Category Archives: Los jueves, paella

Escenificaciones

De la serie: Esto es lo que hay
(al muy parecido modo de aquellas viejas «paellas»)

No se os puede dejar solos. Me voy una semana, una corta y escasa semana de vacaciones, y me ponéis el mundo al revés. Bueno, pues, como me gusta a mí, vamos a ir por partes…

Gaddafi

Que Gaddafi estaba liquidado en tanto que cabeza visible de un régimen, era algo sabido. Lo que no se sabía era cómo iba a terminar, materialmente, el propio Gaddafi. Había cuatro posibilidades: una, que lograra huir a uno de los no demasiados países africanos dispuestos a acogerle; dos, que fuera capturado y puesto a disposición del Tribunal Penal de La Haya; tres, que fuera muerto en combate o que él se suicidara antes de caer vivo en manos de sus enemigos; y cuatro -y, como se sabe, la que se ha materializado- que fuera capturado vivo y liquidado sin más.

Decir a toro pasado que entre la segunda y la cuarta -las otras dos eran puro imponderable- la cuarta estaba cantada, parece propio de listillos, pero, si lo miramos bien, no podía ser de otra manera. Entre el ya fallecido coronel y los líderes occidentales -unos cuantos de los nuestros incluidos- ha habido relaciones muy raras y, sobre todo, muy turbias: recordemos, sin ir muy lejos, que hace como quien dice cuatro días, Gaddafi era un terrorista peligrosísimo y casi nada después era recibido con todos los honores en los más suntuosos salones de las realezas y de las repúblicas europeas. Evidentemente no iba a permitirse que en medio de un proceso lleno de luz y taquígrafos, nuestro difunto héroe largara a pública exposición las abundantes y siniestras zurrapas de los más encumbrados calzoncillos (y alguna que otra braga) del mundo occidental, de modo que, aunque quede feo decirlo cuatro o cinco días después, que a Gaddafi le daban matarile por las buenas tan pronto le echaran la mano encima si aún coleaba, es algo que sabía hasta el potito.

Otra cosa ha sido la escenificación, macabra a más no poder, incluyendo linchamiento en directo (o casi) y exposición frigorífica con fotografías para la posteridad y todo el resto de la cutrada. Cutrada que, personalmente, me jode sobre todo por el hecho de que el hatajo de cerdos que la ha practicado y que sigue desfilando aún a estas horas para hacerse la foto con el fiambre, son unos putos matados, unos capones que han sido incapaces de labrarse su propia libertad, libertad que les ha sido regalada por los cazabombarderos de la OTAN, que si no, de qué. Una peña de arrastrados, unos desharrapados que daba grima hasta verlos empuñar el fusil, incapaces de quitarse de encima por sí solos ni siquiera a una lagartija, yendo por el mundo de héroes invictos como si hubieran hecho algo importante.

Y, obviamente, lo primero que han hecho es implantar la sharia. Los líderes occidentales, además de ser unos corruptos de tomo y lomo, son más cortos que el rabo de un conejo; ahí los tienes, apoyando con cazabombarderos una revolución integrista islámica justo en el frenillo de Europa (sólo tiene excusa nuestro CNI, que en esos días estaba entretenido negociando con MIcro$oft).

Con razón decían los soviéticos -aunque en flagrante visión de paja en ojo ajeno- que el día que hubiera que ahorcar al occidente capitalista, les vendería la cuerda un millonario norteamericano.

ETA

Ahí sí que puedo hablar a toro pasado porque ya lo había hecho -y prolijamente- mucho antes, como saben mis más bravos y antiguos asiduos. De todas maneras no es que yo goce de una inteligencia privilegiada, es que había que estar ciego (y el fanatismo suele cegar) o ser tonto para no verlo. El caso es que ETA se ha rendido. Obviamente ha tenido que escenificar su rendición montando el número ese de los pájaros especialistas en paces que vinieron aquí -suculentamente pagados- a no hacer nada, a decir cuatro tonterías innecesarias y, probablemente, a ponerse ciegos de montaditos y pochas de Tolosa. Pero puede decirse -solamente en lo que respecta a la comedia en cuestión- que bien está lo que bien acaba.

Ahora queda aquello de que ETA no se ha disuelto y no ha entregado las armas. Bueno, esto puede ser parte de la escenificación, pero, por más que haya querido dársele valor, significa bien poco: que se disuelva o no una organización que, además de bastante desorganizada, está en cuadro, es una cuestión puramente académica (salvo por una cosa a la que iré a continuación); y lo de la entrega de las armas, casi lo mismo: aunque entregara sus arsenales, poco le costaría reponerlos en caso de reincidencia, lo cual, por cierto, cabe decir también de la tan exigida disolución.

El tema de la disolución es complicado, por una sola razón: si ETA se disuelve, deja de haber interlocutores; su propio entorno no lo toleraría y, seguramente, se generarían réplicas, como en los terremotos. Cabe no olvidar que hay setecientos u ochocientos presos con los que algo hay que hacer; y setecientos u ochocientos presos es muchísimo para un territorio de poco más de dos millones de habitantes, la mitad de los cuales está próximo al nacionalismo. Es decir, que la mitad de la población tiene, con toda probabilidad y como mínimo- un pariente más o menos cercano en prisión. Claro, también hay que decir que la otra mitad llora un número similar de muertos, pero éstos no tienen ya remedio, desgraciadamente.

La papeleta es muy, muy complicada, lo he dicho muchas veces. Una cosa -importante, sustancial- es que ETA deje las armas (con una escenificación u otra) y otra cosa, muy distinta, es el proceso de reconciliación de esas dos mitades de la sociedad vasca. Y tengamos clara una cosa: esa reconciliación es absolutamente imposible con gente en prisión. Y pensemos que hay gente con penas larguísimas por delante, veinte, treinta años… ¿Puede el País Vasco mantener esa zanja durante veinte o treinta años sin resquebrajarse nuevamente en otro horror? Yo creo que no.

Comprendo perfectamente los deseos de justa vindicación por parte de las víctimas y de sus familiares. ¿Cómo no lo voy a comprender? Se me revuelven mis propias tripas cuando pienso que estoy hablando tan tranquila y distanciadamente de que las malas bestias que asesinaron a aquel concejal de Sevilla y a su esposa (buenos días, niños… ¿os acordáis de papá y mamá? Bueno, pues ya no tenéis ni papá ni mamá) podrían ver reducidas sus condenas quizá sustancialmente. Me diréis -y con razón- que vaya a decírselo a aquellos niños, que seguramente tendrán hoy edad suficiente como para reventarme los huevos a puntapiés y, probablemente, muchas ganas de hacerlo si llegan a leer esto.

Pero la pregunta, un tanto exclamativa, es inevitable: ¿alguien cree de verdad que la paz civil -y quizá, a la larga, la otra- pueden mantenerse en el País Vasco con centenares y más centenares de tíos encerrados con largas condenas? La víctima no quiere que liberen al asesino de su padre, es comprensible; pero supongo que también se comprenderá que el padre o el hijo del preso no quieran abrazarse con la víctima mientras su ser querido está entre rejas (y sobre todo, si está entre rejas sin la menor esperanza de remisión) por más mala bestia que haya sido el preso.

Yo no sé dónde estará ese término medio, ese punto en el que todos, absolutamente todos, van a sufrir, van a perpetuar una espina clavada, pero resignados a vivir para siempre con esa espina a cambio de poder arrancarse el puñal. No sé dónde está ese punto de sufrimiento tolerable, pero sí tengo claro que si no se encuentra, el jolgorio que se ha vivido esta semana, la celebración, el paz por fin, será un recuerdo amargo y sarcástico a la vuelta de pocos años. Porque ETA, así llamada o de otra manera, volverá a actuar, volverá a matar, volverá a ensanchar aún más una zanja por la simple conclusión de que resultó imposible rellenarla.

El final del conflicto -el verdadero final del conflicto- va a necesitar una tan enorme cantidad de generosidad por parte de todos, que no sé si habrá género humano capaz de contenerla.

Ojalá me equivoque.

Cinco bancos recapitalizados

Esto ya no es una escenificación, sino una comedia entera. Todos los fines de semana, igual: se reúnen frau Merkel, monsieur Bruni y unos cuantos comparsas, y hacen bueno aquello de reunión de pastores, oveja muerta. El lunes arde Grecia, las bolsas europeas se desploman y las agencias de calificación se dedican a amargar el futuro financiero de España e Italia a beneficio de los pingües ídem de los especuladores de deuda soberana; y de Portugal e Irlanda, pobres, ya ni se habla: se pregunta uno si todavía existen.

Una comedia macabra, sanguinaria, cruel y sarcástica, que describe la mayor estafa de la historia de la Humanidad, aquella en la que nos robaron nuestro dinero, el de todos los ciudadanos, para dárselo a los bancos, unos bancos que, ya para iniciar la estafa, habían hecho circular -a buen precio- signos de valor que no estaban respaldados por valor alguno. Es como cuando uno tiene tres tarjetas de crédito: saca dinero en efectivo de una (lo que devenga las correspondientes comisiones); cuando vence la deuda, la abona con el dinero en efectivo que obtiene de otra (al que hay que añadir las comisiones); al mes siguiente, lo mismo con la tercera. Hasta que, fatalmente, ya no queda saldo crediticio en ninguna tarjeta: la pelota, ha colapsado.

