Category Archives: No, si ya…

Epílogo

De la serie: No, si ya…

Bueno, pues, como diría Guareschi, todos los salmos acaban en gloria y la peripecia de Pablo Herreros acabó -bien- a última hora de la tarde de ayer. Acabar bien quiere decir que Mediaset, o sea, Telecinco, retiró la querella que había interpuesto contra Pablo. De puertas afuera, no incondicionalmente: fue un acuerdo en el que Pablo dijo (o tuvo que decir) que la libertad de las marcas para anunciarse donde les pluguiere sin quedar vinculadas a los contenidos del medio es absoluta y respetable.

Esta declaración puede ser una de dos cosas (o las dos juntas): o bien, un a la fuerza ahorcan, es decir, que Pablo se vio obligado a efectuar esta manifestación para librarse de la querella, lo cual sería perfectamente comprensible, es un padre de familia común y corriente al que estas cosas, como a todo el mundo, angustian muchísimo; yo también lo haría, sin dudar; o bien, por otra parte, se trata de una opinión libre y espontánea de Pablo, opinión, pues, que, como tal, es muy respetable.

Sin embargo, y pese a esta libre -en su caso- opinión de Pablo, me reitero en lo dicho aquí ayer mismo: las marcas forman parte principalísima de la financiación de un medio de comunicación y, por tanto, les guste o no les guste, declare quien declare lo que declare de grado o por fuerza, quedan vinculadas a las consecuencias de lo que diga o haga ese medio de comunicación. Con el tiempo, los súbditos, los que hemos perdido la condición de ciudadanos al haber cedido los políticos a las exigencias y apetencias de muchas de esas marcas, precisamente, aprenderemos a ser consumidores activistas, a hacer militancia de nuestro consumo. Lo que le ha pasado a Telecinco en los dos episodios que han movilizado a las redes sociales son una muestra aún pobre de lo que va a ser un futuro nada lejano. Hoy por hoy, aún no hay organización, las movilizaciones precisan de un motivo sentimentalmente potente y de un iniciador carismático, y las acciones tienen una fecha de caducidad sin duda cercana; en el último de los episodios en cuestión, lo que ocurría es que las víctimas, es decir, las marcas, no tenían margen de resistencia: con la campaña de Navidad encima -una Navidad que se prevé muy dura- no podían exponerse a boicots y a Telecinco le ocurrió lo mismo; probablemente, en febrero la cosa no se hubiera resuelto por lo menos tan deprisa. Pero es evidente que, con el tiempo, estas características negativas irán decayendo: el consumo activista se irá organizando, las entidades sucederán a los líderes carismáticos y la capacidad de boicot aumentará en seguidores, en intensidad y en permanencia espaciotemporal, es decir, en peso específico.

Las empresas, sobre todo las potentes, tendrán que crear unos puestos de trabajo que en España hoy no existen, los gestores de incidentes con el consumidor, y habrán de ser profesionales sólidos, duros, hábiles y muy formados, mucho más allá de los frecuentemente ectoplásmicos community managers que (algunos) emplean ahora.

Las lágrimas de cocodrilo -como las que ayer derramó la Asociación Española de Anunciantes-, las presiones de lobby, el soborno a políticos, las leyes a medida, en fin, todo el instrumental ad usum que en los ámbitos anti-copyright conocemos tan bien, no servirán absolutamente para nada, enfrentados al ejercicio unilateral de un derecho fuera de todo control, el de opción de compra.

Que se vayan acostumbrando, porque esto va a ser así. Punto pelota.

El eterno retorno

De la serie: No, si ya…

La razón de la fuerza:

«No solo hay instrumentos jurídicos y judiciales para pararlo [el referendum], además hay un Gobierno, este Gobierno, que está dispuesto a usarlos»

Soraya Sáez de Santamaría (La Madelón)

La fuerza de la razón:

«Venceréis, pero no convenceréis»

Miguel de Unamuno (Vasco -y, por ende, sospechoso- dirigiéndose a los prebostes franquistas en 1936 y con un par)

Ya lo decía yo

De la serie: No, si ya…

Almuerzo con un amigo, economista, que hace unos años -ya van siendo bastantes- fue compañero mío de trabajo -y ahora hacía cosa de un año o año y medio que no nos veíamos- y aún sin terminar el primer plato, pero ya hablando de la actual coyuntura, me espeta:

Todavía me acuerdo de cuando decías que los gilipollas de la FAI habían perdido el tiempo liquidando curas cuando podrían haberlo aprovechado tan bien ajusticiando banqueros, y yo pensaba: «Joder, cómo se pasa este tío». Y tantos años han tenido que pasar para acabar dándote la razón.

