Category Archives: El Congrés i els Indians

Cultura política y democrática

De la serie: Historias de mi ciudad

Ayer se celebró el Consell de Barri de mi barrio, con perdón por la redundancia. Vaya, fue más interesante que otros, quizá porque fue más sustantivo y se habló de política de barrio, que es de lo que se debe hablar en este tipo de actos; seguramente debemos agradecerle al frío intenso, inusual en Barcelona, la ausencia de un importante sector de tercera edad que toma los consejos de barrio como un libro de reclamaciones creyéndose que con ello puentea los cauces normales de atención ciudadana del Ayuntamiento que, en realidad, son mucho más rápidos y eficaces.

Y aunque esta vez se pudo salvar el festival semestral de la cagada de perro y de las cajas del frutero, se volvió a caer, y en proporción aún mayor de la que en su día ya comenté (CAT), en confusiones sobre la representatividad de las entidades.

Me explico un poco para que los lectores habituales ajenos a esta problemática, que lo son casi todos, se ubiquen y entiendan.

Los consejos de barrio son actos, ahora semestrales, en los que el Ayuntamiento barcelonés, en la cabeza de su concejal de distrito, dialoga directamente con los ciudadanos (que pueden asistir y hablar libremente) sobre los problemas que afectan a un barrio concreto. En Barcelona, los barrios constituyen una división administrativa subordinada a los distritos. Estos consejos no son órganos decisorios pero sí podríamos decir negociatorios, o sea que de sus debates pueden deducirse compromisos políticos por parte del Ayuntamiento. Otra cosa es que se cumplan o no, pero ese ya es otro tema.

En mi barrio concreto (El Congrés i els Indians) hay, además, una mesa de entidades y una mesa monotemática sobre el canódromo. La mesa de entidades es una mesa de dialogo y negciación entre las entidades cívicas del barrio, por un lado, y la administración municipal, por otro; la mesa del canódromo es lo mismo, pero específicamente dedicado a la problemática del que fue Canódromo Meridiana -creo que el último que funcionó en España- parte de cuyas instalaciones están catalogadas, lo que lo salvó hace seis o siete años de ser demolido y de constituir una nueva víctima de la rapacidad inmobiliaria que ya olfateaba sangre por aquel sector. El achuntamén (entonces socialista) compró el solar -que costó una pastísima- y… ya no supo qué hacer con él. Lógicamente, el barrio demanda equipamientos y, bueno, parece que sí, que se van a hacer unos cuantos y que aquello va a ser sede, además, de un equipamiento cultural y, bueno, seis años después, la cosa aún está en fase de diseño, pero lo que ocurre ahora es que no hay pasta. Un parking subterráneo que yo ya creía cosa decidida, resultó ayer que no, que no está decidido aún, y si se decide, será lo primero que habrá que hacer, de modo que así estamos. Seis años, insisto.

Pues este tema del canódromo constituyó prácticamente la mitad de la temática que se trató ayer y, a su socaire, volvió a darse un problema nada nuevo de cultura política. Resulta que uno de los representantes políticos -no recuerdo ni tengo mayor interés en recordar de qué partido- insistió en que el concejal había prometido un consejo de barrio extraordiario sobre el canódromo y reclamaba la celebración de este consejo de barrio. El concejal se ratificó en el compromiso de celebrarlo, pero alegó que tenía que acabar de perfilar todos los temas que habrían de tocarse en él (dentro del global del canódromo en cuestión) y que confiaba en que, estudiados estos temas, se celebraría el consejo poco antes o poco después de Semana Santa. Entonces se levantó el representante de la Asociación de Vecinos reclamando que previamente se consultara con la mesa del canódromo y alegando que él, como representante de la Asociación, representaba a su vez a los vecinos del barrio, cosa que fue enérgicamente contestada por el representante de una plataforma vecinal alternativa que hace ya algunos años que se constituyó. Y yo me quedé de pasta de boniato.

Señores: como ya dije una vez -véase enlace anterior- las asociaciones, plataformas y demás entidades no representan sino a sus socios -papeles canten: veamos los libros de afiliación- y a las voluntades vecinales cuya adhesión susciten a cada momento y tema, adhesión que no se supone por las buenas, sino que debe ser, en todo caso, demostrada. Y demostrada es demostrada, no simplemente alegada.