Pese a que hasta los más lerdos saben que las pelotas siempre acaban colapsando, nunca faltan tahúres que creen que las pérdidas son coyunturales, que la buena racha ya no puede tardar; y ponen en circulación aún más tarjetas para pagar lo que deben las otras. Hasta que por cada euro contante y sonante, circulan vete a saber cuántos en tarjetas. Entonces se coge la navaja, se va a la esquina y se emprende con la sirla contra todo el que pasa.

Es exactamente eso.

Los directivos forrándose pese a haber arruinado a sus entidades; los bancos repartiendo beneficios (que quizá hayan sido inferiores a los del año pasado, pero los ha habido, y no pocos, en algunos casos) y ahora resulta que han de recapitalizarse. Recapitalizarse aún más, porque cabe recordar que se han comido ya hace meses el fondo público de pensiones (¿recordáis la hucha de la Seguridad Social de la que con tanta fruición hablaba Aznar?) hasta el punto de que han tenido que congelar las que ya se están pagando y recortar las que se van a pagar (y ya veremos si se pagan) a base de incrementar la edad de jubilación y de incrementar el número de años de cotización necesario para el cálculo de la pensión. Paralelamente, se está desmantelando el sector público y cada vez con menos disimulo. La Espe ya privatizó la sanidad pública madrileña (esta va por delante: ahora ya está recapitalizando los colegios privados con los fondos de los públicos) y en Catalunya se planea una inmensa subasta de toda la sanidad a un par de docenas de empresas privadas, como no podía dejar de temerse desde que Mas colocó de conseller de Sanidad al líder de la patronal sanitaria privada. Lo de poner al zorro a cuidar las gallinas, vaya. Mientras tanto, los empleados públicos no funcionarios, teóricamente protegidos por un convenio, se ven periódicamente en la tesitura de elegir entre ver su sueldo rebajado o que un determinado porcentaje de la plantilla se vaya a la puta calle… Hasta que el sueldo ya llegue al extremo materialmente irrebajable y entonces despidan igualmente al porcentaje correspondiente de la plantilla. Y los empleados públicos estatutados nos vamos temiendo o bien otra reducción de sueldo, o bien una supresión de pagas extra, o bien ambas cosas (mucho más probablemente). Este año hubo amago en Catalunya, pero el 20-N y los presupuestos del 2011 obligaron a echarse atrás, aunque la advertencia fue clarísima: el año que viene no habrá 20-N y esperad, esperad a ver los presupuestos de 2012 (que ni los insinúan por miedo a las elecciones: en Catalunya ya está anunciada la prórroga de los del 2011 para que los del 2012 se impongan sin paliativo ni obstáculo alguno durante el primer trimestre del año).

Mientras tanto, continúa imparable el reguero de desahucios y de pillados por deudas imposibles. La economía está completamente estancada, me importan tres cojones lo que digan las cifras que, de todos modos, se acercan bastante a lo que estoy sosteniendo. Las empresas no obtienen financiación, luego no se genera actividad economómica; no habiendo actividad económica, a ver quién es el guapo que crea empresa (y empleo, de paso), con lo que los ingresos fiscales de las administraciones públicas descienden.

Hay quien dice que se está haciendo todo al revés, que lo que deberían hacer los poderes públicos es meter dinero a chorros en la caldera económica para subir la presión. No lo sé, pero intuyo que hacer eso no sería peor que lo que se está haciendo: regalar al sistema financiero cantidades ingentes de pasta que no vuelve a ver la luz del sol.

Nos están atracando. Nos están atracando descaradamente, ya no se molestan ni en disimular.

Cada fin de semana, esa Europa maravillosa que iba a atar los perros con longanizas, pergeña nuevas maneras -no sustitutivas de las viejas sino acumulativas a las mismas- de robarnos más y más, porque el agujero bancario -de los bancos franceses y alemanes, principalmente- es insaciable. Nos ha salido barata la España que iba bien y la champions económica en la que jugaba España…

Desde cierto punto de vista, ya nos lo merecemos, ya…

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Bueno, pues hasta aquí mi segunda rentrée de este año. De este año en que las chicas se me han hecho mayores y sus padres podemos diversificar las vacaciones en tramos más breves, pero mejor aprovechados (y, oye, que sientan mejor: si vuestros trabajos lo permiten, dividir las vacaciones en bloques semanales tipo 2-1-1, que es el que he hecho yo este año, o similares, es algo que os aconsejo calurosamente, no importa qué se haga en ellas).

En marcha de nuevo, pues…

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Impresentables, sin más

De la serie: Los jueves, paella

Lo de Miguel Ángel Rodríguez, el impresentable que fue en su día (y averigua si quizá volverá a ser) portavoz del Gobierno del PP, no tiene nombre. O, visto de otra manera, sí que tiene nombre: tiene muchos nombres y muy feos.

Lo que se le hizo al doctor Montes, coordinador en aquel entonces del servicio de Urgencias del Hospital Severo Ochoa, de Leganés, fue una marranada abyecta propia de gentuza, sólo reparada por los jueces… hasta donde los jueces pueden reparar cosas que no parecen reparables.

Si sumas las dos cosas, Miguel Ángel Rodríguez más la guarrada que se le hizo al doctor Montes, y lo aderezas con insultos del primero al segundo, el resultado es una mierda así de grande, una tifa de consideración.

Miguel Ángel Rodríguez -un mindundi intelectual, si lo vas a mirar- se permitió llamar «nazi» al doctor Montes por haber administrado sedaciones a pacientes terminales, que es la razón por la que el sector católico de la administración pública de la Comunidad de Madrid lo sancionó. Lo sancionó entre el asombro y la protesta de toda la comunidad médica y científica -excepto, claro está, la chusma del Opus Dei- porque los tratamientos administrados por el doctor Montes están perfectamente descritos dentro de los cuidados paliativos al enfermo terminal y debidamente protocolizados, protocolos que el doctor siguió escrupulosamente, tal como los jueces han acreditado desde el principio mismo de las actuaciones (ni siquiera llegó a haber imputación). Porque la vesanía del ultramontanismo católico lo llevó incluso al juzgado penal. Sin resultados, claro, pero lo llevó.

Cuando un tipejo como Rodríguez llama «nazi» a un médico como Montes, pienso en mi mujer. Mi mujer, enfermera, pertenece a un equipo de lo que en la sanidad pública catalana se denomina PADES (Programa d’Atenció Domiciliària i Equips de Suport), cuya especialidad consiste, precisamente, en los cuidados paliativos a enfermos terminales y crónicos (mucho más frecuente y habitualmente los primeros). Incidentalmente -y dicho sea sin el menor demérito de otros servicios de la hasta hoy excelentísima sanidad pública catalana-, los PADES se han hecho acreedores a unos índices de satisfacción por parte de los ciudadanos verdaderamente en zona de récord y la valoración de los usuarios es altísima. Y mi mujer, por prescripción del médico del equipo, administra sedaciones con muchísima frecuencia. Estas sedaciones, que se administran cuando el paciente ya está en la fase final de su enfermedad y de su vida (lo que los pilotos denominan final corta, casi a segundos, más que minutos, del aterrizaje), constituyen el último acto posible en pro de la dignidad del enfermo, que muere tranquilo, plácido, sin sufrimiento físico ni moral, en su casa y en su cama (en el caso de los PADES, pero los PADES no son los únicos equipos de cuidados paliativos: los hay también -y son mayoría- intrahospitalarios), y rodeados de su familia. Dado que morir es inevitable -y en estos casos el tiempo para ello está cerrado y contado- no está nada mal que pueda ser así. Yo diría que es la mejor manera de cascar después del famoso acostarse tan tranquilo y morirse durmiendo o del infarto explosivo que no te deja tiempo ni para decir ay (siempre que ello suceda, por supuesto, a edad debidamente avanzada).

Pero hay una colección de innombrables que pretenden que no, que hay que morirse aullando, rabiando de dolor, retorciéndose entre lágrimas, baba y mierda. Y, bueno, está bien: si a ellos les gusta morir así, adelante, es su opción. Espero fervientemente que a Rodríguez nadie le administre sedación alguna y muera, el día que le toque, como quería la otra que bien baila, la Teresa de Calcuta, que decía aquello tan simpático de que el dolor acerca a Dios. Pues nada Rodríguez (y compañía): a cascar bien cerquita suyo y disfrutando de la compañía hasta el ultimísimo segundo de vida. Sin hacerle gracia de ni uno.

Esa gentuza pretende que la sedación paliativa equivale poco menos que a la inyección letal, sólo porque esa sedación adelanta en unas pocas horas una muerte absolutamente irremediable. Es natural: al sedar al enfermo, las pocas defensas que le quedan decaen y el óbito se adelanta (se adelanta, no se provoca) lo dicho, unas pocas horas. No son horas de vida en términos humanos sino puramente ya vegetativa que, de otro modo, lo serían de dolor físico y moral.

Llamando «nazi» al doctor Montes, ese tío insulta no sólo al directamente ofendido, sino a mi mujer, a sus compañeros -a los directos y a los demás que trabajan en el ámbito de los cuidados paliativos- y a todo sentido humanitario. La hostia que le han dado los jueces -y que espero reiteren si la llega a recurrir- le está más que bien empleada.

Y no es nada, comparada con lo que yo pienso de él y de quienes piensan como él.

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Hay cosas que me causan asombro. Verdadero asombro. Y mira que, a mi edad, ya va siendo difícil.

