Category Archives: Historias de mi ciudad

Cultura política y democrática

De la serie: Historias de mi ciudad

Ayer se celebró el Consell de Barri de mi barrio, con perdón por la redundancia. Vaya, fue más interesante que otros, quizá porque fue más sustantivo y se habló de política de barrio, que es de lo que se debe hablar en este tipo de actos; seguramente debemos agradecerle al frío intenso, inusual en Barcelona, la ausencia de un importante sector de tercera edad que toma los consejos de barrio como un libro de reclamaciones creyéndose que con ello puentea los cauces normales de atención ciudadana del Ayuntamiento que, en realidad, son mucho más rápidos y eficaces.

Y aunque esta vez se pudo salvar el festival semestral de la cagada de perro y de las cajas del frutero, se volvió a caer, y en proporción aún mayor de la que en su día ya comenté (CAT), en confusiones sobre la representatividad de las entidades.

Me explico un poco para que los lectores habituales ajenos a esta problemática, que lo son casi todos, se ubiquen y entiendan.

Los consejos de barrio son actos, ahora semestrales, en los que el Ayuntamiento barcelonés, en la cabeza de su concejal de distrito, dialoga directamente con los ciudadanos (que pueden asistir y hablar libremente) sobre los problemas que afectan a un barrio concreto. En Barcelona, los barrios constituyen una división administrativa subordinada a los distritos. Estos consejos no son órganos decisorios pero sí podríamos decir negociatorios, o sea que de sus debates pueden deducirse compromisos políticos por parte del Ayuntamiento. Otra cosa es que se cumplan o no, pero ese ya es otro tema.

En mi barrio concreto (El Congrés i els Indians) hay, además, una mesa de entidades y una mesa monotemática sobre el canódromo. La mesa de entidades es una mesa de dialogo y negciación entre las entidades cívicas del barrio, por un lado, y la administración municipal, por otro; la mesa del canódromo es lo mismo, pero específicamente dedicado a la problemática del que fue Canódromo Meridiana -creo que el último que funcionó en España- parte de cuyas instalaciones están catalogadas, lo que lo salvó hace seis o siete años de ser demolido y de constituir una nueva víctima de la rapacidad inmobiliaria que ya olfateaba sangre por aquel sector. El achuntamén (entonces socialista) compró el solar -que costó una pastísima- y… ya no supo qué hacer con él. Lógicamente, el barrio demanda equipamientos y, bueno, parece que sí, que se van a hacer unos cuantos y que aquello va a ser sede, además, de un equipamiento cultural y, bueno, seis años después, la cosa aún está en fase de diseño, pero lo que ocurre ahora es que no hay pasta. Un parking subterráneo que yo ya creía cosa decidida, resultó ayer que no, que no está decidido aún, y si se decide, será lo primero que habrá que hacer, de modo que así estamos. Seis años, insisto.

Pues este tema del canódromo constituyó prácticamente la mitad de la temática que se trató ayer y, a su socaire, volvió a darse un problema nada nuevo de cultura política. Resulta que uno de los representantes políticos -no recuerdo ni tengo mayor interés en recordar de qué partido- insistió en que el concejal había prometido un consejo de barrio extraordiario sobre el canódromo y reclamaba la celebración de este consejo de barrio. El concejal se ratificó en el compromiso de celebrarlo, pero alegó que tenía que acabar de perfilar todos los temas que habrían de tocarse en él (dentro del global del canódromo en cuestión) y que confiaba en que, estudiados estos temas, se celebraría el consejo poco antes o poco después de Semana Santa. Entonces se levantó el representante de la Asociación de Vecinos reclamando que previamente se consultara con la mesa del canódromo y alegando que él, como representante de la Asociación, representaba a su vez a los vecinos del barrio, cosa que fue enérgicamente contestada por el representante de una plataforma vecinal alternativa que hace ya algunos años que se constituyó. Y yo me quedé de pasta de boniato.

Señores: como ya dije una vez -véase enlace anterior- las asociaciones, plataformas y demás entidades no representan sino a sus socios -papeles canten: veamos los libros de afiliación- y a las voluntades vecinales cuya adhesión susciten a cada momento y tema, adhesión que no se supone por las buenas, sino que debe ser, en todo caso, demostrada. Y demostrada es demostrada, no simplemente alegada.

Señores: los únicos representantes de los vecinos que pueden ser indiscutiblemente tenidos como tales, son los que salen de las urnas en las elecciones municipales. Con independencia o no de que nos gusten los resultados de las elecciones municipales, pero es que la cosa funciona así y si no ha de funcionar así, o se establece una alternativa legal y ordenada (o sea, otro sistema político, hablando en plata) o se convierte esto en una casa de putas.

Señores: las mesas dichosas, están muy bien cuando constituyen espacios de trabajo que el entorno asambleario no permite fácilmente (incluso las asambleas del 15-M tuvieron que acabar formando comisiones de esto y de lo otro porque, si no, no había forma de llevar a cabo un trabajo eficiente… en su caso) pero cuando las mesas pretenden -como verdaderamente están pretendiendo- sustituir o incluso superponerse a la expresión directa del vecindario en el Consejo de Barrio, como en realidad está ocurriendo, cuando las mesas acaban constituyendo un pretexto para puentear al Consejo -como, de hecho, las ha utilizado alguna vez la administración municipal en este sentido- entonces las mesas dejan de ser, para el barrio y para los vecinos, un ámbito de eficiencia para pasar a ser otro podercillo interpuesto, más a la contra que por la banda, como decía el barbero del chiste. Un inconveniente más que una ventaja.

Y es que en un país tan democráticamente cutre, la sociedad civil no ha encontrado aún una ubicación idónea y o se pasa -como ayer pudimos ver claramente- creyéndose único vector democrático (como sí pudo serlo en tiempos del franquismo) o se queda corta, generalmente ninguneada por los políticos. No sorprende que esto sea así en un sistema que parte de una Constitución que fue diseñada sin contar con la ciudadanía y al concreto fin de ningunear a la ciudadanía; lo que nos ocurre ahora es que una casta política de ínfimo nivel y rebozada en una corrupción intensiva y extensiva tremendamente cronificada nos ha permitido ver lo que no quisimos ver en treinta años: que el rey está desnudo (por lo menos, en sentido metafórico). Y esa desubicación lleva a ideas erróneas o a actitudes arcaicas (¡mira que constituirse por las buenas en representante del entero vecindario!) por parte de algunos. No hubiera resultado políticamente elegante, pero el concejal hubiera pordido responder con toda razón y con toda propiedad: «Señor, el único representante de los vecinos que hay aquí soy yo».

La buena voluntad, en términos generales, no la niego, ojo. Soy miembro de la Asociación de Vecinos y conozco a la persona a la que me estoy refiriendo (que a mí sí me representa: estoy en el libro y lo estoy porque quiero) y es un tío que echa muchísimas horas de trabajo voluntario en diversos proyectos de la Asociación, además de participar en la gestión de la misma, la cual indudablemente trabaja en pro del barrio (en su propia visión o interpretación de los intereses del barrio) y ha obtenido resultados que en mi opinión y, supongo, en la de los demás socios (y en la de muchos otros que no están asociados, pero que no sé si constituyen o no mayoría vecinal) son muy positivos para el barrio. Pero de ahí a representarlo, va un trecho muy largo que no puede sortearse en un salto dialéctico.

Estamos muy lejos, tanto en términos individuales como colectivos, de tener en este país una cultura cívica y democrática de verdadero nivel europeo. Quizá por eso, a las primeras de cambio, nos sale el pelo de la dehesa. Y es un problema muy grave porque la cultura cívica y democrática no se aprende solamente en la escuela, con o sin educación para la ciudadanía sino que se aprende con la práctica, con la práctica diaria, con el ejercicio cotidiano de la vida en sociedad en el entorno vecinal, sindical, político, asistencial o cualquiera otro de similar índole. Pero todo ello, además, con una correcta incardinación de esa sociedad civil, constituida por esa vida en sociedad organizada, en el ámbito político general.

Y ese es otro desafío que tiene que plantearse esa soñada reforma constitucional que no acaba de llegar y que no sé si tendremos clara cuando llegue.

Ay.

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Colarse por la causa

De la serie: Historias de mi ciudad

Voy a coger el metro y, probamente, me dispongo a meter por la ranura de la canceladora la tarjeta multiviaje, ese artilugio antediluviano de cartón con banda magnética que falla más que las pistolas del malo. Hasta en Zaragoza -ciudad que, injustamente, miramos por encima del hombro cuando, como esta que voy a decir, tiene muchas cosas que enseñarnos- tienen unas tarjetas de plástico que se recargan en cualquier sitio y que no se deterioran (fácilmente, al menos). A lo que íbamos. Pago proba y cívicamente mi pasaje cuando en estas, una exhalación, que a duras penas consigo identificar genéricamente como un individuo joven abundantemente melenudo, salta limpiamente el torno y penetra en el recinto por el puto morro, como suele decirse. Juventud, divino tesoro. Incluso así. Cuando yo tenía su edad, de cuatro intentos de salto como el de él, en tres me hubiera dejado los huevos pegados a las barras del aparato fútilmente limitador.

Y, bueno, a mí se me queda cara de gilipollas. Y eso no es lo peor. Lo peor es que, si se pregunta al pollo en cuestión, asegurará que, efectivamente, tengo cara de gilipollas y, no contento con ello, aseverará que, más allá de las apariencias, soy, efectivamente, gilipollas. ¿Todavía peor? Pues me estoy preguntando si el piernas no tendrá, después de todo, razón.

El transporte público nos cuesta una pasta a los ciudadanos. En Barcelona, los usuarios pagamos, aproximadamente, la mitad del coste del servicio; el resto lo pagamos todos los ciudadanos, usuarios o no. Y, sí, tenemos muy serias dudas de que la planificación y la gestión de todo el sistema de transporte público sea correcto, adecuado. Y, sí, tenemos serias sospechas de que con el transporte público barcelonés se nos hacen las cuentas del Gran Capitán para meternos un puro tarifario absolutamente brutal.

Pero, claro, el salto de valla no son formas. Me explico.

Los nenitos estos saltavallas, van de ácratas por la existencia. Dicen que el Ayuntamiento nos roba y ellos roban, pues, al ladrón. Bonito argumento y, sobre todo, cómodo, demasiado cómodo como para estimar la sinceridad, digamos política de esta acracia.

Yo, aún no comulgando con él, guardo un cierto respeto y una cierta consideración hacia el anarcosindicalismo. Es una cosa con la que uno puede estar de acuerdo o no, pero son gente coherente, dura y, sobre todo, limpia. No conozco un anarcosindicalista que sea -ejerciendo sus funciones sindicalistas, cuando menos, que es el entorno en que yo los he tratado- un sinvergüenza. Los habrá, sin duda, pero en mi personal historia sindical he conocido a unos cuantos y todos, del primero al último, son íntegros a prueba de cualquier fuego. Dudo mucho de que ninguno de ellos practique -ni le apetezca practicar, ni siquiera apruebe la práctica- el salto de torno. Dirán que el alcalde es un esto y un lo otro (y tendrán razón, además), dirán cosas muchísimo peores aún del equipo directivo de TMB (y tendrán aún más razón que con el alcalde, menuda tropa, esos…), pero meterán la tarjetita en la canceladora cada vez que accedan al metro o al bus.

¿Por qué? Pues porque ellos saben distinguir perfectamente la acción individual -sospechosa por acomodaticia, sobre todo cuando resulta impune- de la acción colectiva, inspirada por la solidaridad y el sacrificio. Y así, ellos -y yo- hacen muy bien la diferencia entre la acción ciudadana general de entrar en el metro o en el bus sin pagar, como acto de protesta contra lo que haya que protestar -que es mucho- y la acción individual que, por más que se vista de A inscrita en una circunferencia, no es más -digámoslo ya claramente- que puro incivismo, pura gamberrada y pura falta de vergüenza. Es la diferencia, respectivamente, entre un anarquismo (o anarcosindicalismo) discutible, pero sano, y una acracia que no es sino el pretexto de los zánganos, de los gorrones, de los que lo quieren todo, pero que nunca están dispuestos a dar nada. Hijos de papá, en definitiva. Y me van a perdonar los padres de muchos de estos capullos, que a lo mejor… no, a lo mejor, no… con toda seguridad, son trabajadores que han pasado toda su vida doblando el lomo para, en una postrera injusticia de la vida, haber levantado a un hijo imbécil.

Cuando uno lleva a cabo una acción reivindicativa de modo individual sin acuerdo con los demás ciudadanos y en perjuicio de los dineros de todos, del patrimonio común, aún cuando esa acción responda a una reivindicación aceptable, no se está haciendo política ni activismo, simplemente se está tomando la justicia por propia mano.

Pero estos que van de ácratas aún tienen una atenuante: les queda, al menos, el ínfimo y microscópico prurito de justificar su acción, de ahí esa acomodaticia (A). Porque luego están los que no necesitan justificarse ni ante sí mismos ni ante nadie, simplemente practican el salto de torno porque yo lo valgo. Huelga decir que, como otros ejemplares que yo me sé, son groseros y generalmente agresivos y violentos, pero no me extiendo porque algunos dirán que son excepciones también.

En ralidad, unos y otros, no son sino unos insolidarios que nos están tomando el pelo a billetes llenos.

Hace unos meses, surgió por aquí la iniciativa de crear un app para móviles que permitiera chivarse de este tipo de comportamientos en el ámbito de los ferrocarriles de la Generalitat de Catalunya, iniciativa que fue puesta a parir. Es verdad que esto de chivarse parece feo pero, en realidad, no veo por qué tengo que ser solidario y tolerante con quien no lo es conmigo. Yo hubiera utilizado sin vacilar esa aplicación (que, obviamente, hubiera instalado de inmediato en mi móvil) y mi única reserva estaba en el asunto de señalar con el dedo a los indigentes, que eso ya es otra cosa. Pero, bueno, con no denunciar a indigentes y sí a gamberros y a insolidarios, cuestión solucionada. En fin, lo de la app no prosperó pero, si lo habilitaran, yo no vacilaría en utilizar un número de teléfono (gratuito, obviamente) para denunciar estas conductas. Y los demás, no lo sé, pero a mí no me importa dar mi nombre, apellidos y número de DNI.

Aunque la mona se vista de seda, mona se queda. Las revoluciones -supuesto amable de que sea eso lo que se pretende, que no me lo creo– no se hacen accediendo al metro o al bus sin pagar. Las revoluciones, como todo aquello que, de algún modo, produce valor, suelen ser algo que cuesta muchísimo esfuerzo y muchísimo sacrificio. No creo en revoluciones cómodas.

Lo que nos lleva a que desde la propia base ciudadana hay también corrupción. Porque este fenómeno del timo al transporte público no es otra cosa, igual que lo es el trabajo sumergido, el pago en negro y otros deliciosos fenómenos de la economía y la sociedad española.

No son los políticos los únicos guarros. Lo nuestro es cultural.

Luminarias estúpidas

De la serie: Rugidos

Barcelona inauguró anoche la iluminación de Navidad, que arderá diariamente hasta el 6 de enero, es decir, 46 días, si no cuento mal. Y, a fecha de hoy, falta un mes y un día para que empiece la Navidad propiamente dicha. No me extraña, pues, que una parte del personal, más numerosa a cada año que pasa, llegue a Navidad hasta los cojones de navidades.

Se debe, sin duda, a la presión mercachifle. Lo cual me sugiere una pregunta: ¿quién es más imbécil, el que cree que encendiendo lucecitas venderá más o el que compra más solamente porque le encienden lucecitas?

En todo caso, con casi seis millones de parados y unos cuatro millones de funcionarios, empleados públicos y otros asimilados sin paga extra de Navidad, veremos qué venden este año, aparte de calcetines.

Macarrones

De la serie: Esto es lo que hay

Los barceloneses estamos cagados de miedo con el asunto del putiferio de Eurovegas. Todos, menos cuatro interesados -hablaremos de ellos- y cuatro panolis que se creen el cuento de la lechera que se está fabricando. Algo, sin embargo está cambiando en todo este asunto: si antes CiU lo enfocaba con prepotente chulería (no nos podemos permitir el lujo de prescindir de Eurovegas), ahora, evidentemente sorprendidos por la potente reacción cívica contraria, han bajado el tono (bueno, en realidad, no va a ser algo tan extenso, sino más bien focalizado, geográficamente muy puntual). Pero siguen detrás de ello.

Con muchísima menos frecuencia de la que me gustaría, voy de cuando en cuando a hacer un poco de spotting al aeropuerto de Barcelona. Yo no sé si habrá en España, y en el mundo, muchos aeropuertos con un entorno natural, agrario y urbano tan asequibles, tan agradables y tan bien ligados, como una buena mayonesa. Toda la parte este, oeste y sur (orientaciones aproximadas, sólo en términos convencionales) que rodea el aeropuerto constituye, entre espacios naturales, playas y zonas de recreo, bien amalgamados con grandes extensiones de huerta, una gran zona de esparcimiento ciudadano. Incluso el cementerio del Prat y el tanatorio anexo, pegados prácticamente al margen norte de la cabecera de la 25R son casi imperceptibles para quienes no sepan que están allí. Se comprenderá, pues, que el simple hecho de ir por aquellos lugares, aún antes de haber dado rienda suelta al disparador de la cámara, es un verdadero placer: un entorno agradable, familias paseando con sus pequeños en un ámbito entre natural y urbano absolutamente seguro, ciclistas deambulando pacíficamente por pistas adecuadas, sin molestar y sin ser molestados, gente haciendo jogging, todo ello en espacios muy abiertos (agorafóbicos, abstenerse), verdes, y de una gran belleza. No hay otra molestia (para aquel a quien moleste) que el ruido de los aviones, aunque, en zona de aterrizaje, no es tan ensordecedor. Hay uno o dos merenderos en los que es frecuente ver a parejas o familias haciendo picnic (o lo que sea, ejem) y amplias zonas de estacionamiento gratuito de vehículos, y, en fin, salvo por el ruido, es un remanso de tranquilidad y de buen rollo. La zona es, además, segura en lo que a delincuentes se refiere, gracias a las frecuentes patrullas de la Guardia Civil y de la Policía Municipal del Prat, que vigilan el entorno aeroportuario (aunque dicen que por la noche puede haber sus más y sus menos, pero, en todo caso, nadie utiliza ese entorno como área recreativa en horas nocturnas). Por el lado sur están las extensas playas del Prat que empalman con las de Gavà y Castelldefels y por el oeste hay un entorno de estanques que hacen las delicias de los naturalistas. Sólo el lado norte tiene un tramo urbano: la terminal antigua (T-2), sus accesos y la autovía (la T-1 está integrada en el núcleo mismo del aeropuerto), pero salvados estos obstáculos hormigoneros, se entra en el mogollón de lo que se llama Parc Agrari del Baix Llobregat, es decir, los extensísimos campos de cultivo hortofrutícola que proveen a la ciudad, en buena medida, de productos de excelente calidad, muy apreciados y fácilmente asequibles en los entornos de todos los mercados de Barcelona (solemos denominarlos «las paradas de los payeses» y, efectivamente, suelen serlo, procedentes del Baix Llobregat -fundamentalmente del Prat- y del Maresme).

Pues bien: es ahí, justamente en ese sector agrícola feraz y espléndido, donde CiU quiere colocarnos el imperio macarra. Y es más que evidente (absolutamente innegable, salvo para quienes se obstinan interesadamente en negar lo que es más que evidente), que no sólo la parte norte directamente afectada, sino todo el entorno aeroportuario se verá afectado por el macrogarito, con sus secuelas matemáticamente impepinable: putas, camellos, navajeros, yonquis y toda la fauna que habitualmente subsigue a la concentración de tragaperras. Adios al spotting, adiós al ciclismo, adiós al jogging, adiós al picnic, adiós al paseo tranquilo y relajado, adiós al naturalismo (los spotters aeronáuticos compartimos en perfecta armonía estos espacios con los spotters de fauna). Adiós, y eso es importante, a un productivo sector de la agricultura periurbana catalana. Y los vecinos de Gavamar, los de la bronca por el ruido de los aviones al despegar, añorarán pronto las épocas en las que su único problema era el ruido de los aviones al despegar; como los ecologistas añorarán la época en que todo el problema de la zona era la tercera pista del aeropuerto.

Lo malo es que, si dejamos que esa barbaridad se lleve a cabo, no habrá vuelta atrás: la transformación de la zona y su subsiguiente degradación serán inmediatas e irreversibles. El aeropuerto pasará de estar ubicado en un entorno natural magnífico a hallarse enclavado en un barrio marginal, lumpen y completamente degradado.

Naturalmente, CiU ha afinado al máximo su coral de cantos de sirena: los puestos de trabajo -directos e indirectos- la recaudación fiscal del invento, el atractivo turístico y todo el resto de la cagarela. No dice la parte negra del asunto: que los puestos de trabajo serán una mierda precaria y poco o nada especializados, que el mafioso en jefe va a invertir realmente muy poco porque todo va a montárselo con créditos de esos que acabamos pagando nosotros vía rescate y que, además, serán seguramente blandos (es decir, con subvención por vía de presupuesto público), que el turismo que atraiga (que está por ver) no será de calidad sino de la más rastrera alpargata, que va a pagar muchísimos menos impuestos de lo que hasta ahora lo hacía el juego y un etcétera inacabable que pasa por toda la nueva fauna que he descrito para el entorno aeroportuario… y eso si se queda ahí, que lo dudo. Es la persistencia en un modelo odioso que no nos lleva a ninguna parte: ningún país desarrollado desdeña la aportación al PIB que procede del turismo, pero es, en todos los casos, una industria tan apreciada como secundaria. Francia o Italia, obtienen muchísimo dinero del turismo; sin embargo, su desplome ene sos países, si bien causaría problemas económicos graves, no supondría ni mucho menos su ruina. ¿Puede decirse esto de España? Ni hablar: todos sudamos frío pensando en lo que nos pasaría si el turismo se nos desplomara, y más después del desplome del ladrillo. Todos queremos huir de ese modelo. Y, sin embargo, CiU aquí, y la lideresa del PP allá en Madrid, nos lo quieren imponer a la trágala.

Lo de Eurovegas es una verdadera vergüenza, se está negociando sobre la base de una auténtica bajada de pantalones y Mas y Aguirre están compitiendo para mostrarle al gángster quién se los baja más rápido y quién tiene el culo más apetecible (y huelga decir que el culo, claro, es el nuestro, el de los ciudadanos). La pretensión de ese sujeto infame de que se modifique a su gusto y ganas un montón de leyes que van desde la anti-tabaco hasta las que determinan el régimen laboral y fiscal, pasando por una buena parte de la normativa urbanística, tanto de la general como de la concreta para las zonas candidatas, es absolutamente insultante, nos está tratando como a los países africanos de subdesarrollo más abyecto y esos dos mean colonia por hacerse gratos a ese pájaro. Es lo de Bienvenido míster Marshall pero en cutre, en más cutre aún. Es para imaginarse al inolvidable Pepe Isbert, sustituyendo el sombrero cordobés por una barretina, pero sin tocar ni un milímetro el gracioso (y sarcástico) guión de la película de Berlanga.

¿Quienes -además de Mas- mean colonia con el invento? En primer lugar, los hoteleros, claro, que son el verdadero poder fáctico de la Ciudad Condal: sus deseos son órdenes para el poder autonómico y municipal: quieren Eurovegas (y habrá Eurovegas), quieren comercio los festivos (y habrá comercio los festivos)… En este mismo blog he ilustrado en innumerables ocasiones cómo al toque de pito de la hostelería local, el alcalde comparece raudo y en posición de firmes, presto a satisfacer sus exigencias. Incluso el urbanismo barcelonés se ha hecho, durante años, a su medida. Y que hacen lo que les da la gana es tan claro y diáfano como ir a observar la marranada que el Bofill nos ha plantado en un extremo del puerto.

En segundo y más marginal lugar están algunos payeses que creen que se van a enriquecer vendiéndole sus terrenitos al tahúr como si éste tuviera la menor intención de pasar por aquí sembrando billetes de 500. Ni hablar: habrá un expediente de expropiación y habrá un justiprecio que no hará rico a nadie, ni aún después de las decenas de contenciosos administrativos que el asunto pondrá en marcha. Patrimonios familiares centenarios, se irán al garete por cuatro euros y medio.

En tercer lugar, los panolis que se creen los cantos de sirena de CiU y los cuentos de puestos de trabajo ubérrimos y generosos. Sí, la timba esta va a terminar con el paro en Catalunya, sí, espera y no corras…

En cuarto, último y no menos seguro lugar, todos los mafiosos de segunda y tercera división (el de primera ya sabemos quién es) que se están frotando la manos a la expectativa de un negociazo de aquí te espero: putas, droga, blanqueo de montones de dinero (en pequeñas porciones: las grandes, también sabemos quién las va a blanquear, aparte del propio invento en sí mismo ¿eh, señores banqueros?), sicarios, tráfico de armas… Un paraíso, vaya. Menuda alegría para el PIB.

Aunque la opinión en contra de ese tugurio (ese puticlub, como tan acertadamente ilustraba este fin de semana nada menos que Felipe González) se va extendiendo y está intelectualmente sostenida por plumas importantes, hay que seguir extendiendo y presionando, hay que radicalizar la resistencia ciudadana contra esa barbaridad. No sólo en Barcelona: en Barcelona, en Madrid y en cualquier parte de España en que se quiera cometer tamaña animalada.

Si Eurovegas se instala en España, en cualquier punto de España, la derrota cívica será tan grande y humillante que debería alcanzar proporciones históricas. No sé si la Historia podrá resaltarla en medio de tanto fracaso, de tanta estafa, de tanto engaño y de tanta tomadura de pelo, pero lo de Eurovegas merecería ocupar el mismo anaquel en el recuerdo colectivo que el asunto aquel del estraperlo.

Que también empezó con una ruleta.

Sant Jordi

De la serie: Historias de mi ciudad

Hoy es el día más hermoso del año en Cataluña y, especialmente, en Barcelona. Sin rival posible, a mi personal y no necesariamente transferible modo de ver. Hay fiestas estupendas, certámenes y celebraciones típicas maravillosos, pero ninguno como este día. Las ciudades, mi ciudad, se llenan de flores, de rosas.

Es una fiesta sobre todo cálida y elegante, precisamente por su sencillez. Para empezar, no es fiesta, en términos laborales y eso, en vez de restarle lucimiento, se lo aumenta. Si fuera una fiesta-fiesta, hoy sería un día parte de un fin de semana largo y, con los años, iría perdiendo su sabor. La imagen que podrá verse, sobre todo a medida que vayan culminando los distintos horarios laborales, es la de hombres llevando rosas; muchísimos hombres: una imagen inaudita en esta país tan raro en el que los floristeros saben que los hombres no llevamos ramos de flores sino que los enviamos. Nos da corte -así somos de gilipollas- ir por la calle con flores en la mano. Todos los días del año… excepto hoy, en que nadie concebiría enviar una rosa.

Fiesta sencilla y elegante realzada, adicionalmente, con la del libro, que compartimos con el resto de España y que es ya inseparable: el matrimonio de la belleza material con la belleza espiritual simbolizados por la rosa y el libro va a ser muy difícil de divorciar (de hecho, no sé de nadie que lo pretenda).

Así, pues, reciban mis lectoras esta rosa virtual y, para todos, este libro que es una pequeña joyita del siglo XIV llena de sabiduría, que alegró muchas horas de mi bachillerato elemental.

Bona diada de Sant Jordi

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