Señores: los únicos representantes de los vecinos que pueden ser indiscutiblemente tenidos como tales, son los que salen de las urnas en las elecciones municipales. Con independencia o no de que nos gusten los resultados de las elecciones municipales, pero es que la cosa funciona así y si no ha de funcionar así, o se establece una alternativa legal y ordenada (o sea, otro sistema político, hablando en plata) o se convierte esto en una casa de putas.

Señores: las mesas dichosas, están muy bien cuando constituyen espacios de trabajo que el entorno asambleario no permite fácilmente (incluso las asambleas del 15-M tuvieron que acabar formando comisiones de esto y de lo otro porque, si no, no había forma de llevar a cabo un trabajo eficiente… en su caso) pero cuando las mesas pretenden -como verdaderamente están pretendiendo- sustituir o incluso superponerse a la expresión directa del vecindario en el Consejo de Barrio, como en realidad está ocurriendo, cuando las mesas acaban constituyendo un pretexto para puentear al Consejo -como, de hecho, las ha utilizado alguna vez la administración municipal en este sentido- entonces las mesas dejan de ser, para el barrio y para los vecinos, un ámbito de eficiencia para pasar a ser otro podercillo interpuesto, más a la contra que por la banda, como decía el barbero del chiste. Un inconveniente más que una ventaja.

Y es que en un país tan democráticamente cutre, la sociedad civil no ha encontrado aún una ubicación idónea y o se pasa -como ayer pudimos ver claramente- creyéndose único vector democrático (como sí pudo serlo en tiempos del franquismo) o se queda corta, generalmente ninguneada por los políticos. No sorprende que esto sea así en un sistema que parte de una Constitución que fue diseñada sin contar con la ciudadanía y al concreto fin de ningunear a la ciudadanía; lo que nos ocurre ahora es que una casta política de ínfimo nivel y rebozada en una corrupción intensiva y extensiva tremendamente cronificada nos ha permitido ver lo que no quisimos ver en treinta años: que el rey está desnudo (por lo menos, en sentido metafórico). Y esa desubicación lleva a ideas erróneas o a actitudes arcaicas (¡mira que constituirse por las buenas en representante del entero vecindario!) por parte de algunos. No hubiera resultado políticamente elegante, pero el concejal hubiera pordido responder con toda razón y con toda propiedad: «Señor, el único representante de los vecinos que hay aquí soy yo».

La buena voluntad, en términos generales, no la niego, ojo. Soy miembro de la Asociación de Vecinos y conozco a la persona a la que me estoy refiriendo (que a mí sí me representa: estoy en el libro y lo estoy porque quiero) y es un tío que echa muchísimas horas de trabajo voluntario en diversos proyectos de la Asociación, además de participar en la gestión de la misma, la cual indudablemente trabaja en pro del barrio (en su propia visión o interpretación de los intereses del barrio) y ha obtenido resultados que en mi opinión y, supongo, en la de los demás socios (y en la de muchos otros que no están asociados, pero que no sé si constituyen o no mayoría vecinal) son muy positivos para el barrio. Pero de ahí a representarlo, va un trecho muy largo que no puede sortearse en un salto dialéctico.

Estamos muy lejos, tanto en términos individuales como colectivos, de tener en este país una cultura cívica y democrática de verdadero nivel europeo. Quizá por eso, a las primeras de cambio, nos sale el pelo de la dehesa. Y es un problema muy grave porque la cultura cívica y democrática no se aprende solamente en la escuela, con o sin educación para la ciudadanía sino que se aprende con la práctica, con la práctica diaria, con el ejercicio cotidiano de la vida en sociedad en el entorno vecinal, sindical, político, asistencial o cualquiera otro de similar índole. Pero todo ello, además, con una correcta incardinación de esa sociedad civil, constituida por esa vida en sociedad organizada, en el ámbito político general.

Y ese es otro desafío que tiene que plantearse esa soñada reforma constitucional que no acaba de llegar y que no sé si tendremos clara cuando llegue.

Ay.