Lo que son los políticos y mi opinión (y la de la inmensa mayoría de los ciudadanos) sobre ellos es de todos conocida y no la voy a reiterar. Por ejemplo, todos estábamos al cabo de la calle de que las medidas de ajuste más duras de las que prepara el gobierno de CiU no iban ni a ejecutarse, ni siquiera a divulgarse, antes de las elecciones del próximo día 22. CiU tiene fundadas esperanzas de arrasar en el mapa municipal catalán, de recuperar con creces, con muchas creces, posiciones perdidas y, sobre todo, de alcanzar la alcaldía de Barcelona, emblemática por el hecho de ser Barcelona y por el adicional de haber sido un irreductible feudo sociata desde hace más de treinta años. Evidentemente, no iban a meternos los brutales recortes que preparan para la sanidad pública (a cuyo frente se ha puesto, conviene no olvidar esta importantísima clave, al jefazo máximo de la patronal de la sanidad privada) o la masacre de EREs que se avecinan para las empresas públicas, antes de las elecciones, comprometiendo gravemente lo que, como he dicho, son esperanzas fundadas pero no -en absoluto- seguridades irreversibles. Esto es lo común y corriente. Un timo, un engaño, un fraude, pero común y corriente, ya casi escrito en el guión y que, por tanto, no sorprende a nadie, ni a los más primerizos (mi propia hija, 19 años aún sin cumplir, una sola convocatoria electoral hasta hoy, la autonómica catalana, a la que acudió y en la que participó con toda ilusión, y a la segunda, la del 22, ya dice que no va o que, si va, va en plan #nolesvotes).

Lo que sí sorprende es el inmenso morro que en un momento dado son capaces de echarle a la cosa. Como, por ejemplo, que te lo refrieguen por el morro. Y así, el portavoz del Govern, soltaba anteayer, sin despeinarse ni nada, que la reforma sanitaria iba a esperar a después de los comicios del 22-M «para mejor perfilarla». Así mismo. Yo creo que la práctica totalidad de los ciudadanos nos quedamos con la boca abierta. Están tan seguros de no equivocarse al determinar nuestro grado de imbecilidad que ya no se molestan ni en disimular. Deben pensar que somos como los burros (o como creen que son los burros) que aunque sepan que les va a caer el palo con toda seguridad, no se preocupan por el dolor hasta que, efectivamente, les cae. Lo terrible es que no se equivocan.

Una ciudadanía normal y no aletargada reaccionaría hundiendo electoralmente a CiU, dejándola completamente aislada en esa Generalitat que ya no será reversible hasta dentro de casi cuatro años. Pero la que tenemos, acudirá borreguilmente a las urnas, no para votar a quien crea el mejor sino para impedir que gane el que cree peor. Ni siquiera cabe -para esta ocasión, de aquí a un año ya veremos- que se note muy sensiblemente la campaña #nolesvotes. Lo que quiere decir que los que no pueden ver a CiU -incluso los que hubieran adquirido su animadversión a partir del delicado detalle de no darnos por el culo hasta después de los comicios- votarán PSC-PSOE, porque ni siquiera el PP es voto útil a estos efectos en Catalunya. O sea que salimos de Guatemala para ir a Guatecutre, salvo algunos que, pese a todo, irán a GuatePPlasta.

No cabe esperanza alguna y no hay apenas nada más que decir.

Ah, sí… Añadir una constatación que también retrata a quien corresponda. Ayer, en la entrega del premio Cervantes (el más importante en literatura hispánica y me atrevería decir que el más importante en literatura, en general, después del Nobel) a la catalana Ana María Matute, no asistió un sólo representante del Govern de la Generalitat. Ahora podría decir una retahila de sapos y culebras pero ¿para qué? Ya estoy cansado de escupir en el desierto. Sólo me gustaría saber en qué idioma cree la gente de CiU que habla, piensa, siente, ama y odia más de la mitad de los catalanes.

En fin…

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He hablado aquí más de una vez del síndrome de amo del cortijo que tienen algunos jueces sobre su juzgado. También en ciertos niveles intelectuales -como cabe suponerles a los jueces- se da la apropiación personal del poder y, como consecuencia del mismo y de una aberrada concepción de su naturaleza, el subsiguiente mal uso. Eso, en general, suele manifestarse en una actitud bronca hacia sus subordinados, hacia abogados, hacia las partes y, lo que es peor, hacia los ciudadanos en general, a los que el Señoría no permite ni expresarse: es de ver el gesto de disciplente suficiencia con que muchos magistrados hacen callar a testigos, legítimos interesados e, incluso, a los propios letrados (bajo la implícita amenaza, claro está, del tanto de culpa por desacato). Se instituyen en una suerte de oráculo de vidas y haciendas y punto pelota: nadie puede hacerles ver las cosas y la realidad de modo diferente a como las ven ellos desde su particular olimpillo de juzgado de primera instancia y desdeñan todo argumento en cualquier otro sentido. No son todos, claro está. Quizá tampoco una mayoría (eso ya no lo tengo tan claro), pero, desde luego, no son, en absoluto, raras excepciones.

Algunos, no obstante, van un paso más allá, y trasladan esa omnipotencia de palabra, obra y hasta de omisión, al tenor de sus sentencias. No se limitan, como se espera de ellos, a ajustar unos hechos establecidos mediante pruebas -no mediante su unilateral percepción de la realidad- al supuesto general establecido en la normativa y, consecuentemente, aplicarla sin más al caso concreto. No. Ellos tienen que ajustar ya no sólo la ley sino la realidad misma a su personal concepción de las cosas y del deber ser; y cuando los hechos son inobjetables de puro evidente y la ley no admite interpretación ni tergiversación alguna y deben resolver contra sus apetencias, contra su divino derecho a configurar la realidad tal como ellos establecen que debe ser sin sujección a otra norma que su propio y arbitrario criterio, entonces se rebotan y ejercen un derecho al pataleo que ellos mismos se otorgan, porque nadie se lo ha dado. Y menos cuando este derecho al pataleo puede ser ofensivo para algunas personas y puede llegara burlar incluso principios constitucionales, como el de la aconfesionalidad del Estado al que representan (o eso se aparenta porque, en realidad, administran justicia… en nombre del Rey, manda huevos).

Y ahí tenemos, por ejemplo, a doña María Rosa Gutés Pascual, magistrada del Juzgado de Primera Instancia 19 de Barcelona, de la que cabe decir, como mínimo, que tiene unas curiosas ideas sobre los antecedentes de hecho y sobre la manera en que debería aplicarse el derecho. Menos mal que ha pasado por el tubo, si bien parece que la cosa le rechina y dice -no se recata de decirlo- que lo ha hecho por imperativo legal, en lo que parecería una queja implícita de no haber podido resolver por mandato divino. Y no lo digo por decir porque, después de todo, la queja no está tan, tan, implícita, y algunas cosas suelta…

Había que resolver sobre la adopción de un menor (2 años) por una pareja lesbiana. Y doña María Rosa resuelve por imperativo legal otorgar esa adopción. ¿Cabía otro imperativo? No en el mandato de la ley, pero sí en la concepción vital de Su Señoría. Que no es lo malo. Lo malo es que la expone, innecesaria e improcedentemente, en el auto. Y ahí es donde la caga. Con la venia. Sostiene la juez -en la resolución, que es lo malo- que lo ideal sería que el menor fuera cuidado y educado por un padre y una madre, porque Dios los creó hombre y mujer. Bueno, pues mire SSª: lo de Dios, es lo que usted se cree, para empezar. Me da igual que lo diga usted en un auto o que lo dijese el Supremo -que ya no me extrañaría nada- en una sentencia. A la ley le importa tres cojones si hay o no Dios y, aún en caso afirmativo, lo que creó o no y de qué manera lo hizo y, por eso, la mención al supuesto hacedor de bosones de Higgs, está de más en un documento jurídico con el escudo del Estado. Más de acuerdo estoy con SSª en que lo mejor es que los niños estén con un padre y una madre -no por razones divinas sino humanas- pero, por más razón que crea tener yo y más razón que crea yo que tiene SSª, tal opinión sigue siendo irrelevante en una resolución judicial. Si la ley dice que un menor podrá ser adoptado por una pareja homosexual, los que pensemos de otra manera debemos jodernos y aguantarnos y, en todo caso, expresar nuestra opinión contraria como ciudadanos particulares utilizando cualquier medio del que, como tales ciudadanos, podamos disponer o, por supuesto, ejerciendo nuestro derecho al voto en favor de quienes estén próximos a nuestras opiniones y/o, además, integrándonos -siempre como ciudadanos a título particular- en una entidad de la sociedad civil dedicada al efecto.

Seguidamente, doña María Rosa explica por qué la ley le parece una mierda (lo de mierda es palabra mía no suya). ¡Ah! Eso sí podría ser procedente. Doña María Rosa estaría en su perfecto derecho -e incluso en la obligación- de criticar la ley por sus defectos técnicos y de hacerlo en una resolución, porque esa explicación puede ser útil para que los justiciables comprendan el proceso, las razones y los motivos por los que el juzgador resuelve de un modo y no de otro: la ley no es clara, la ley está mal redactada, la ley no contempla de un modo perfectamente discriminado o delimitado los distintos supuestos que regula… Pero en lo que no puede entrar como juez es en la crítica de la ley por razón de su fondo, por la razón, digamos -o sin decir-, política que la impulsa. No puede decir en una resolución judicial que el modelo idóneo es el de padre y madre por razón de modelos y de roles (y yo estoy de acuerdo, ojo); no puede decir en una resolución judicial que, si el modelo idóneo se rompe o debe romperse por cualquier circunstancia legalmente aceptable o humanamente irremediable, es preferible que se rompa en el sentido de que haya sólo uno de los dos a que haya dos de sexo repetido (y en eso, aunque ya con algunos matices, también estoy yo de acuerdo). Ya puede verse que, salvo en la cuestión de Dios, yo estoy muy cerca de las ideas de la juez. Pero cada cosa en su lugar y momento y el lugar y momento de esas ideas no es una resolución judicial.

