y mande él en las conversaciones. Veo difícil un acuerdo, precisamente por ese escollo de las descargas, pero si hubiera un resquicio para el mismo, sería fantástico que se pudiera poner sobre la mesa de Wert una postura unitaria de ambas partes: a ver cómo se las componía entonces este personajillo para dar satisfacción a la industria, que vería ese acuerdo como lejía en los ojos.

Y es de este modo, don Antón, como la $GAE empezaría a dejar de ser odiosa a los ojos de la ciudadanía y volvería a ser la SGAE que nunca debió de dejar de ser.

Otra cosa es que le doy la razón en lo que se refiere a la industria y a los intermediarios comerciales: han empapado el canon en los precios y, pese a que el canon clásico se ha suprimido, los precios se mantienen. Pero no es tan importante porque la razón la tiene Reixa a medias: si bien los CD y DVD mantienen sus precios con canon al menos en las grandes superficies, otros dispositivos (las llaves USB, por ejempo, bajan incesantemente). Lo cierto es que la guerra del canon (y esa es otra) empezó porque se gravaban unos dispositivos que hoy en día se usan ya muy poco y con tendencia a que se usen aún menos, porque la nube está ganando terreno a cada día que pasa. Mi última compra de CD y DVD tiene ya dos años y la mitad de los que compré, ahí están, muertos de risa en sus envases, los cuales, a su vez, andan tirados por no sé dónde. Mis hijas apenas descargan nada porque todo lo ven o lo escuchan en streaming y pasan completamente de soportes físicos; la mayor, lee los documentos que necesita en sus clases con una tablet y los toma de un almacenamiento on the cloud gracias a la conexión wifi de su facultad. En ese entorno -cada día más y más generalizado, por otra parte- hablar de canon, de soportes físicos o, incluso, de las descargas mismas, casi parece pleistocénico. Y es que lo que los seres humanos no sepamos solucionar en brevísimo tiempo (y cada vez será menos) lo solucionará la realidad tecnológica con esa particular ley de la gravedad a la que antes hacía referencia.

Tan insoslayable, además, como la que enunció Newton.

El canon “wertgonzoso”

De la serie: Correo ordinario

Uno de mis bravos me pedía justamente ayer, en su comentario inscrito en el artículo anterior, en el que llamo lo que hay que llamar a quienes ellos ya saben, que escribiera otro artículo sobre el nuevo canonazo, me pareció que insinuando que lo hiciera en el mismo tono.

Bueno, no sé qué tono me saldrá, porque estas cosas, al menos en mí, no son premeditadas ni planificadas, salen como salen, y, además, no tienen que ver con mi estado de ánimo: puede salirme un discurso florentino el día que estoy cabreado hasta la ignición, o puedo sentarme a escribir poseso de una beatitud de monjita ursulina y salirme un cóctel Molotov como la entrada anterior. Uno empieza a teclear sabiendo lo que quiere decir y, a partir de ahí, lo demás sale solo, fluye por sí mismo.

En un tono u otro, del canon de Wert hay que hablar. Ya tocaba, esta es la verdad, porque en la Asociación de Internautas nos hemos tirado un año y medio de molicie que ya va habiendo que levantar. Molicie que, por supuesto, no ha sido buscada de propósito, sino que ha sido instaurada por las circunstancias mismas. El 1 de julio del 2010, la Guardia Civil, por orden del juez Ruz, nos vuelve del revés el guante -bastante sucio, tal como ya sabíamos– del Palacio de Longoria (la sede de la $GAE, por si alguien no ha caído). Desde ese mismo momento, la $GAE tiene más problemas de los que puede causar, así que (aún sin saber si, de una vez por todas, se ha reconvertido -o ha revertido- de $GAE en SGAE) el frente permanece estable y sin movimientos dignos de tensión, a la espera de ver qué pasa. Por otro lado, viene Rajoy y pone a Wert como ministro de Cultura, en la perfecta tradición de sus predecesores sociatas: prepotente, arrogante, ignorante y, en definitiva, una rémora. Ya preparábamos munición de nuevo, cuando resulta que, como al Wert dichoso le han metido en la misma cartera a la Educación, nos adelantan como ferraris todas las fuerzas vivas escolares y universitarias del país y nos tenemos que poner a la cola de la muchedumbre que quiere darle… en fin… buenos deseos. También le han dado el Deporte, pero ahí no pasa nada, salvo que el deporte masculino español hace el más espantoso de los ridículos en las olimpiadas de este verano pasado, y que hay no sé cuántos escándalos en no sé cuántas federaciones y selecciones olímpicas y de las otras. No me preguntéis, que ya sabéis que en eso del calzoncillo no estoy muy à la page. Yo, por lo que leo, así, suelto, muy de cuando en cuando y de rebote. En todo caso, el deporte me importa tres cojones y, si alguien le da algún valor, que gaste bytes de su propia bitácora.