Anuncios

Indians? (I)

De la sèrie: El Congrés i els Indians

Els qui seguiu aquest bloc -que del barri Congrés-Indians sou més aviat pocs- sabeu del meu escepticisme envers la indianitat de l’anomenat Antic Barri dels Indians. És un tema delicat, perquè això de tocar sensibilitats identitàries comporta un cert risc, però la veritat és que la història és com és i no es pot falsejar, ni inclús de bona fe, per moltes ganes que es tinguin de què hagi estat d’una altra manera.

Des fa uns mesos hi vaig al darrere del tema de la indianitat dels Indians i és feina dura, perquè demostrar una proposta negativa (el barri dels Indians no és indià) es molt difícil i sovint es planteja com allò que en Dret s’anomena prova diabòlica. És com quan la gent de Microsoft t’exigeix que provis l’afirmació de què el seu Windows és un forat a partir del qual la pròpia empresa o determinades agències governamentals poden accedir a les teves dades, però no permet l’accés al seu codi font, que seria la única manera de poder provar-ho.

Normalment, la prova negativa es demostra amb una prova positiva incompatible en l’espai-temps. Com provo que jo no hi era a tal lloc tal dia a tal hora? Doncs demostrant que era a un altre lloc prou llunyà aquell dia a aquella hora. Com que la ubicuitat no existeix, la prova és satisfactòria.

Així, doncs, vaig fer dos exercicis. El primer, cercar alguna prova de la indianitat del barri, i el segon, davant de la manca de resultats del primer (que ara explicaré), cercar proves d’altres procedències no indianes del barri. I aquest segon pas sí que ha donat alguns resultats. Anem a pams.

Les úniques referències bibliogràfiques de la indianitat del barri dels Indians, són, en realitat, una sola: Huertas Claveria, qui basa la indianitat en una certa memòria col·lectiva, sense oferir remissions documentals. Però una memòria col·lectiva que, en realitat, no és memòria, perquè no hi ha al barri gent viva que hagi viscut els finals del segle XIX i els primers anys del segle XX, ni es coneix l’existència de documents ni tan sols privats de l’època que puguin reflectir aquesta qüestió; tampoc (i això és important) existeix una memòria o tradició en el comú de la ciutat de Barcelona; ni tan sols a la memòria o l’imaginari de l’antic Sant Andreu de Palomar o de l’antiga Horta, malgrat l’estreta vinculació geogràfica que la situació del nostre barri n’ha tingut -i conserva encara- amb els que foren municipis independents i després districtes de la ciutat.

Existeix també un ínfim esment a la magra pàgina web municipal dedicada al barri a l’últim paràgraf de la qual es fa referència a uns emprenedors que van tornar de fer les Amèriques. Però no n’ofereix cap recolzament documental ni n’esmenta cap autoritat que avali aquesta afirmació i, per tant, no es pot tenir en gran consideració.

Tampoc a la web les dades tendeixen massa a la indianitat. La investigadora Cèlia Roca hi dedica al barri dels Indians dues entrades al seu bloc i, per bé que recull la teoria indiana com a simple esment, no s’hi afegeix massa. La Viquipèdia (en català) recull la indianitat però sembla que l’ha près (inclús amb les mateixes paraules) de la web de l’Ajuntament, al qual esmenta com a referència documental. N’hi ha algunes altres pàgines -no gaires- que parlen del barri dels Indians i de la seva indianitat, però gairebé cap posa la ma al foc i si alguna ho fa no aporta cap prova més enllà a vaguetats referides a la memòria col·lectiva. La Wikipedia (en castellà) només recull dades estadístiques i una petita al·lusió a les festes i no n’esmenta per res ni en cap sentit l’orígen del barri.

La recerca bibliogràfica tampoc ha conduït a cap obra que sostingui ni poc ni massa la indianitat del barri dels Indians, per més que sí ha aportat algunes referències ben fiables en sentit precisament contrari.