Exijo, como ciudadano, que la juez Gutés sea sancionada. No muy gravemente, puesto que, a fin de cuentas, resolvió rectamente en lo que a la parte práctica de la cuestión se refiere, pero sí que se le pique la cresta para ejemplo y escarmiento. Ya está bien de que los jueces patrimonialicen -no pocos de ellos en plan verdaderamente feudal- su juzgado y sus resoluciones. Les falta educación funcionarial, es decir, mentalidad de servicio a los ciudadanos. Es necesario que se les imbuya la idea de que la Justicia no es una diosa que está por encima de todo y a cuyo servicio hay que rendirlo todo, sino que es el arbitraje que dirime, supeditado a un conjunto de leyes, los conflictos humanos en sociedad, de cara a un mejor orden de la misma. El juez no sirve a ninguna Justicia, así entendida como una entelequia, sino que sirve a su país y a sus ciudadanos. Es, en definitiva, un funcionario como cualquier otro; con unas atribuciones extraordinarias, desde luego -necesarias para el buen fin de su desempeño-, pero un funcionario exactamente igual que yo, igual que un interventor del Ministerio de Agricultura o igual que un cabo primero de Artillería.

Hay que meterles esto en la mollera por las buenas o por las malas.

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Bueno, pues nada, misión cumplida también hoy, dándole ya carpetazo al mes de abril, con lo que liquidamos también el primer tercio del año. En una tira cómoca de Mafalda, la protagonista se preguntaba si los seres humanos llevamos la vida adelante o es la vida la que se nos lleva por delante y cada vez que arranco una hoja del calendario mientras aún tengo en la boca el sabor del cava de Nochevieja, no dejo de pensar en ello.

El próximo jueves será el primero del mes de mayo, día 5, entrando ya en la segunda mitad de la primavera, lo que, en nuestra latitudes, y aún más en el Mediterráneo, ya es casi casi verano. Preparando, pues, el ventilador y el aire acondicionado, que pronto harán falta.

Pero todo llegará y ahí estaremos para entonar el correspondiente cagontó.

Cocacola, pobres y niños tontos

De la serie: Los jueves, paella

Antes de empezar hoy, quisiera pediros disculpas por el pinchazo del jueves pasado. Me sabe mal que se fastidiara el invento precisamente el día de su aniversario, pero así son las cosas. La semana pasada estuve a tope y uno llega hasta donde llega (como sabéis). En cambio, supongo que hoy, fiesta en media España, por no decir en casi toda, igual no la esperábais. Pues aquí la tenéis. Espero que una cosa compense la otra.

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Se ha producido estos días un episodio sorprendente. Resulta que Alierta anunció en mala hora que iba a cepillarse a un 20 por 100 de la plantilla de Telefónica, y ello pese a los escandalosos beneficios que obtiene esta compañía por dar un servicio auténticamente cochambroso (es lo que tiene el monopolio y que a uno le regalen las infraestructuras pagadas durante casi un siglo por todos los españoles). Prácticamente al día siguiente, Alierta tuvo el inmenso morro de anunciar unos bonus acojonantes para los directivos de la compañía, levantando el consiguiente y más que justificado escandalazo.

Pero esto no es lo sorprendente. Lo sorprendente es que alguien que no es precisamente un mindundi, Marcos de Quinto, presidente de la compañía concesionaria de Coca Cola en España, le cantó la caña a Alierta a través de Twitter, en el tenor que reproduzco a continuación (por su orden cronológico, no por el de la vista en Twitter):

  • @MarcosdeQuinto: Aunque sea perfectamente legal, no todo vale en la vida. Un poco de patriotismo, por favor. O un poco de ‘por favor’ patriótico #nomeconformo
  • @MarcosdeQuinto: Hay quienes hacen dinero AQUÍ con tarifas altas y lo reinvierten fuera con bajas. Luego sacrifican el empleo del lugar que les da el ‘cash’
  • @MarcosdeQuinto: Esperemos que recoloque parte de la plantilla en ‘móviles’ si es que l arazón es la mala racha de la ‘fija’, porque neto-neto no van mal
  • @MarcosdeQuinto: Me pregunto si Alierta decidió la reducción del 20% de plantilla antes o después del encuentro de empresarios con ZP en Moncloa

Es ocioso decir que estos tuiteos han recorrido la red como la deflagración de un reguero de pólvora y han resultado aplaudidísimas por el personal. Sobre todo, lógicamente, por venir de quien vienen.

Pero esta mañana, yendo al trabajo, oía por la radio que la cúpula norteamericana de Coca Cola ha llamado la atención a De Quinto exigiéndole que no meta a la compañía en polémicas que no tienen nada que ver con la propia compañía.

Aparentemente, es una admonición lógica, pero tengo la impresión de que aquí los de Atlanta la han cagado, quizá no tanto por la admonición en sí misma como por haberla hecho pública. Es una cagada típicamente americana consistente en no molestarse nunca en conocer la idiosincrasia y la sociología de sus colonias, y así les pasa lo que les pasa a veces. En esta, han perdido una buena ocasión de quedarse calladitos o, cuando menos, de lavar los trapos sucios dentro de casa y en silencio.

Si se hubieran molestado en realizar esta prospectiva sociológica, hubieran averiguado varias cosas. La primera, que el antiamericanismo es un sentimiento crónico en todo el pueblo español y en todos sus sectores ideológicos. Es verdad que hay individualidades -muy notables, en algunos casos- de un acendrado americanismo y es verdad que existe también, inevitablemente -la ley de probabilidades y la de Murphy son inexorables- un indeterminable número de gilipollas que renquea por ese lado, pero, en general, una de las poquísimas cosas en las que puede decirse que el común de los españoles estamos de acuerdo es en ver a los yanquis como el humo en los ojos: unos más y otros menos, pero, así, en general, todos. La segunda, que la Coca Cola es el icono más característico del objeto de esa animadversión. Y la tercera, que Telefónica es la entidad empresarial probablemente más detestada en España (incluyo la obviedad empresarial porque, sin esa especificación, tal título honorífico recae, más allá de toda duda y con pruebas sobradas, sobre la $GAE).

Con todos estos factores, póngase uno a operar o, si se quiere, a especular.

Yo diría que los comentarios de Marcos de Quinto provocaron dos efectos: uno, el de suscitar la adhesión de la inmensa mayoría de españoles que han conocido sus opiniones; y otro, el de redoblar esa adhesión al dirigir esas opiniones contra la compañía más odiada y justamente en medio de un importante pico de ese odio.

Como consecuencia, opino que lo que -de propósito o no- ha logrado De Quinto es mejorar en algunos puntos la imagen de Coca Cola. Si el presidente de esa compañía en España considera que preparar un ERE cuando se obtienen inmensos beneficios es algo profundamente inmoral y antipatriótico, quizá -pensarán muchos- la Coca Cola esta no sea tan demoníaca, a lo mejor, por más escondido que esté, tiene algún resquicio de humanidad en sus ámbitos de gestión. Me pregunto cuántos millones de euros habrían de gastar en publicidad y promoción para lograr el mismo resultado en puntos positivos de imagen que don Marcos ha logrado en cuatro tuiteos.

Es probable -vista la cosa con distancia- que De Quinto haya podido ser víctima del «efecto Twitter», descrito más o menos como la impremeditación que causa la rápida inmediatez del medio, la ansiedad por la intensidad de los debates y la poca especificidad en el mensaje emitido a que obligan 140 miserables caracteres y por eso es comprensible que desde Atlanta le hayan dado un trompetazo: lo que hoy ha salido la mar de bien, mañana puede representar una catástrofe cuyos daños sean costosísimos de reparar. Pero también me parece una estupidez -causada, como digo por la ignorancia de lo local- desperdiciar los beneficios obtenidos, aunque sea casualmente, haciendo pública la reconvención al directivo español.

Queriendo proteger una imagen que no había sufrido el menor detrimento, se han fumado el incremento.

Han tenido un mal momento 😉

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Ahora que ya nos hemos divertido un poco, entremos en un asunto delicado.

Un diputado pepero en el Parlament de Catalunya, denuncia que los inmigrantes arramban con el 75% de las ayudas para el pago del alquiler en Catalunya. Peligrosa afirmación, políticamente incorrectísima que puede desencadenar las fáciles iras de los saltimbanquis pseudobuenoides del clan al morito ni tocarlo aunque tenga seis mil antecedentes policiales. El riesgo alcanzaría su paroxismo si seguimos leyendo que el tío propone que esas ayudas -consideradas como prestaciones no básicas– deberían condicionarse a una indeterminada cantidad de años de residencia documentada aquí (ahora es suficiente el empadronamiento, con lo que la ayuda puede otorgarse -y, según parece, de hecho, se otorga- tanto a documentados recientes como a sin papeles). Y sucede esto, precisamente, cuando miembros de la clase media local (o quizá habría que decir «miembros otrora de la clase media») han traspasado, por causa de la crisis, el umbral de la pobreza y necesitan acudir a ayudas de este tipo.

La queja de que los inmigrantes se llevan por delante todo el presupuesto social es recurrente, pero no deja de tener algunos aspectos de realidad. Aunque unos gilipollas hayan decretado que está feo decirlo, la verdad es que la picaresca abunda entre ellos (entre los inmigrantes, no entre los gilipollas, aunque… quién sabe); no más que la local, también es cierto, pero una más otra, no queda aquí piedra sobre piedra.