Y lo que me jode a mí haber tenido razón entonces y seguir teniéndola ahora.

😦

Glu, glu, glu

De la serie: No, si ya…

El Titanic vuelve a estar de moda, si es que en algún momento dejó de estarlo. Imagino que debe ser debido al morbo, perfectamente alimentado por varias películas que dedican, entre unas y otras, varias horas a darle vueltas al drama -como el niño antipático que no para de darle vueltas en la boca al bolo de comida- con el colofón final la impresionante visión de aquella mole yéndose a pique.

Que el drama está perfectamente prefabricado por los peliculeros, podemos observarlo comparándolo con una realidad que todos vivimos: el hundimiento de las torres gemelas de Nueva York, particularmente de la primera. Allí pudimos contemplar, en vivo y en directo, cómo morían centenares, miles, de personas y, sin embargo, nuestra impresión fue más… ¿cómo lo diría? política que humana. Nadie se aferró al brazo del sillón o de su pareja como, sin duda, muchos lo habrán hecho en algún momento de las escenas finales del dichoso Titanic. Y en lo de las torres gemelas murieron tres veces más personas que en el barquito; y eso, como dato conocido a toro pasado: en un primer momento, se estimó, muy racionalmente, que pudieron haber muerto sepultadas más de diez mil personas. Lo de aferrarse al brazo del sillón quedará, supongo, para cuando el cameron de turno haga la peliculita correspondiente, abarrotada de efectos especiales y ríete tú de El coloso en llamas. Ya verás, ya, bien dirigido, lo sensacional que quedará lo de la gente que se tira por las ventanas para no perecer quemada, con la particularidad añadida (ahí está el truco) de la identificación individual de los principales saltadores, que corresponderá, pieza por pieza, con los estereotipos de cualquier otra película de catástrofes, con la única variación, dependiendo del presupuesto, de que a los protas los vista Dior o los vista la modista de al lado. O ya me lo dirás, porque si me gasto la pasta o siquiera unos minutos de conexión para ver o bajarme el engendro en cuestión, me estará bien empleado todo lo que me pase.

Estaba viendo, unos minutos antes de ponerme a escribir, una entrada de Menéame sobre el particular y, para empezar, celebro mucho algún comentario escrito con los pies en el suelo porque, efectivamente, ha habido naufragios mucho más horrendos: el del Wilhelm Gustloff (más de 9.000 muertos) o el del Goya (más de 6.000 muertos); incluso en España podemos presumir de naufragio luctuoso: el del Castillo de Olite, que se tragó más de 1.400 vidas, apenas unas pocas decenas menos que las del Titanic.

Lo que ocurre es que todos estos casos constituyeron crímenes de guerra: los barcos fueron hundidos o bien por torpedos (el capitán del submarino ruso que hundió al Goya fue condecorado como «Héroe de la Unión Soviética», he aquí la catadura de los tales héroes y de quien así los intitulaba) o bien por fuego de artillería, que fue el caso del Castillo de Olite durante la guerra civil (en este caso, no obstante, no está tan claro que fuera un crimen de guerra: el buque transportaba únicamente tropas, lo que convierte su hundimiento en una acción de guerra, aunque el buque en sí fuera desarmado y estuviera averiado y mermado de maniobra).

Lo del Titanic tiene para una particular especie de gilipollas un valor añadido que, obviamente, no tienen los demás: el regodeo ante una tecnología punta vencida por la Naturaleza. Aunque al Titanic no lo hundió naturaleza alguna, sino una concatenación de estupideces humanas, siempre ha sido puesto como paradigma de la soberbia tecnológica frustrada por el mismo hatajo de analfabetos que da brincos de gozo cuando una tormenta de nieve deja bloqueado un aeropuerto, cuando un ordenador se cuelga o cuando un navegador GPS no señala el camino óptimo para llegar a un determinado destino (pese a que, por un camino o por otro, siempre nos hace llegar a ese destino, no como los botarates que se ríen de los navegadores y ni siquiera saben orientar un mapa).