Altrament, els partidaris de la indianitat s’acullen a una casa, una única casa tinguda com a indiana, per exhibir-la com a prova. Em refereixo a la què avui es coneix com «La Torre Rosa», el primer nom de la qual va ser «Villa Jazmines», una casa a la què una palmera sembla que hi doni una certa reminiscència caribenca. Però la realitat és que aquesta casa fou construïda l’any 1920 (algunes fonts indiquen inclús l’any 1924), la qual cosa la posa prou fora d’època indiana, que va ser, evidentment els primers anys del segle XX. És més, l’arquitectura indiana és majoritàriament modernista (tot i que no sistemàticament) i la casa en qüestió -també totalment fora d’època modernista- no en guarda cap similitud estilística al respecte. La seva titularitat inicial resta ben documentada a l’Ajuntament i a la bibliografia, José Racionero Torres, que no era indià en absolut. A més, els anomenats «indians» eren rics gairebé sistemàticament (en altre cas, per més que procediren d’Amèrica no se’ls considerava com a tals) i «Villa Jazmines» no té la suntuositat arquitectònica d’una casa indiana, tot i que, amb ulls actuals, sigui una casa molt estimable.

L’origen de l’indià és, a més, poc barceloní, relativament. L’emigració catalana a Amèrica va començar el segle XVIII amb l’obertura dels mercats americans al comerç català, primer per Felip V i, sobretot, per Carles III. Inclús molts d’ells es van establir a diversos països americans -i no tan sols Cuba- no tant com a emigrants pobres sinó per establir factories i bases en les que projectar millor el comerç que van iniciar a Catalunya (fonamentalment tèxtil i d’aiguardents). Per això, la majoria d’indians que van tornar enriquits procedien d’indrets de la costa catalana: el Maresme, les proximitats de la costa gironina (aleshores menystenida i desèrtica, fins que el fenomen del turisme ve enlairar la marca «Costa Brava», existent des dels inicis del segle XX, però coneguda mundialment no abans de la dècada dels 60), i la costa sud barcelonina (a Sitges hi ha tota una ruta indiana, la coneguda com a Ruta dels Americans que és una excel·lent mostra d’arquitectura modernista i indiana… que té molt poc a veure amb la nostra «Villa Jazmines»).

D’aquí a pocs dies escriuré la segona part d’aquest article en la què veurem com sí que està ben documentat el que de ben segur és el veritable origen del nostre barri… un origen que d’indià en té ben poc. Més ben dit: res.

Sigui dit amb tot sentiment.

Jocs Florals al barri

De la sèrie: El Congrés i els Indians

La Coordinadora d’Entitats del barri i l’AFOCA convoquen uns Jocs Florals. Els Jocs Florals, com sabeu, son certàmens literaris d’origen medieval que van ser recuperats a l’època de la Renaixença i que han arribat als nostres dies.

Val no menystenir-los: de Jocs Florals en van sorgir poetes i escriptors com en Verdaguer, Guimerà o Josep Maria de Sagarra.

Heu de córrer: el termini per presentar originals s’acaba el dia 7, és a dir, aquest proper dissabte. Aquí teniu les bases per concursar.

Els premis són modestos, ningú no es farà ric amb ells, però la recompensa veritable és veure publicat el relat (els tres guanyadors) al butlletí de l’Associació de Veïns i, sobretot, contribuir a anar fent un patrimoni cultural propi del barri.

Així que, au, poetes i comptaires… Premeu la tecla i que guanyi… qui sigui. Perquè, guanyi qui guanyi, hi guanyarem tots.

Associació de Veïns

De la sèrie: El Congrés i els Indians

Ahir va tenir lloc l’assemblea general ordinària de l’Associació de Veïns del barri i, com sempre en aquests casos, les impressions es contrasten…

D’una banda una situació que es repeteix a tots els actes cívics d’aquest barri: la gent gran com a massa presencial -que tampoc, sento dir-ho, de participació pròpiament dita, a banda de dues o tres excepcions- i absència total de gent jove i de generacions en edat activa. Per dir-vos-ho d’una altra manera: si n’excloem els membres de la Junta directiva, jo, amb cinquanta-sis anys, era el segon o tercer soci més jove dels presents; inclús durant els primers minuts de l’acte, vaig ser rodonament el més jove.

I això, senyors, no pot ser. Jo no sé com s’ha de fer per acabar amb aquesta situació, si em demaneu idees, no les tinc, si més no, en concret. És cert que això respon en part a la sociologia del barri, que té una població molt envellida, però també ho és que la participació en actes cívics no reflexa proporcionalment els trams d’edat; és cert que la població, entre futbol, culebrons i reality shows més o menys prefabricats, està molt desmobilitzada i aquesta és la millor raó per emprendre una tasca de mobilització que ara mateix no existeix (una mica més avall en parlem); és cert que el jovent viu en un estat de depressió que sembla insalvable (i el pitjor de tot és la part de raó que tenen) però s’ha de sobreposar, s’ha d’aconseguir que se sobreposi.