No hay para todos, esto está claro, y aún menos que va a haber en un futuro a corto y ¡ay! es de temer que a medio plazo. El problema que se plantea es, pues, establecer las prioridades, elegir los criterios a que deben obedecer y cómo deben documentarse para, por una parte, no oponer barreras burocráticas tremendas y, por la otra, impedir la picaresca, que es una palabra muy simpática para definir algo que tiene un nombre real muy feo: fraude. Se dirá lo que se quiera, pero con demasiada frecuencia, los funcionarios tenemos que atar cada mosca por el rabo que ya, ya…

Unos dirán que el pobre local tiene unos recursos de los que carece el inmigrante: familia, amigos, una cierta capacidad de presión política (un DNI, un voto, aunque ese es un factor débil y volátil, en esta España en que los ciudadanos somos unos perfectos mierdas) y un cierto y nebuloso etcétera de recursos que les permiten apañarse más o menos e ir tirando. Y es verdad en la mayoría de los casos, pero no en todos: también entre los del DNI hay parias solos en el mundo, sin padre ni madre ni perrito que les ladre.

Otros dirán que los inmigrantes aparecen ante nuestros ojos como el arquetipo mismo de la miseria, pero lo cierto es que proceden de lo que en su país son clases relativamente privilegiadas (la pastísima que les cuesta -a su nivel adquisitivo- el difícil billete de la emigración ilegal, no está al alcance de muchos, ni siquiera al alcance crediticio: para que alguien preste, el deudor y su familia tienen que estar en condiciones de devolver, y eso, insisto, es una exigua minoría en los países de origen) y, por tanto, podrían volver a su país sin otra pega que la imagen y sensación de derrota, pero con un sustento mucho más seguro que aquí y sin llevarse recursos necesarios para los de aquí. Y también esto es cierto en la mayoría de los casos (sobre todo, de los casos africanos, quizá menos en los sudamericanos), pero no en todos.

Lo óptimo sería poder establecer y fijar los casos excepcionales de ambas partes, es decir, dedicar las ayudas a los locales sin recursos sociales o familiares y a los extranjeros que proceden realmente de la extrema pobreza incluso en comparación con los estándares medios de su país. Y que los demás de unos y otros se apañen como puedan. El problema -importante, prácticamente irresoluble- es establecer un criterio de pobreza y de falta de recursividad sociofamiliar que sirva de nota de corte y, sobre todo -eso es lo verdaderamente difícil- documentarlo, probarlo. Por ejemplo, uno puede probar -no sin dificultades a veces grandes e incluso dirimentes, en ocasiones- que no tiene familia pero… ¿cómo se prueba la falta de amigos? ¿Cómo prueba un marroquí -pongamos por caso- que, allá en la cábila, su familia es pobre de solemnidad incluso para los estándares marroquíes?

El problema es que estamos en época electoral, y las épocas electorales son poco convenientes para hablar, entre otros, del tema de la inmigración y a extranjería. Pero hay otro problema más: tan pronto pase este episodio electoral, nos meteremos, de forma prácticamente inmediata y sin solución de continuidad en una época preelectoral que va a ser más a cara de perro aún y, además, va a tener una duración mucho más larga (como poco, como poquísimo, hasta inmediatamente después del verano, pero fácilmente hasta la próxima primavera). Es decir, afrontamos una problemática angustiosa, urgente y lacerante para todas las partes en cuestión, en el peor momento en que todo ello puede plantearse: en medio de una crisis económica acojonante y en plena y larguísima temporada electoral. Mal asunto.

Apuntada queda la cuestión, porque, la verdad, soy incapaz de proponer una solución idónea más allá de lo dicho.

Y a ver quién le pone el cascabel al gato. Los hay que cobran -y no poco- para ello.

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Esta hubiera sido una entrada la semana pasada y se quedó sin escribir, pero pese a que la noticia ya no es fresca, no quiero dejarla pasar por lo que tiene de sintomático.

Hace unos días, la consellera catalana de Educación, Irene Rigau, pilló un globo con toda la razón del mundo, cosa muy meritoria siendo así que en otras cuestiones no tiene tanta.

Resulta que vino un niñato -bastante subidito de humos, por lo que acerté a ver en los noticiarios- a cantar -o cosa parecida- a Barcelona; y resulta que el tal niñato es una especie de boom de moda entre las jovencitas más jovencitas (teenagers en primera fase, carne de ESO, vamos), un fenómeno de estos que lo mismo dentro de cuatro días desaparece de la pública circulación o se apalanca en el show bussiness años y más años, a lo Bisbal, y hace que toda la $GAE en pleno mee colonia de lavanda. De ahí quiero llegar a que las entradas para ver a la cosa esa iban muy buscadas lo que provocó el espectáculo nada inhabitual de un montón de cenutrios -y, especialmente, cenutrias- haciendo cola dias y noches -así, en plural, según parece- para pillar cacho.

Lo peor del asunto es que algunos de estos días de cola fueron días lectivos, y aquí nadie dijo esta boca es mía. Ni la Guàrdia Urbana (¡hombre, la Guàrdia Urbana..!), ni los padres de los angelitos (aunque mayoritariamente eran angelitas), ni el potito. Cuando resulta que ir al cole cuando toca cole es obligatorio. Obligatorio quiere decir que los padres deben llevar a los chavales al cole aunque sea a puntapiés en el trasero (a alguno le han privado de la guarda y custodia por hacerse el sueco al respecto) o que un funcionario de la Guàrdia Urbana, si ve por la calle a un menor de 16 años en horas lectivas, tiene que dejar de poner multas por estacionamiento indebido -por más que eso joda al alcalde- y ponerse a indagar qué pasa aquí, por qué ese chaval anda a su aire cuando debiera estar en clase liándose a tiros con las mates y con el medio y restituirlo a su lugar, descanso, esto es, al cole; o, detectado un problema sospechoso de ser crónico, informar debidamente para que, vía servicios sociales, la cosa llegue a manos del juez y éste ponga a debido caldo a los responsables (irresponsables, en este caso) del menor, que suelen ser los padres.

Doña Irene se cabrea porque los padres le están formando una bronca acojonante por un quítame de allá la sexta hora lectiva mientras, por otro lado, suceden estas cosas. Como he dicho al principio, el cabreo de la consellera está plenamente justificado, aunque también habrá que decir que no todos los padres -ni la mayoría, ni muchos, afortunadamente- que le están dando la vara con la sexta en cuestión son consentidores de absentismo escolar alguno. Desde la comprensión -que reitero- del justo enfado de la dama, también habrá que decirle que no se pase de lista y no mezcle churras con merinas para salirse por la tangente en una justificadísima reclamación ciudadana.

Más allá de los cabreos, de su justificación y de las salvedades oponibles, lo cierto es que hay veces que abro la boca y me cuesta cerrarla. Que los niños vayan de atontados por la vida, está en la naturaleza de las cosas; yo también recuerdo de mis años mocísimos cómo las chavalillas se pirraban como locas por un Raphael o, menos injustificadamente, por un Cliff Richards, y se les iba la olla con el congratuleichons de los cojones (que, dicho sea de paso, vendió más que el «La, la lá» de Massiel pese a que ésta venció en Eurovisión al Cliff, en aquel dichoso 1968); y todos vimos en su día por la tele cómo las niñatas se desmelenaban histéricas y como posesas ante la presencia de los Beatles a seiscientos metros de distancia. Que eran los Beatles, vale, pero que una circunspección y una cosa… Lo que no es de recibo es que los padres (algunos padres, no todos ni muchos, afortunadamente) pasen de la escolarización de sus hijos de esta manera y, sobre todo, por tan absurda razón.

Sin llegar a tan gran cafrada, es verdad que hay toda una generación de padres cuyo planteamiento formativo parece consistir en dejar que el niño haga lo que le dé la gana. Con demasiada frecuencia oímos a médicos y a educadores mencionar aterrorizados regímenes alimenticios abarrotados de grasas hidrogenadas o de horarios de irse a la cama alucinantes, por no hablar de verdaderos vándalos haciendo auténticamente el gamberro ante la complaciente vista del imbécil de su padre o de la estúpida de su madre, como todos vemos a diario en el avión, en el tren, en el metro o en el autobús; no sé si se debe a un mal entendido liberalismo, a pereza (los hay que no se enteran de que los hijos, además de gasto, dan preocupaciones y trabajo) o a un trauma estúpido porque el ogro de papá los hacía volver a casa a las diez de la noche. O a todo junto.

Lo que sí sé es que tenemos un problema y no es la Guàrdia Urbana (bueno, también, pero es otra cosa).

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Bueno, pues hasta aquí hemos llegado, en este jueves católicamente santo, festivo ya para muchos, que inaugura esta Semana llamada Santa (y no sé por qué) de 2011. Bueno, muchos parece ser que la inauguraron ya el sábado pasado y no hablo sólo de los escolares. Hoteles a reventar, agencias de viajes con el «No hay billetes», bares abarrotados… esto es una juerga. Dicen que hay una crisis de caballo, de las más gordas que se recuerdan, que hay trescientas mil familias desahuciadas, que galopamos hacia el quinto millón de parados y no sé cuántas catástrofes más, pero yo veo al personal que tira millas que se las pela.

Pues nada, a disfrutarlo mientras dure, que a ver lo que dura.

Nos veremos, salvo imponderables, el próximo jueves, que será 28, último del mes de abril.

Portáos bien.