Contrariamente, no se da valor alguno a los naufragios que, pese a su mortandad, se producen cada año en buen número en mares para nosotros exóticos, cascarones infectos abarrotados de gente y ampliamente sobrepasado (tanto que, a veces, llega a duplicarse) su capacidad de carga o de transporte humano y que, unos por otros, sobrepasan muy ampliamente los muertos del Titanic. Pero sobre esos, apenas hay películas ni dramas de cartón piedra, son simplemente indonesios, chinos, filipinos, malayos o gente rara parecida, que un mal día se ahogan como pollitos y apenas merecen más allá de cinco o seis centímetros cuadrados de página de periódico (y, por supuesto, de página muy adentro), que sólo alcanza algún efímero primer plano si entre tanto tercermundista ahogado hay algún europeo y no digamos si es español. Pero, aún en este caso, las cabezadas de lamentación -que no pasa de ahí la cosa- duran apenas unos segundos.

Como tantas otras muestras de la decadencia de nuestro modelo social, lo del Titanic no es más que una ínfima fruslería histórica sin importancia alguna, a la que el morbo, el cartón piedra y eso que llaman la magia del cine ha elevado a los altares de la mitología de un mundo occidental cuya molicie necesita emociones fuertes… pero a distancia -material o cronológica- segura. Igual que en el circo romano.

Pero espera a que se nos subleven los gladiadores y verás qué risa…

Asnos y asnas

De la serie: Esto es lo que hay

El lenguaje tiene género, no sexo. Esta obviedad (que yo he oído siempre a mi amigo Manuel Parra Celaya, sempiterno y sufrido profe de Lengua y Literatura a beneficio de los de la FP) no resulta serlo tanto para un montón de saltimbanquis del lenguaje políticamente correcto que, a fuerza de retorcerlo llega a no ser ni lenguaje ni, desde luego, correcto. Político, probablemente, sí. La Casta y sus corifeos han logrado que cualquier cosa que salga de la basura pueda ser catalogada como política sin apenas margen de error. Llega a ser tan brutal ese garrote vil lingüístico que hasta pervierten la otra palabra y resulta que cuando quieren decir «violencia familiar» o «violencia en el ámbito familiar» o «violencia conyugal» o «violencia doméstica», dicen «violencia… ¡¡¡de género!!!». Y eso, haciendo por mi parte el ímprobo esfuerzo de admitir -como simple hipótesis de trabajo, por un decir- el palabro violencia cuando el vocablo correcto, a los efectos del ejemplo, habría de ser «agresión» o, más específicamente (cuando es el caso), «homicidio». Advierto, adicionalmente, que todo ese conjunto de insultos al lenguaje, de injurias a la expresión correcta, de burreces, en definitiva, se producen en la misma medida también en la lengua catalana. No puedo hablar de la vasca, pero cuando oigo a alguien de por allí hablar de esta manera el -llamémosle como concesión, en este caso- castellano, imagino que también estarán ensuciando el euskera con toda esa mierda.

Yo empiezo todos los días meándome de risa -por no deshacerme en llanto- mientras escucho camino del trabajo a Juan Ramón Lucas, de Radio Nacional, maestro inefable, impagable e insuperable en todas las artes del lenguaje merluzo. Recomiendo escucharlo de buena mañana (yo lo hago a las siete y media) si se quiere recibir la reglamentaria ducha de corrección política, tanto en lo formal como en lo conceptual. Así llega uno a su puesto de trabajo bien armado de todos los recursos con que la botaratez dota al lenguaje para no caer en sospechas de vaya usted a saber qué si a cada masculino no le acompaña el correspondiente femenino o, mejor, viceversa: es aconsejable, además de pronunciar los dos géneros (y géneras), anteponer el femenino. Por si las moscas.