En el cas concret de l’Associació de Veïns, s’hi afegeix el fet de què comunica molt malament (i això quan comunica). Pràcticament, no té presència al barri, més enllà de la “pomada” associativa. És un tema que em sap greu tocar, perquè fa un parell d’anys vaig presentar un projecte de comunicació que va ser rebutjat i ara es podria pensar que respiro per la ferida; no és així i si ho sembla ho sento, però no puc deixar de dir les coses tal com les veig: sigui el meu o sigui el de qualsevol altre, tant n’hi fa, és sumament urgent que l’AV dissenyi un pla de comunicació amb cara i ulls; que costa diners, sí, però inclús pressupostàriament hauria de ser una prioritat. Sobretot perquè la Junta està fent una bona feina i aquesta feina es malmet perquè la gent no la coneix. I com que la gent del barri no la coneix, la gent del barri passa de l’Associació de Veïns. I si la gent passa de l’Associació de Veïns, l’Associació de Veïns veu minvada la seva força.

Em fa l’efecte de què, amb les inevitables excepcions, aquesta problemàtica és general a tota la ciutat, no ens enganyem: el moviment veïnal ha estat, d’alguna manera, institucionalitzat municipalment i convenientment desactivat. Cap alcalde podria fer el que li donés la gana amb un veïnat conscienciat i mobilitzat, així que els polítics municipals ja saben el que els hi toca: els uns amb carícies, els altres a trompades -segons la línia política imperant- la qüestió és que aquesta gent dels barris s’estigui ben quieteta i ben calladeta.

Els veïns hem de prendre consciència de que la qualitat del barri influeix directa i immediatament en la nostra qualitat de vida personal i familiar, tant com la qualitat del nostre propi habitatge. Qualitat de vida és la netedad dels carrers; qualitat de vida són els equipaments, els equipaments que ens calen i no uns altres equipaments; qualitat de vida és assistència sanitària i social; qualitat de vida és medi ambient; qualitat de vida és seguretat; qualitat de vida és habitatge digne. Però la qualitat de vida no s’obté queixant-se al regidor de què els gossos s’hi caguen o de què els gamberros del soroll no ens deixen viure: per a això ja hi és el 010 i els diversos mecanismes centralitzats o descentralitzats de reclamació a l’Ajuntament; la qualitat de vida s’obté fent política. I fer política no és participar -si més no, necessàriament- en la dinàmica de partits (això a molts us fa fàstic i a mí també) sinó agrupar-nos en una o més plataformes que vectoritzin col•lectivament les nostres legítimes exigències cíviques. L’Associació de Veïns n’és una i, per a mi, és la bona; però si no us agrada, participeu en una altra o formeu-ne una de nova; ja ens hi entendrem. Estic d’acord amb l’Alberto García quan diu que el camí de l’entesa d’entitats és l’únic possible a la llarga. Però participeu, d’una manera o d’altra participeu, entre tots hem de fer la força que porti a què l’Ajuntament faci seva la nostra política.

Tornant a l’assemblea, el tango del local continua. Sabeu que la Junta va decidir -i l’assemblea va refrendar- cedir el local de la seva propietat a l’Ajuntament, atès que el manteniment de l’edifici i, el que és pitjor, les obres de reparació i modernització que és perentori fer, eren inassolibles per a l’entitat. Bé, es va negociar un conveni en el què l’Ajuntament assolia la titularitat de l’edifici però amb unes determinades condicions. Incidentalment: ahir encara hi havia qui se’n feia de noves, sobre les condicions i sobre l’actual situació de titularitat de l’edifici, jo no sé per a què s’expliquen les coses i per a què es distribueixen fotocòpies dels documents (que sí, que és un pal llegir-les, però no queda altre remei, vejam si ens acostumem a fer exercici mental, que aquest és idoni per a qualsevol edat). La qüestió, en tot cas, és que l’Ajuntament no compleix amb les condicions en qüestió.