Libios, curas y morrudos

De la serie: Los jueves, paella

Bueno, pues si la semana anterior la paella fue larga y dura como un mal parto, esta semana ha sido todo lo contrario, ha salido como patinando sobre aceite y hace ya dos días que su guión estaba listo, pendiente únicamente de desarrollo (el guión suele ser lo más difícil: consiste en el tema y en su estructura esquemática). Y es que con estas cosas de las musas todo es incertidumbre: o se te giran de espaldas -y los que sabemos del desafío de la hoja/pantalla en blanco sabemos también lo feo que tienen el culo- o te vienen de frente y corriendo. Y no entiendes por qué pasa.

Pero pasa.

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Una de las cosas que me hace más gracia -si así puede decirse- de la guerra civil de Libia (en la que los euroyanquis estamos metiendo las narices todavía no me entero muy bien de por qué) es ver a los milicianos rebeldes alegres como locos tras una victoria, disparando al aire las armas -hay que ver lo que les gusta a los moros poner al fusa haciendo gárgaras al viento- y clamando bendiciones a Alá… como si ellos hubieran sido los artífices de esa victoria. Y de eso nada.

Lo cierto es que, según todas las apariencias y resultados, son una pandilla de desharrapados más o menos numerosa y completamente desorganizada, prácticamente inútil, en conjunto, para todo servicio. Lo que ocurre es que tienen ahí al primo de Zumosol. A las bien armadas y disciplinadas huestes de Gadafi, no les cuesta más que alguna molestia y un poco de munición poner en fuga a esa chusma; lo que ocurre es que en cuanto la chusma resulta con el culo escaldado, aparece el capitán Pepito Martínez montado en su F-18 y empieza a soltar munición de alta tecnología contra el aparato militar gubernamental; el aparato militar gubernamental está, como ya he dicho, armado y disciplinado pero, claro, lo que le echamos encima los euroyanquis es muy sofisticado y caro y, encima, conocemos al dedillo el inventario bélico del dictador, porque se lo hemos vendido nosotros. Y el día que no es el capitán Martínez, es el teniente Blossom o el comandante Piubombazzi, que, junto con sus respectivos muchachos de punto, se dedican a deshacerle al jefecillo libio todo el arsenal y a dejarle con el trasero chamuscado y al aire al personal anexo. Vaya, que los matamos un poco. Un poquito, nada más.

Claro, así no hay quien combata: si las invencibles legiones romanas tienen que enfrentarse con la poción mágica de los galos, el resultado es que al final hay que adoptar la táctica de la liebre, es decir, emprender la fuga a toda mecha.

No he leído del mandato de la ONU más que lo que se ha dicho en la prensa, pero a mí me habían vendido que la ONU autorizó una exclusión aérea, nada más. No me parece que hablara de reventar carros blindados ni que dijera nada de apoyar con ataques aéreos las acciones de la resistencia (o, más bien, sus inacciones). Tampoco creo que la ONU autorizara a derrocar a Gadafi, y ahí tienes a la Trini, diciendo oficial y públicamente, sin cortarse ni un pelo, que el Martínez, el Blossom y el Piubombazzi van a seguir ahí dando caña hasta que Gadafi se largue o casque. No sé si esta será la ley de la ONU, pero lo que sí es, en todo caso, es la del embudo.

El problema, por otra parte, es que los listos de lo políticamente correcto amenazaron a Gadafi, cuando parecía que iba a caer a la egipcia, con el Tribunal Penal Internacional. Chicos listos, inteligentes. Consiguieron que Gadafi se encastillase. Lo práctico -inmoral pero práctico- hubiera sido decirle a Gadafi: «mira, oye, cógete cinco o diez millones -y no más- y piérdete, que no te veamos, en tal o cual isla del Pacífico y dedícate exclusivamente a bailar el hula-hoop y a que no volvamos a saber nada de ti» y lo mismo a estas horas ya estaba solucionado el problema. De la forma en que se ha hecho, el otro se parapetará en Trípoli a muerte, secundado por sus leales, que se saben en las mismas y sacarlos de allí (más bien liquidarlos allí) va a costar una de sangre de mil pares… Porque por más que el primo de Zumosol le reviente las instalaciones, el asalto final -no hay que ser Napoleón para verlo- habrá de ser, necesariamente, a mano, y ahí te espero, porque en los asaltos es cuando de verdad se ve quién es quién y verás tú la cantidad de milicianos que se irán al paraíso de Alá antes de que, a puro peso, por pura masa numérica, aplasten a la muy organizada y profesional resistencia que Gadafi habrá dispuesto en torno suyo para darle tiempo a montar la pistola con la que se descerrajará el último tiro en la boca. Que es, probablemente, como acabará la cuestión.

Las potencias que hacen tamaña justicia en nombre de la sacrosanta ONU planean ahora armar a la chusma -que, no faltaría más, es democrática y buenrrollítica, eso sí- porque si no, crudo lo tienen. Asumo que armarlos no significa darles fusilitos y pistolitas -que de eso ya tienen- sino algo más consistente: lanzacochetes, cañones, ametralladoras, algo de vehículos blindados, morteros de 120 mm… fruslerías así. Pero, claro, esas fruslerías necesitan de un cierto adiestramiento y de meterles en la mollera una disciplina de fuego basada en una doctrina de combate y todo eso, como no viene por ciencia infusa va a necesitar de consejeros, es decir, nada de aviones y apoyo distante, sino trabajo en corto, a pie de obra. Imagino que, para ello, utilizarán a los cipayos, ¡ups!, perdón, a los aliados árabes que se han apuntado al fregado bendecido por la ONU porque sucede que, con excesiva frecuencia, los consejeros acaban combatiendo en el papel estelar de oficiales (un tanque se fabrica en un abrir y cerrar de ojos en el mundo occidental, pero incluso en el poderoso y riquísimo mundo occidental, formar un oficial requiere tiempo, cociente intelectual y formación previa un poco sólida) y a los marines se les da mal eso de combatir mandando fuerza ajena. Que les pregunten por Vietnam. Y verás qué risas cuando las fuerzas gadafistas empiecen a presentar ante los medios cadáveres -o incluso prisioneros, cabizbajos y parlanchines- de oficiales extranjeros pillados in fraganti dirigiendo a la chusma rebelde. Van a tacharlos de mercenarios y, a lo mejor, hasta tienen razón.

En conclusión, el enésimo embolado en el que nos metemos estúpidamente a la salud de los de siempre. Primero fue Irak, después Afganistán, ahora Libia. Y, así, vamos yendo por el mundo sin saber qué temen más de nosotros, que metamos las narices en sus asuntos o que, una vez metidas, se nos indigeste la cosa y decidamos largarnos dejándoles a ellos el marrón (que no hay ni que decir, está casi siempre mucho peor que cuando llegamos).

Nunca el mundo occidental fue, simultáneamente, tan cruel y tan gilipollas.

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Bueeeeno, quieren meterle un puro a Leo Bassi por intromisión en el honor del papa, del Vaticano o de no sé quién. Ya estamos otra vez a vueltas con el honor.

Decía mi abuelo -no con estas palabras: era moldeador-fundidor y llegaba hasta donde podía, que no era poco, por otra parte- que el honor consiste en que la palabra de uno sea un título ejecutivo que jamás se protesta y que la forma de vivir de uno sea consecuente y coherente con esa palabra. Lo demás -eso ya no lo decía, pero quedaba sobreentendido- es todo pura cagarela. Y no dejaba de tener razón. Las palabras, en definitiva, no son más que palabras y, en sí, no son más que sonidos. El hecho de que alguien de una entidad de gestión de derechos de autor me llame hijo de puta en un momento determinado, no pone a mi madre a hacer chapas en las Ramblas por más que bailen, no sé si me explico.

Hay cosas que, sin ser insultos, son mucho más ofensivas y dicen poco del honor de quien las patrocina: por ejemplo, que haya un puñado -bastante inabarcable como tal- de clerizontes pillados in fraganti con las manos en el culo del menor y se estén saliendo de rositas, más allá de que la empresa esté indemnizando a los damnificados con la pasta de vete a saber qué crusesitas marcadas en qué declaraciones de IRPF de aquí o de allá. O, por otro ejemplo, que estando todos al cabo de la calle de la corrupción clerical imperante en este país, aquí no se haya abierto un puto sumario. O, por si quieres más, que haya aquí un concordato con la iglesia católica firmado de prisa y corriendo a Constitución aprobada, aunque no publicada en el BOE (si esto no es una burla y no ofende al honor, ya me diréis qué), concordato materialmente abarrotado de prebendas imposibles con la Constitución en la mano.

Es profundamente ofensivo que unos cuantos pájaros, líderes más o menos locales de esa religión, de la otra o de la de acullá pretendan dictar pautas de conducta no a sus acólitos sino a todos los ciudadanos, y que no vacilen en imponerlas a la trágala (y ojo que a veces el trágala es durísimo y va de horcas) a la que pillen la menor cuota de poder civil, ellos o sus chupacirios.

Es denigrante que las autoridades (no los ciudadanos: las autoridades) armen el gran follón por el hecho de que una asociación de ateos quiera insertar propaganda en los autobuses y le pongan toda suerte de dificultades, llegando hasta el veto -como en la ciudad de Madrid- mientras que cualquier religión puede hacer todo tipo de propaganda, incluso televisiva, de su ideología y de sus campañas y, aún más, que tres o cuatro religiones tengan programas propios en la televisión pública estatal que, además, jamás deja de retransmitir la misa católica dominical.