Al trío este de la bencina, Rajoy, Wert y Lassalle, ya los teníamos calados. Bueno, la verdad es que a Wert no mucho (al menos, no yo, que tengo desintonizada Intereconomía del dial de la TDT de mi casa) pero de Lassalle ya teníamos abundantes referencias cuando sustituyó a la Salmones como submarino del lobby de la farándula en el PP. Y de Rajoy, ocioso es decir nada.

Por tanto, no sorprendió a nadie cuando el 1 de marzo del corriente, se tragaron con patatitas -y prácticamente tal cual- la ley Sinde, que pasó a denominarse, ya para los restos, ley Sinde-Wert. La ley Sinde-Wert, dicho sea de paso, no ha servido prácticamente para nada salvo para causar algunas molestias y algún que otro cristal roto, pero eso no es nada comparado con las risas que nos va a dar cuando sus resultados ejecutivos empiecen a llegar a los juzgados. Sobre ello ya hablaremos en su momento.

El otro marrón que les quedaba era el del canon, el canon que se había cargado el Tribunal de Justicia de la Unión Europea, como consecuencia del caso Padawan. Qué descojono me entra cada vez que me acuerdo de este caso, cada vez que pienso en los puntapiés en el trasero que aún hoy debe estar recibiendo el fulano que se empeñó en perseguir sañudamente a Ana María Méndez y a su familia, en vez de dejarla en paz, con lo que, quizá, aún estarían hoy dando por el culo con su canon de las narices. Pero, amiguete, no hay enemigo pequeño, bien lo sabrán a estas horas tus almorranas.

Y Wert, siempre haciendo amigos (es su especialidad, como todos sabéis) coge el toro por los cuernos, pero lo coge desde el burladero: mete el canon en los Presupuestos Generales del Estado y, además, lo evalúa como le da la santísima gana: por ejemplo, para este 2012 (que se pagará en 2013, porque ahora se liquidará a toro pasado) lo cifra en poquito más de cinco millones de euros. En fin, para qué voy a describiros la alegría de las entidades de gestión de derechos de autor, que han visto que la cosa pasa de 110 millones de euros a esos cinquito; con la que les está cayendo a algunos. Y, encima, sin previsibilidad posible: hasta que se proyecten los PGE del año siguiente, no sabrán lo que les va a caer en el año en curso. Claro que los ciudadanos tampoco.

De modo que, como ya se ha dicho hasta la saciedad, lo que antes pagábamos sólo los internautas, ahora lo va a pagar toda la ciudadanía, internauta o no. Pero, con perdón y permiso de mi presi, me voy a permitir el lujo de decir que ese es un argumento cierto sólo a medias y un tanto falaz porque, en realidad, no ha cambiado nada. El viejo canon pasaba como un impuesto internauta, pero no era así: el canon lo pagaba toda la ciudadanía en la medida en que compraba unos determinados aparatos, algunos no precisamente internáuticos: receptores de radio y televisión, reproductores de música y vídeo, y un larguísimo etcétera. La guerra del canon (vuélvase al ya lejano 2003 y recuérdese) empezó no por el canon que, efectivamente, se había aplicado desde siempre a ese tipo de aparatos, sino porque la depredación apropiacionista cayó sobre los CD y los DVD vírgenes estimándose que, como eran idóneos para grabar en ellos contenidos autorales, ya podían ser gravados (ojo a las “b” y a las “v”) por el canon, en la deliberada y rapaz ignorancia de que su uso mayoritario estaba destinado a contenidos no sujetos a derechos de autor o no cntemplados, en todo caso, por la Ley de Propiedad Intelectual. Por eso la guerra la llevó adelante la comunidad internauta liderada por la AI. Sin embargo, por lo que concierne a todos los demás dispisitivos, las víctimas no éramos exclusivamente los internautas sino la ciudadanía entera, con escasísimas y casi utópicas excepciones. Otra cosa es que los internautas utilizáramos todo el armamento para nuestra guerra, y expusiéramos al sol la vesanía de las entidades de gestión tomando otros ejemplos: el asalto a bares y establecimientos comerciales inauditos (mercerías, peluquerías, etc.), a conciertos y certámenes benéficos y un largo etcétera que pasaba a tener que ver con la guerra, pero no directamente con la internáutica.