En certa manera era previsible: el conveni es va subscriure a mitjan de l’any proppassat, quan era clar com l’aigua que a l’administració d’Hereu li restaven dos telenotícies; i ara, els convergents s’han d’empassar el marrón. Doncs mira, que es fotin (ep: també ho diria en sentit contrari, eh?). Perquè vejam si ens acostumem (Betlem, que ahir vas tenir un parell de patinades dialèctiques, al respecte…) a que no es pacta ni es tracta amb el PSC ni amb CiU: es pacta i es tracta amb l’Ajuntament de Barcelona i el qui hi estigui al poder en un moment determinat o en l’altre, se’ns en refot. L’Ajuntament (no CiU: l’Ajuntament) pot al•legar dificultats pressupostàries per fer-se el mal pagador (i només fins a cert punt) però no hem de tolerar que els interessos veïnals se subordinin als interessos del partit. Ja sé que és un plantejament il•lusori, però formalment és del tot correcte, i l’hem de sostenir. No ens parli de o per Convergència, senyor, no ens parli de o pel PSC o per cap altre partit, senyor: vostè és l’Ajuntament de Barcelona i l’Ajuntament de Barcelona ha de respondre dels compromisos de l’Ajuntament de Barcelona. Aquesta posició se’ls ha d’exigir molt fermament, perquè si no, perdem l’avantatge dialèctic, que és molt important: el conveni no es va subscriure amb els altres, es va subscriure amb vostès. I si no els agrada, s’hi posen fulles, però s’ha de complir.

En l’àmbit de l’esperança, els joves. Bones notícies, per aquesta banda: ha aparegut un grup de joves que vol endegar iniciatives al barri, sembla ser que, en un començament, de caire lúdic (però tot és començar i les coses ja aniran evolucionant al seu ritme) i sembla que volen fer-ho integrats en l’AV. És molt i molt de celebrar i, si la Junta aconsegueix aquesta integració, cosa que sembla ben possible, caldrà felicitar-los, perquè aquest sí que serà un bon pelotazo: per a l’AV, però, sobretot, per al barri. Hi tinc molta fe en el fet de què un grup de joves comenci a moure’s.

Altrament, la situació econòmica de l’entitat és ben sanejada i tendirà a millorar si l’Ajuntament es fa plenament càrrec del local i dels compromisos inherents.

I, sobretot, vaig veure a la Junta amb més moral. No sé si tindrà gaires motius, però els vaig veure una mica més engrescats que altres vegades. Tant de bo no m’equivoqui. Però és que aquesta també és una responsabilitat col•lectiva. La feina que fa la Junta de l’AV (com la majoria de les juntes formades per voluntaris no retribuïts que creuen en el que fan) és de molt bona qualitat i també important en quantitat. No transcendeix, no es filtra al comú del barri, i aquest és un dels seus errors, tal com he dit abans, però això no desmereix la tasca que estan fent que, a més, s’està desenvolupant en un ambient polític i econòmic molt i molt difícil, jo no sé si la massa social i la gent del barri se n’adona, però tripulen una barqueta al bell mig d’una tempesta d’aquelles de cavall i, bé, la barqueta hi és i va fent. Però em temo que els socis no ho sabem retribuir i això és perquè tenim -novament hi anem a morir aquí- una molt defectuosa -quan no inexistent- cultura política que ens fa associar (i molt poques vegades) quan en l’associació hi trobem un avantatge personal, en comptes de veure-hi un lloc des del qual podem prestar un servei a la col•lectivitat a la què pertanyem. No anem a servir sinó a servir-nos, i això ens fa pensar, si més no subconscientment, que tenim dret al producte de la tasca dels altres (es allò de què fan els sindicats? o bé què fa l’AMPA?, com si hi tinguessim dret a esperar una eficiència en pro de la qual nosaltres no hi fem res). Amb aquesta mentalitat, no ens n’adonem de què els voluntaris també necessiten una retribució, una retribució no econòmica, sinó en moneda de satisfacció personal, de sentir (literalment: d’experimentar la sensació) que la seva tasca és útil i que es reconeix com a tal. Aquesta retribució només se’ls hi pot pagar amb participació, que és la finalitat última de la seva tasca: canalitzar la participació de la gent.