Es aberrante la cantidad de dinero público que por muchísimos conceptos va a parar a las religiones y muy especialmente -casi únicamente- a la católica; es aberrante que la iglesia católica controle -so pretexto del culto para el que fueron construidos- la inmensa mayoría de los monumentos arquitectónicos de este país, por muchísimos de los cuales perciben subvenciones para su mantenimiento adecuación y reparación, cosa que no obsta para que su acceso sea puesto bajo precio y que, con harta frecuencia, se apropien de la imagen de muchas de esas obras que, por su antigüedad ya están en el dominio público y, así, prohíben la obtención de fotografías o de grabaciones videográficas de los interiores (pretextando molestias al culto incluso cuando no se celebra) y obligando, a quien quiera imágenes, a adquirir las que están a la venta -con casi toda seguridad- a la puerta del recinto.

En mi particular opinión es especialmente indignante lo de los monumentos y ese abuso clama a Mendizábal. En este país es urgente una desamortización artística y debería nacionalizarse no la titularidad de los edificios artísticos (aunque ¿por qué no?) pero sí, cuando menos, su gestión cultural y el aprovechamiento público de su valor artístico.

Y me quedo corto.

O sea que fíjate si los ciudadanos tenemos cosas de qué quejarnos, injurias de qué dolernos y honores ofendidos, para que se monte el gran cristo porque un cómico ha parodiado al papa (y ello por no hablar los insultos que han vertido sobre mucha gente diversos medios de comunicación de propiedad confesional, obviamente católicos en su práctica totalidad).

Habría que fundar una asociación que se llamara Que se hagan oir con su dinero y que reivindicara la reparación de los abusos que se cometen contra los ciudadanos aconfesionales y ateos al utilizar el dinero de sus impuestos para regalárselo a entidades de tipo religioso que lo usan muy frecuentemente para escarnecer, precisamente, la laicidad y el ateísmo.

Esto son insultos y lo demás, estupideces, paparruchas.

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Las cajas y bancos en apuros piden dinero al Gobierno. La pregunta es: ¿y por qué hay que dárselo?

Casi 7.000 millones de euros, o sea un billón (con «b» de barbaridad) más una propina de 170.000 millones de las viejas. Y tienen el inmenso morro de pedir esa ingente pastizara mientras: a) se recortan los sueldos públicos por decreto y los privados, de hecho; b) se recortan las pensiones; c) se recortan los servicios sanitarios; d) se asfixian de forma prácticamente total los servicios sociales (esta vez ya no se los comerán ni los moros ni los latinos: no hay para nadie); e) otros servicios públicos sensibles sufren asimismo recortes que afectan directamente a su operatividad (policía, bomberos); f) se retrasan enormemente los pagos de las subvenciones pendientes del año pasado y aún del 2009 en perjuicio de empresas productivas que han realizado inversiones fiadas de esas subvenciones (ya otorgadas); g) los anteriores, que disfruten con salud aunque no sea sino algo tan etéreo como la expectativa generada por el derecho ya otorgado, porque para el ejercicio de 2011, las líneas de subvención no es que vayan a ser recortadas, es que en muchos ámbitos van a desaparecer; h) las administraciones públicas están aligerando personal como globos aerostáticos soltando lastre: pagan el pato laborales e interinos (precisamente hoy hemos despedido a una compañera que había trabajado conmigo los últimos cuatro años, y estoy de una leche…); i) los ERE’s en las empresas públicas van a ser espectaculares, bestiales, pero tranquilos, el pistoletazo de salida no se dará hasta después del 22 de mayo, no faltaba más, no fuera a ser que la gente fuera a votar cabreada; j) los bancos y cajas piden mucho cuartelillo al Gobierno, al dinero público (cuando las cosas van mal, entonces sí es bueno que intevenga papá Estado, tienen un morro que se lo pisan, esos cabrones) pero ellos, los muy hijos de puta, no han dado el menor cuartelillo a miles y miles de familias a las que han despojado de su vivienda, han puesto en la puta calle y aún les reclaman deudas de decenas y centenares de miles de euros porque la casa embargada no cubre la deuda (pese a que la valoración que ellos, los muy cerdos, encargaron, la cubría de sobra); k) etcétera, podría seguir así hasta agotar el abecedario y aún tener que empezar la combinación de letras como las matrículas de los coches.

Después vienen los falsarios del partido y nos dicen que la Tesorería de la Seguridad Social -la caja de las pensiones y de los subsidios, para entendernos- no aguanta y que hay que reformar el sistema. Reformar el sistema quiere decir, naturalmente, que se jodan los ciudadanos. Pero luego te enteras de que la caja sigue teniendo superavit, porque aunque, efectivamente, éste disminuye -qué menos, con la que está cayendo- no se está todavía (y lo que falta) para llegar a los números rojos.

Pero, claro, aquella hucha de las pensiones, que con tanto placer pronunciaba Aznar, que hasta se le notaba la «h», ha servido para rescatar a la banca. Eso, claro, no hay tesorería que lo aguante. Ni de la Seguridad Social ni de ninguna otra parte.

Los ciudadanos, en cambio, nos quedamos ahí, pasmados como panolis. No se mueve una brizna. Las calles deberían arder, pero sólo se llenan de aburridos en calzoncillos en cuanto el ayuntamiento de turno toca el pito de cursa atlética. Trotad, trotad, gilipollas. Hay tío -y no exagero- que sabe que le van a pasar por el túrmix de un ERE la semana que viene, y hasta ayer estaba muy preocupado porque igual el domingo no había liga de fútbol; y que está planificando las vacaciones de este próximo verano, no cuelgues…

Estamos, ya lo he dicho en otras ocasiones, ante una estafa de dimensiones históricas. En Islandia han encarcelado a directivos financieros; en Estados Unidos, tuvieron la vergüenza torera -mínima y exigua, pero vergüenza, al fin y al cabo- de inventarse una cabeza de turco con el megaladrón aquel que ha pagado por todos, como si sólo él hubiera hilado la trama del follón que hay armado y sólo él se hubiera forrado de ganar dinero. Aquí, ya lo ves: los treinta y pico capitostes más gordos de la banca y de los monopolios, dándole consejos al Zapatilla y, encima, a implorante petición del mismo.

Nos merecemos la enorme catástrofe que, al final, vamos a acabar sufriendo.

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Bueno, pues hasta aquí hemos llegado, mucho menos penosamente que la semana pasada, en este jueves último día del mes de marzo, con lo que liquidamos el primer trimestre del 2011, cuando aún nos repite el turrón de Nochebuena. Pasa el tiempo que no se entera uno.

El próximo jueves será 7 de abril y aquí estara, espero, la cotidiana paella.

Sed buena gente hasta entonces.

Arroz pasado

De la serie: Los jueves, paella

Nunca una paella había salido tan tarde y jamás había sido escrita tan tardíamente. Domingo, cuatro de la tarde y escribiendo sus últimas líneas. Una paella que, reconozco, ha sido escrita desde un profundo mal humor, tanto su principio como su final, pero es que, últimamente, ya no me hace reir ni Pepiño. Ni siquiera la perspectiva de que en menos de un año desaparecerá de la circulación pública (a menos que este país se haya vuelto definitivamente imbécil, cosa que no hay que descartar) contribuye a alegrarme ni siquiera unos segundos.

En fin, ahí va…

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Hace pocos días tuvimos noticia de que las autoridades habían tomado cartas en el asunto de una menor marroquí que había sido casada a la fuerza -en Marruecos, eso sí- con un pariente, un primo, creo, o algo así. Hoy, una pequeña reseña en «El Períodico» estima en 300 el número de mujeres residentes en Catalunya que podrían haber sido víctimas de esa práctica. A este fenómeno cabe añadir otros tipos de violencia femenina -la coacción y, frecuentemente, el cumplimiento de las amenazas que implica la misma contra las mujeres que no siguen los dictados del cura (imán, le llaman ellos), como en el caso del imán de Cunit finalmente condenado, junto con su hija, aunque se salió de chiquitas la alcaldesa que negó el amparo a la mujer agredida -mediadora cultural del Ayuntamiento- por el tiparraco en cuestión.

También es altamente preocupante el tema de la ablación de clítoris, que parece no haber manera de erradicar.

Hay una corriente cívica que está despuntando últimamente en la exigencia de que los extranjeros que cometan delitos sean expulsados del país de manera fulminante e inapelable (sin perjuicio, cabe entender, del cumplimiento previo de la pena correspondiente). De la cárcel a la frontera sin solución de continuidad. Es tentador. Pero quizá así, a bulto, sería demasiado, sobre todo porque se cometería una discriminación en relación a los delincuentes con DNI, que también los hay.

Sin embargo, pienso que esta medida de la expulsión sistemática y seguida inmediatamente y sin la menor dilación tras el cumplimiento de la pena sí debería aplicarse con delitos como los que nos ocupan en esta ocasión. Son delitos especialmente graves y especialmente repugnantes porque no solamente atentan contra la dignidad y contra la integridad física y moral de sus víctimas sino que son específicamente atentatorios contra los principios básicos de nuestra sociedad. Son delitos que socavan muy especialmente (incluso en mayor medida aún que otros morfológicamente más graves) nuestro modelo de convivencia y la construcción ética de un edificio social e idológico levantado en más de tres mil años de historia, llevada adelante en ocasiones a costa de conflictos durísimos. En el caso del matrimonio forzoso que pillaron el otro día, la chiquita víctima de esa salvajada debiera ser acogida aquí, protegida, provista de un permiso de residencia -si no lo tiene- y, bajo tutela pública directa o en acogimiento familiar, estudiar como cualquier muchachita nuestra y disfrutar de todas las oportunidades de que disfrutan las mujeres europeas. Previamente, toda su familia, en su absoluta integridad, la propia y la política, debería ser puesta de patitas -y preferiblemente a puntapiés- en la frontera con Ceuta. A la cábila a descapullar micos.

Estamos pagando el precio de haber tenido muchas contemplaciones con ciertos sectores de la inmigración y eso ha hecho que algunos de ellos (no todos, afortunadamente) se hayan subido a la parra de una manera especialmente irritante. Es característica la soberbia y la altanería de varios colectivos islámicos, procedentes generalmente de Marruecos o del área indostánica, que pretenden imponer su ley sobre la nuestra. El respeto a las costumbres propias, por otra parte, tiene un límite, que es, precisamente el antedicho de nuestro modelo social. Si nuestra forma de vivir y de ver la vida no les gusta, que se larguen, y cuanto antes lo hagan más gusto nos darán. Si pretenden permanecer aquí, deben ser ellos lo que pasen por el aro y se mentalicen de que ellos son los primeros que deben respeto y pleitesía a nuestras propias costumbres y obediencia sin tapujos a nuestras leyes. Sin ese respeto y esa obediencia, no hay nada que negociar y nada de que hablar.

Y si los de «SOS Racisme» se enfadan, que les folle un pez.

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Hay una señora… se llama Cristina Antón. Y, veréis, es un caso muy raro. Si en condiciones normales de presión y temperatura meterle un puro a alguien -público o privado- por decir inconveniencias en un blog armaría un incendio de mil pares de cojones en la Red, hay otros casos -el de Cristina, ya puedo decir que sé de uno- en el que le pueden meter hasta tres puros por escribir inconveniencias (que no injurias, que no expresiones constitutivas de delito) en una bitácora y, oye, aquí nadie se inmuta.

Y me parece brutal.

Cristina Antón es controladora aérea y su bitácora, «Controladores aéreos y otras hierbas» se dio a conocer cuando en otoño pasado una huelga de controladores (perfectamente prevista por el Gobierno y como consecuencia de un conflicto liado mano a mano entre Pepiño y Ribalcaba) privó a un montón de ciudadanos del sacrosanto derecho humano, fundamental e inalienable, de irse de puente, generando un cabreo popular alucinante contra el colectivo reivindicador, acusado por todos los medios de privilegiado, ganador de mucha pasta y no sé qué mas. El colectivo fue crucificado por unos medios absolutamente apesebrados y la única voz que se alzó en su defensa fue la de Cristina. Y fue una defensa eficaz porque, siendo la única, su voz se hizo oir. La pusieron tibia, huelga decirlo, pero también se ganó la adhesión no sólo de sus compañeros -esto es de cajón- sino de muchísimos ciudadanos ajenos al asunto, de los que me honro en formar parte.

Lo que pasa es que Cristina les desafía, expone sus vergüenzas, las vergüenzas de la privatización de una compañía de referencia, llevada de la mano por el ministro de Fomento más deprimente que ha visto jamás este país (que ha conocido en la poltrona nada menos que a un Álvarez Cáscos, no cuelgues) y les hace desplantes toreros. Tres expedientes (el último, de un mes de empleo y sueldo, que se dice pronto) que, naturalmente, llevará hasta las últimas consecuencias judiciales.

Me hace gracia su desparpajo, me hace gracia su desinhibición, me hace gracia su manera de expresarse -que no le hace ascos a ninguna palabra del diccionario- y me caen en gracia, sobre todo, sus razones.

Pero el problema ya no es si los controladores aéreos tienen razón, o si tienen mucha, poca o mediopensionista; esa ya es otra discusión, otra historia. El problema está ahora en que una persona está siendo represaliada de forma reiterada y sistemática por ejercer su libertad de expresión de acuerdo con las leyes -es decir, sin cometer ilícitos- y está el país tan ancho. Y está la Red -tan sensibles como somos ante otras agresiones- también tan ancha.

Las represalias que está sufriendo Cristina Antón por parte de la dirección de AENA son gravísimas y constituyen un peligrosísimo precedente. Ella las ha recurrido, es cierto, y cabe esperar que los tribunales acaben dándole la razón, pero… ¿en qué instancia? ¿Cuánto tiempo habrá de pasar para ello? ¿Y qué sucederá mientras tanto si se generaliza la costumbre de que las empresas sancionen a sus empleados por las opiniones que estos vierten -fuera de horas de trabajo y fuera del ámbito de la empresa- sobre hechos que son de público conocimiento (es decir, no revelan ningún secreto)?

Si las reivindicaciones de los controladores aéreos no nos importan deberían importarnos, cuando menos, y mucho, las agresiones contra la libertad de expresión en Internet.

Rechazamos -y con razón- la Ley Sinde porque decirmos -también con razón- que implanta la censura en Internet. AENA –Pepiño, en su sombra- lo está haciendo por las buenas, ha promulgado su particular Ley Sinde y aquí nadie chista.

Bueno, pues que conste en acta, por humilde que sea, el pataleo desde este blog.

Arrieritos somos.

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Hasta los medios pesebreros que más debieran temer un estallido social, se asombran de la pasividad de quienes deberían ser los dinamiteros, es decir, de que no haya estallidos. «El Periódico» de hoy -domigo, arriba explico el qué y el por qué- cuenta la gravísima situación en la que se hallan los jóvenestodos los jóvenes- y de su menfoutisme ante unas circunstancias realmente espantosas. En efecto, un futuro de inseguridad, de derrumbamiento, más o menos paulatino pero seguro, del estado del bienestar, de pobreza -con todas las letras- y, en definitiva, de mierda, y en Granada, por ejemplo, el macrobotellón de primavera que celebran 25.000 jóvenes (cifras del medio; no se yo…). Verdaderamente no sé qué me preocupa más (sobre todo, mirando a mis hijas): si lo muy negro de ese futuro o lo mucho que se lo merecen.

Diversos agoreros prevén estallidos. Y es verdad, cualquiera puede constatarlo: hay una ira contenida tremenda. Contenida, no sé si por el acomodamiento o por la cobardía, todo es posible. Sesenta mil gilipollas abarrotaron ayer en Barcelona un simple, vulgar y estúpido centro comercial inaugurado sobre el cadáver de una plaza de toros, como si realmente se inaugurara algo serio, algo verdaderamente importante y trascendental. Este mediodía veía mientras comía, por el telediario catalán, a los que se quejaban por el cierre de un after en Viladecans (creo que era en Viladecans) y el supino cociente intelectual de los quejosos metía verdadero miedo, tal parecía que les estuvieran privando de un derecho fundamental. Lo más curuoso es que les están privando de derechos verdaderamente fundamentales (trabajo, vivienda, libre expresión, etc.) y los muy capullos ni acusan recibo.

Pero, de hecho, no sé qué es más espantoso, si ese menfoutisme ese rumiar apoltronado y satisfecho (satisfecho no sé de qué, pero satisfecho, es que manda huevos…) o ese estallido si llega a producirse. He dicho muchas veces -ya casi temo ser reiterativo- que un pueblo de cobardes no genera guereros sino asesinos y, por ende, un estallido aquí quizá iría a mucho más que a quemarle sucursales a Botín -hecho que, en sí mismo, no me produce una especial angustia- y probablemente generaría situaciones dramáticas y luctuosas de veras.

«El Periódico» se pregunta, con una cierta disciplencia, si toda esa ira quizá no se canalizará hacia #nolesvotes y ojalá que sí, pero me temo que #nolesvotes exige un nivel de reflexión que, aún siendo sencillo y primario, me da la impresión de que es excesivo para la mayoría (por ejemplo, y sin ir más lejos, a los sesenta mil borregos de ayer en la ex-plaza de toros o a los otros tantos que esta tarde llenarán este, ese o aquel campo de fútbol. Aunque me encanta el proyecto y seguiré contribuyendo a él con entusiasmo, cada vez estoy más convencido de que es demasiado sueco, demasiado alemán o, en definitiva, demasiado ilustrado -incluso su sencillez es excesiva para la basura local- para que cale por estos pagos.

A veces pienso -en términos puramente dialécticos- que me gustaría no tener hijos (hijas, en mi concreto caso): me envolvería en la concha de mi bienestar casi irreversible (digo casi porque en España nunca se sabe) de hipoteca casi pagada y condición de funcionario público, para sentarme en el sillón, encender la mierda de la tele y quedarme ahí a vérmelas venir. Desgraciadamente, sensible como soy a los dramas históricos (y cada día veo uno más próximo), me temo que aún sin hijas estaría profundamente preocupado: no hay seguridad e irreversibilidad suficientes para tranquilizar a nadie con dos dedos de frente.

Hay que esperar a ver si lo de #nolesvotes funciona, pero cada día que pasa tengo menos esperanzas. Tan pocas y de tan poco humor, que ni siquiera me queda ya el sadomasoquismo florentino que describe Pérez-Reverte confiando en llegar ver cómo el tsunami de mierda acaba con todo siquiera un segundo antes de que acabe con él.

Ni siquiera eso -que tiene su puntito- me hace ya gracia. Ni aún como esperanza.

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Bueno, pues ahí está esta inaudita paella. No se repetirá: la próxima vez, esté o no más o menos escrita, paella que no esté en su punto antes de las 23:59 del jueves, paella que va a la basura sin contemplaciones. Además de lo que además, estar sesenta horas pendiente de la puta paella, no paga. Lo siento.

La próxima -ejem- habría de ser -será, espero- el próximo jueves último día del tercer mes de invierno, aunque su último tercio sea ya primaveral: el 31.

A ver qué nos va a deportar esta próxima primavera que adivino tan interesante como finalmente decepcionante.

Por lo dicho.

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