Los que así pensamos -que somos amplia mayoría, aunque casi todos se lo callen- hemos recibido hoy un bálsamo reparador en el artículo escrito por Ignacio de Bosque, académico de la RAE, y suscrito por veintiséis académicos de número y otros siete correspondientes, titulado Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer, en el que, analizando un buen montón de panfletos de los que propugnan, impulsan o incluso normativizan ese lenguaje propio de la chusma que lo utiliza, pone las cosas en su sitio de una forma racional y documentada, detectando machismo donde lo hay -generalmente algo agazapado, de forma que los idiotas de la moraleja ad usum son absolutamente incapaces de detectarlo- y poniendo en evidencia la supina estupidez del uso políticamente correcto del lenguaje, que no es sino, en definitiva, un uso incorrecto del mismo. Sin más: uso incorrecto.

Toda la farfolla de ciudadanos y ciudadanas, compañeros y compañeras, amigos y amigas, diputados y diputadas y el larguísimo, inacabable e insufrible etcétera con que nos agobian y nos aburren esos analfabetos funcionales un dia tras otro, una intervención tras otra, un discurso tras otro es, además de estúpida, de cargante, de cursi y de antipática, incorrecta. Resalto este fragmento del artículo que es para poner en pie al respetable: «Hay acuerdo general entre los lingüistas en que el uso no marcado (o uso genérico) del masculino para designar los dos sexos está firmemente asentado en el sistema gramatical del español, como lo está en el de otras muchas lenguas románicas y no románicas, y también en que no hay razón para censurarlo. Tiene, pues, pleno sentido preguntarse qué autoridad (profesional, científica, social, política, administrativa) poseen las personas que tan escrupulosamente dictaminan la presencia de sexismo en tales expresiones, y con ello en quienes las emplean, aplicando quizá el criterio que José A. Martínez ha llamado despotismo ético en su excelente libro El lenguaje de género y el género lingüístico (Universidad de Oviedo, 2008). No debe olvidarse que los juicios sobre nuestro lenguaje se extienden a nosotros mismos». Así de clarito lo dice el autor citado por el articulista: despotismo ético.

Y para tapar la boca a quienes por estas razones pudieran calificar de carcas (calificación siempre presta y recurrente) a los académicos, el redactor continúa en el párrafo siguiente: «He tenido la oportunidad de revisar recientemente una selección de textos de Soledad Puértolas, Maruja Torres, Ángeles Caso, Carmen Posadas, Rosa Montero, Almudena Grandes, Soledad Gallego-Díaz, Ángeles Mastretta, Carmen Iglesias y Margarita Salas, y puedo asegurar que ninguna de estas mujeres sigue las directrices contra el supuesto sexismo verbal que se propugnan en las guías que estoy comentando».

Menos mal, pues.

Quedan aún por resolver otras agresiones al lenguaje oficiadas por esa banda: el antes apuntado uso y abuso de la palabra «violencia» o, por otro ejemplo, la progresiva sustitución de las palabras «matrimonio», «marido» o «esposa» por pareja como si, después de tanto clamar por la igualdad -tantas veces mal entendida, por otra parte- se quisiera poner especialmente de relieve lo que, en definitiva, no es más que una situación administrativa o incluso burocrática. Nadie en estos tiempos -salvo en situaciones de ejercicio burocrático en las cuales puede eventualmente ser pertinente- le pide a una señora el libro de familia cuando presenta a un señor como «mi marido»; cuando esa señora presenta al tal señor como mi pareja, siempre me pregunto si hay alarde de situación fáctica o temor a especificidad administrativa: no se le vaya a ocurrir preguntarnos si estamos casados, no sea que se produzca una situación violenta. ¿Por qué -me pregunto yo- el señor de una pareja heterosexual de hecho no puede ser aludido como el marido de la señora? ¿O, incluso, uno de los señores de la pareja homosexual aludido por el otro? Misterios de lo políticamente correcto. Por si acaso se hieren susceptibilidades, el ejemplo vale lo mismo a la inversa: el señor aludiendo a su «esposa» o la señora de la pareja homosexual haciendo lo propio (no se me vayan a enfadar más aún los que a estas alturas deben estar poniendo a mis ancestros a la altura del betún).

De momento, haced caso de mi recomendación: leed íntegro el artículo.

Vale la pena.

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