Hem de fer l’esforç -perquè prèviament l’han fet ells- d’assistir-hi a les seves convocatòries, hem de fer l’esforç d’escoltar o de llegir el que ens diuen i parar-hi l’atenció que es mereix, hem de participar en les tasques que ens proposen, si més no en la mesura de les nostres possibilitats (que, sovint, si ens hi posem tots, tocarà a poc). Hem d’adquirir, en fi, aquesta cultura de l’esforç comú i hem d’alleujar el màxim possible la seva tasca. Ells també tenen el seu treball, la seva família, la seva vida pròpia, les seves afeccions… Senyors: hem de cuidar els qui presten servei perquè si deixem que es cremin, o ens tocarà a d’altres passar per la pedra o, simplement, l’invent se n’anirà a fer punyetes.

I veureu què content que es posarà l’Ajuntament, si això arriba a passar.

Consell de barri

De la sèrie: El Congrés i els Indians

Ahir va tenir lloc el segon Consell de Barri del Congrés i dels Indians de la nova administració barcelonina i, novament, vaig experimentar un profund desencís. Desencís per tot.

Desencís, perquè, com a democràcia de base, els consells de barri -o, si més no, el de Congrés-Indians- són una paròdia: tot el peix que es ven -que tampoc és massa- es ven a les taules d’entitats i els veïns ja ens trobem pràcticament davant faits accomplis. Compte: jo no dic que les entitats no hagin de ser valorades, que el teixit associatiu no hagi de tenir la seva importància; però la seva, sense arribar a un grau que no és real.

Quina representativitat tenen les associacions? Aquesta és una pregunta que sovint es formula en l’àmbit habitual d’aquest bloc quan es parla de l’Asociación de Internautas. Quants socis té, l’Asociación de Internautas? I sempre responem que la representativitat -o la carència de representativitat- no ve determinada pel nmbre de socis sino pel volum d’adhesió de les seves iniciatives i accions. En un àmbit estatal, tenir 2.000 socis o tenir-ne 20.000 no n’hi posa ni n’hi treu massa, en matèria de representativitat. L’AI és representativa -quan ho és- perquè atreu el consentiment i l’adhesió de centenars de milers d’internautes, associats o no.

Val preguntar, doncs, quina representació tenen les entitats del barri presents a les diverses taules. Pel nombre de socis, francament molt poca; i les que tenen un nombre de socis una mica substancial (en termes relatius), són entitats de caire molt específic en la que, en terminis de política municipal o política de barri, no es pot presumir un consens social. Posem un exemple fictici per no assenyalar ningú. Imaginem una associació sardanista amb un nombre important de socis que és present -seguint posant per cas- a la taula del Canòdrom. El senyor Pepet, president de l’entitat, s’hi adhereix a un determinat projecte per al Canòdrom, però ell no ha estat escollit com a president de l’associació per les seves idees sobre el conòdrom sinó perquè és un senyor que ho fa molt bé gestionat l’entitat i ha aconseguit que aquesta sigui important en el món sardanista. És, doncs, representatiu el senyor Pepet (i l’entitat que ell arrossega com a president) de l’opinió generalitzada de la massa social (si és que aquesta té una opinió generalitzada)? Jo diria que no.

Les úniques entitats (i dispenseu si me’n deixo alguna, que és possible) que sí expressen una opinió generalitzada o, si més no, majoritària, de la seva massa social, són l’Associació de Veïns i la Plataforma Congrés-Indians. Ara bé: quina és la seva massa social. Desconec la de la Plataforma, perquè no hi pertanyo. Sí que sé la de l’Associació de Veïns, però tot i que no crec que sigui una dada secreta, prefereixo esser discret, atès que la conec com a soci, no en virtut d’una informació pública o externa. Però crec que no traiciono cap confiança ni dic res que no sàpiga tothom, si comento que és un nombre molt baix, que és un nombre que no permet, per sí sol, afirmar que l’Associació de Veïns és representativa de l’opinió general del barri. I pel que fa a la representativitat real, és a dir, a aquella representativitat que no està escrita al llibre de socis però que es manifesta en una adhesió col·lectiva clarament perceptible, si més no de fet… bé, hauré de dir, utilitzant una expressió contemporitzadora, que no està massa acreditada. Val a dir el mateix, pel que fa a aquesta representativitat real, de la Plataforma.