Desde este punto de vista, y aunque nos guste usar lo de que ahora paga toda la ciudadanía, internauta o no, lo cierto es que la inmensa mayoría de la ciudadanía es internauta y que, en todo caso, con el régimen anterior, también pagaba prácticamente toda la ciudadanía aunque no fuese internauta. O sea, que las víctimas seguimos siendo las mismas, tanto en calidad (ciudadanos de a pie y empresas) como en cantidad (la entera ciudadanía). También de este modo, y burlando el literal y la intención del dictamen del Tribunal de Justicia de la Unión Europea, las empresas, en tanto que sujetos tributarios (es decir, en tanto que personas jurídicas que pagan impuestos como pepes) seguirán pagando el canon. De modo que puede parafrasearse al inolvidable cabo Maroño de la deliciosa «Casa de la Troya»: «el Tribunal de Justicia o las directivas europeas, me da igual, porque el ministro Wert se ríe de las sentencias, de la Constitución y de ustedes».

Volveré a hablar mucho de este canon, volveré a hablar, por enésima vez de su injusticia, de su obsolescencia, de su favoritismo hacia un sector industrial claramente ineficiente y de un montón de cosas más que ya se han dicho aquí (y en mil lugares más) pero sobre las que hay que inisistir porque en este país las cosas no pueden decirse una vez: acallado su eco, caen en la obsolescencia; periódicamente hay que repetirlas, aunque sólo sea para hacer patente que siguen vigentes y frescas. Por desgracia, en este caso.

Pero hay otra vertiente en este asunto sobre el que quizá se ha hablado poco: el concepto de «copia privada». En tiempos analógicos, lo que era la copia privada estaba claro: la que se realizaba de un soporte a otro (esto no lo decía la ley, pero no había otra forma de hacerlo) entre particulares, para uso individual y no lucrativo. Cuando la digitalización trajo formatos altísimamente eficientes de copia y compartición de contenidos, la industria puso el grito en el cielo (como, de hecho, ha venido haciendo desde hace más de cien años, cada vez que ha nacido una tecnología o un formato más eficientes). Pero esta vez, Internet trajo un modo de comunicación y de defensa de los usuarios. Y así, los políticos decidieron no meterse en veredas, dejar la ley como está, con esa inmensa laguna digital, y ni Aznar ni el pobre zapatilla osaron meterse en la vereda -conflictiva, se hiciera lo que se hiciera, desde luego- de aclarar si las descargas constituyen o no una manifestación de la copia privada (por supuesto, en tanto que se cumpla esa condición de uso privado del contenido sin comercialización del mismo ni por parte del que ofrece el contenido ni por parte de quien lo copia). Ambas partes, autores/industria e internautas/ciudadanos han sostenido sus propios criterios, pero la cuestión no ha llegado tal cual a los tribunales de justicia, que la han ido rodeando, la han ido merodeando, pero sin llegar a ella.

Esta era, entre otras muchísimas, una de las razones por las que se debía reformar la Ley de Propiedad Intelectual (que no sé -aunque imagino- por qué no se llama, mucho más apropiadamente, Ley de los derechos del autor y del editor): para definir de una vez y con claridad qué es copia privada y qué no lo es. Después de haber pactado con todas las partes interesadas o, cuando menos, haberlas escuchado con atención, aunque ya sé que eso es ilusorio. No es, en realidad, la cuestión más importante de una nueva LPI: hay que adaptarla toda ella a la era digital. Pero como una cosa que caracteriza a los políticos actuales, sean del partido que sean, es su profundo e irreversible analfabetismo digital, pillados entre la presión de unos lobbyes brutales y una ciudadanía que ha aprendido cómo hacer pagar cara cierta vesanía, sin saber por sí mismos qué hacer, parece claro que va a pasar incólume esta legislatura (y vete a saber cuántas más), porque no parece que estos tengan ganas de meterse en más líos. Y la guerra del canon ha logrado que las leyes que afectan a los autores determinen -aunque sea por pura escenificación de los modos políticos y de partido y no por otra cosa- el voto de muchísimos ciudadanos. Recordemos que, no la ley Sinde, pero la escenificación del rastrero compadreo partidista que se produjo en su trámite parlamentario, determinó nada menos que el 15-M.

Soplan, pues, vientos de guerra. Y esta es una causa no tan grave como muchas otras que, por desgracia, nos aquejan, pero que es mucho más fácil de exponer, de sacar a la luz, de definir y, por tanto, más susceptible de que, a través de ella, la ciudadanía sume dos y dos.

Por lo tanto, habrá guerra.

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