Això no s’ha d’entendre com una crítica ni als dirigents ni als projectes respectius, sinó més aviat com la constatació d’un estat de catatònia cívica de la què pateix el barri en proporció molt més alta que el comú de la ciutat o de la societat en general (que ja no és cap alegria). Lògicament, aquesta apatia cívica s’ha de reflexar tant en el llibre de socis com en l’adhesió social vers unes iniciatives que, ja per començar, són generalitzadament ignorades, amb tot l’ampli significat del verb ignorar: desconeixement i poc o cap esforç per accedir al coneixement.

Cosa, ja que hi som, que empalma amb un altre problema: l’assistència als consells de barri (sempre s’ha d’entendre que generalitzo allò que només he pogut veure al Congrés-Indians) està gairebé monopolitzada per la tercera edat. Més disposició de temps lliure? Més interès pel barri? No: un altre fenòmen que després veurem. Abans vull parlar d’aquest tema generacional.

Deia ahir el regidor que s’havia de fer alguna cosa per atreure el jovent. No, el problema més immediat no és la manca de jovent; abans que aquest està l’absència sistemàtica de les edats actives o més actives, de la gent entre 35 i 60 anys, dels caps de família, que constitueix el sector ciutadà -àmpliament entès- potencialment més potent (disculpeu la redundància): més potent per formació, més potent per nombre, més potent per capacitat econòmica i més potent per trametre ideologia (entenent això de «trametre ideologia» com la capacitat d’influir sobre altres -el nucli familiar- respecte del què ha de ser l’ordre natural de les coses). Aquesta és la generació que amb més urgència s’ha d’incorporar a l’acció cívica o, com la que ens ocupa ara, cívico-política i és la generació totalment absent si exceptuem alguns activistes veinals o representants associatius. Atreure els joves el quelcom que s’ha de fer a continuació, no abans. És més: si s’atreu al sector actiu, crec que el sector jove hi vindrà sol; si els joves adquireixen la impressió de què al consell de barri la gent de la generació del pare hi està tallant el bacallà, hi aniran a correcuita i sospito que en massa.

A més, el sector actiu és el que gaudeix d’un nivell més alt d’educació política. En absència d’aquest, els consells de barri es converteixen en vulgars -i improcedents- llibres de reclamacions. Em sap greu dir-ho, però és la meva honrada percepció de les coses: la presència majoritària de gent de la tercera edat (gairebé íntegrament nascuda i crescuda durant el franquisme) obeeix a què no acaba d’entendre correctament les fòrmules de democràcia de base (fins a on es pot dir que els consells de barri són una fòrmula de democràcia de base més enllà del simplement enunciatiu) i no se n’adona de la veritable naturalesa d’un consell de barri. Vivim en temps en què queda lleig dir-ho però, senyors, al consell de barri s’hi va a fer política, s’hi va a parlar de política. Al consell de barri es tracten projectes (com -tot i que malament- es va tractar ahir el pla d’actuació municipal), es tracten models, no es el lloc adient per queixar-se de les rates, de merdes de gos o de colom o de què el fruiter invaeix massa espai de vorera amb les caixes de pomes. Per aquestes coses ja hi ha serveis municipals de queixa, reclamació i denúncia i utilitzar per això el consell de barri és un més aviat patètic intent de saltar-s’hi uns serveis municipals que tenen els seus ritmes per acabar reclamant en un òrgan que, no havent estat concebut per a això, implica una burocràcia encara més gran, més enganxosa. Els serveis municipals han de respondre en trenta dies i sovint ho fan molt abans; el regidor us contestarà formulàriament («hi hem donat trasllat al servei corresponent»)… d’aquí a sis mesos. «¡Qué largo me lo fiáis!», deia el Tenorio. I l’Ajuntament ben content.

Ben content perquè així fuig d’estudi. Els consells de barri podrien ser un punt de control de l’acció política del govern municipal molt interessant si s’afrontessin correctament, si els ciutadans de tots els nivells econòmics, socials i generacionals hi participéssim activament i amb esperit crític i, sobretot, perquè prenguéssim efectivament el control d’aquesta crítica, sense deixar-nos pontejar per un fotimer de taules.

Ahir, quan es va obrir el llibre de reclamacions, vaig marxar. Decebut i avorrit.

A %d blogueros les gusta esto: