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Parole, parole, parole

De la serie: Correo ordinario

Ada Colau fue ayer aplaudida a rabiar me atrevería a decir que por toda la sociedad. Así cabe deducirlo tanto de las redes sociales como de los comentarios que los lectores insertan bajo las noticias de la prensa pesebrera. Por no hablar de lo que se oye en la calle, en las tiendas, en los bares y demás. En mi percepción, la adhesión ciudadana a Ada Colau fue -es- masiva.

¿Masiva? ¿No unánime? No, unánime no. Como es lógico -esto no es el antiguo régimen búlgaro- por más atinada, racional, obvia y sabia que sea una afirmación, siempre tendrá discrepantes. Quizá pocos -como en el caso que nos ocupa- pero los habrá. Y es sano que los haya, porque la discrepancia -incluso contra lo que aparentemente es más de cajón- ayuda a la reflexión. Los discrepantes de Ada Colau -la mayoria de los que yo he visto- van por la vía de proclamar la reponsabilidad de quien suscribe un contrato, no admitiendo las razones de Ada sobre el engaño implícito en las contrataciones de créditos hipotecarios. Yo no estoy de acuerdo con esas objeciones, pero sí lo estoy en que la objeción, de algún modo, cabe.

Lo que me sorprende es otro hilo de… razonamiento de algunos discrepantes, de muchos de esos pocos: sostienen que cuando vierte esas expresiones (llamar criminal al representante bancario, por ejemplo) Ada Colau pierde toda la razón que podría asistirle.

Me quedo patidifuso.

Por más que me masturbo la mente -como dicen que dijo Manuel Jiménez de Parga en sede judicial añísimos ha, no sé si será una leyenda urbana- no alcanzo a comprender a través de qué mecanismo lógico una determinada expresión políticamente correcta o incorrecta aumenta o disminuye el grado de admisibilidad o inadmisibilidad (intrínseca) de una propuesta. Si alguien dice que tal cosa es un atraco, y es, efectivamente, un atraco, no veo en qué disminuye la cualidad de atraco del acontecimiento el hecho de calificar al atracador de hijo de puta, pongamos por caso. Bueno, pues, al decir de algunos, sí. Si dices que el atracador es un hijo de puta, resulta que ya no tienes razón y el atraco deja de ser un atraco. Con razón siempre pienso que los acróbatas estos de lo políticamente correcto tendrían que hacerse una lobotomía urgente. Y sobre todo, dejar de dar por el culo a los demás y a sus razones (al menos, cuando son intrínsecamente fundadas).

El tema del taco y/o de otros modos de violencia verbal o escrita, siempre ha sido objeto de controversia. A mí me hace mucha gracia que algunos -los hay- critiquen que en este blog escriba tacos… los mismos o parecidos tacos que mis críticos pronuncian a su vez en su vida cotidiana.

– ¡Ah, no es lo mismo!
– ¿No? ¿Por qué?

Silencio. Nadie sabe justificar por qué el taco es normal y disculpable de palabra, pero no lo es en el lenguaje escrito. Y nadie sabe justificarlo porque no se puede. Mucho más coherentes son los escasísimos ciudadanos que critican eso mismo pero, sin embargo, no utilizan tacos en su lenguaje común. Coherentes, pero con la misma carencia de razón y de razones.

Porque a mí que me expliquen por qué una palabra -la que sea- puede ser, por sí misma, objeto de valoración. La acepción 19ª de la palabra taco en el diccionario de la RAE dice: «coloq. Voto, juramento, palabrota». Y si buscamos palabrota, el DRAE nos dice: «despect. Dicho ofensivo, indecente o grosero». Lo de ofensivo lo entiendo (ahora iremos a ello). Lo de indecente o grosero no. Indecente o grosera puede serlo una idea, no la palabra que la expresa. En fin, no voy a meterme en honduras lingüísticas -ni este es el lugar ni yo soy tampoco un especialista en la materia- pero que alguien me explique (racionalmente, sin moralidades episcopales de mercadillo de saldos) por qué prostituta sí y puta no.

Cuestión distinta es lo ofensivo, porque eso es transitivo, eso tiene un destinatario, y más cuando la ofensa es, de algún modo, calificativa. Si a un señor se le llama hijo de puta, todos tenemos claro que se le está insultando gravemente, pese a que a nadie, absolutamente a nadie, se le pasa siquiera por la cabeza la idea de que la madre del motejado ofrezca profesionalmente y mediante precio cierto sus servicios sexuales; pero la cosa es distinta cuando a un señor se le llama criminal, siendo así que ese señor representa al colectivo bancario y el contexto es el de calificar de estafa un conjunto de actuaciones de dicho colectivo. Entonces estamos ante una agresión verbal.

Lo que voy a decir a continuación, debe entenderse con absoluta abstracción del valor jurídico del hecho que, quizá (o quizá no) llegue a establecerse judicialmente en algún momento. Es decir, no voy a entrar, ni a valorar, ni a aceptar, ni a rechazar que lo que le dijo anteayer Ada Colau al Rodríguez ese sea o no una injuria (o, como le llaman ahora, un atentado al honor, una intromisión en la intimidad o una flauta de Bartolo).

El hecho es que la agresión verbal se produce. Ada Colau podía haber dicho que el Rodríguez se expresó demagógicamente y que el comportamiento de los bancos fue eventualmente contrario a la ética social. Supongo que así hubiera mantenido completamente lisa la plácida superficie de las putrefactas aguas de lo políticamente correcto para satisfacción de los bienpensantes sepulcros blanqueados. Y hablando así, digan lo que quieran los fariseos, Ada Colau hubiera perdido una importantísima porción de su potencia expresiva. Porque el lenguaje rotundo tiene, entre otras, la virtud de dejar las cosas claras, sin confusión posible y, por la propia rotundidad, de crear el, llamémosle, efecto llamada que se pretende en las circunstancias del contexto. Llamar pan al pan y vino al vino, puede ser desagradable para espíritus en melífluo marasmo de estupidez, puede tener consecuencias jurídicas, acaso, pero llama la atención (los oyentes pasan a ser escuchantes, absurdo palabro -afortunadamente ya abandonado, parece- que tuvo cierto predicamento en la Radio Nacional de España de la gilipollez zapateril y que utilizo por una sola vez y sin que siente precedente) y, sobre todo, deja el mensaje claro y diáfano, sin reinterpretaciones posibles. Dos y dos son cuatro, y si cuatro es taco o verbalmente agresivo, San Joderse cayó en tal día, pero queda más que claro que no es cinco. Y -lo siento por el Rodríguez, en el caso concreto- suscita adhesión. Adhesión masiva, como en el caso concreto.

Si Ada Colau hubiera hablado de demagogias o de éticas sociales, su mensaje no hubiera tenido el impacto que tuvo ni hubiera suscitado la adhesión que suscitó, porque la claridad, la dureza y la agresividad -por más que disguste a los pacatos- vence y convence, cuando menos si la razón, por demás, le asiste. Las medias tintas no llaman la atención, es lo que podemos leer cada día en cualquiera de los periodicuchos del pesebre o el lenguaje -soso, aburrido, irritante por estúpido- que puede escuchárseles diariamente -vaya, al menos quien les aguante- a esos torpes y mediocres parlamentarios que sufrimos (y opíparamente pagamos). Además, el lenguaje de Ada sirvió no solamente para suscitar una adhesión masiva -toda vez que está claro que la mayoría de los ciudadanos coincide en sus calificativos y en otros muchísimo peores que ni siquiera Ada osó pronunciar- sino para lograr el afecto de atracción necesario para que todo su mensaje, y no sólo esa parte, fuera escuchado con atención. O sea que fue un lenguaje, además, eficaz.

Habrá que estar muy atentos a esta dama, porque tiene aptitudes para llegar mucho más lejos de a donde ha llegado y porque puede prestar a toda la ciudadanía servicios muchísimo más relevantes aún de los que está prestando.

Que no son moco de pavo, ojo.

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Con dos

De la serie: Rugidos

Manos, pies, orejas… Con todo aplaudo a Ada Colau, un gigantesco pedazo de señora. Ya conocíamos su obra, esas Plataformas de Afectados por la Hipoteca que nacieron de su mano en Cataluña y que se han expandido por toda España, que están haciendo un trabajo magnífico, que obtienen resultados y que están suscitando la admiración de toda la ciudadanía decente.

Pero es que, además, no se muerde la lengua y dice las verdades del barquero. He aquí lo que soltó ayer en sede parlamentaria, en la cara misma de Javier Rodríguez Pellitero, representante de la Asociación Española de Banca: «Se da crédito a presuntos expertos, como el representante de las entidades bancarias. No le he tirado un zapato porque he entendido que debía seguir aquí. Este señor es un criminal, no es un experto, y como tal deberían tratarle. Si gente que nos ha hundido en la miseria dice que la dación no es la solución, es que lo es».

Conminada por el representante de la Comisión, Santiago Lanzuela (del PP, casi no habrá ni que decirlo) a disculparse, Ada se negó en redondo.

Aquí lo tenéis, con vídeos y todo.

Con doscientas mujeres como Ada Colau, arreglábamos este país en tres meses. Lo grande es que las hay, seguro: sólo tenemos que encontrarlas, ayudarlas a que saquen esa fuerza que llevan dentro y respaldarlas todos a una. Sólo por una vía así podremos salir de esta.

Si no es así, ganará -y va ganando, ojo- la gentecilla del Rodríguez.

Ada: mi admiración, mi homenaje y, por supuesto, mi adhesión.

Apágalo

De la serie: Rugidos

La verdad jode, pero curte

De la serie: Rugidos

Conclusiones provisionales

De la serie: Esto es lo que hay

El «El País» de hoy, aparece una crónica de Marta Fernández Maeso en la que expone una serie de conclusiones sobre lo que han sido estos cuatro días #12M15M. Y, aunque yo matizaría algunas cosas (y cada cual, supongo, matizaría las suyas propias), me parece, como resumen o, si se quiere, como documento de principio para un debate, un artículo interesante y globalmente acertado. Ese resumen, en su máxima expresión, vendría a ser: se van concretando propuestas, pero se pierde la complicidad de la ciudadanía.

Lo de la complicidad de la ciudadanía cabe matizarlo: complicidad en lo que es el procedimiento de elaboración: está claro que, a la mayoría, esto de las asambleas no nos gusta; y a muchos, tampoco nos acaba de ir la propia estética con que se externalizan los distintos ámbitos del invento, aunque esto último ya es más personal y menos importante, pero lo cierto es que me desagrada la impresión de ver a gente en plan happening como vi el lunes, cuando, por la tarde, me acerqué a la plaza Catalunya. Quizá proyecto mi propio cartesianismo también sobre las apariencias: me gusta el orden y el método y me disgusta -a veces hasta la impugnación misma- incluso la simple apariencia de desorden y de dejadez, aún a sabiendas -como sé en algunos casos, si bien en no todos- que no constituyen un reflejo de la realidad. Pero, repito, esto de las apariencias es personal, aunque no debiera dejar de considerarse que somos legión quienes pensamos así.

Sin embargo, la complicidad, ampliamente considerada, no se ha perdido: los ciudadanos seguimos respondiendo masivamente a las manifestaciones y las diferencias de cifras que hubiera podido haber entre el 12-M de 2012 y el 15-M de 2011 no pueden apreciarse sin una buena lupa.

Y, bueno, pienso que eso no es necesariamente malo: tampoco puede pretenderse la presencia constante de grandes masas. La gran masa es necesaria en ocasiones puntuales, para apoyar el trabajo del pequeño grupo, que es el que funciona (lo cual, por cierto, desmiente la bondad del procedimiento asambleario masivo). Nunca han sido las grandes masas las que han llevado adelante a la Humanidad sino pequeñas élites que han corrido con el esfuerzo y con el sacrificio. Si realmente esas élites son democráticas, es decir, lo son en su propio funcionamiento interno (ahí, sí, el petit comité sí puede ser, digamos, asambleario e igualitario) y se alimentan de la adhesión ciudadana, se está en el buen camino. Por eso, supongo, han funcionado inventos como el movimiento antidesahucios y, por eso, supongo también, con la autora del artículo de «El País», que surgirán más inventos que irán paulatinamente convirtiéndose en proyectos verdaderamente serios y plausibles. Los que apuntan ahora mismo, como la campaña Desmontando Mentiras, son muy prometedores. Ah, la campaña Desmontando Mentiras, bien organizada, puede ser devastadora para el sistema, porque cuenta con la gran herramienta de la Red y cuenta, en ella, con multitudes ansiosas por reproducir a toda la rosa de los vientos, en todos los idiomas, el yo no soy tonto, el yo no soy tonto de verdad, no el del anuncio creado precisamente para tontos. Creo que es por ahí por donde hay que llevar al ciudadano: al trabajo en [pequeño] grupo y recordemos que nadie defiende mejor una obra que su autor.

Pero, de todos modos, sigue estando pendiente -si se quiere mantener, aunque sea puntualmente, para dos o tres ocasiones al año- la formulación de grandes propuestas capaces de mover voluntades en masa. Lo decía aquí mismo hace dos días: con formulaciones nebulosas y generalizadoras, las grandes masas cívicas irán perdiendo razones para la adhesión. Hay que amalgamar correctamente la gran propuesta, la gran consigna que moviliza masas, con la pequeña propuesta, con la constelación de pequeños proyectos que movilizan multitud de pequeños grupos altamente operativos.

Me gusta mucho, también, la tendencia a la desobediencia civil, porque es, creo, la forma idónea de radicalizar el 15-M sin dejar paso a la violencia que he propugnado aquí varias veces. Lo único que ocurre -pero ya estarán en ello, supongo y espero- es que la desobediencia civil puede ser mediáticamente manipulada y hay que articular, en cada caso, de forma rápida e incisiva recursos mediáticos que contrarresten al sistema. Recordemos cómo la petardez gubernativa ha asociado la desobediencia civil con el extremismo político y con una suerte de quasiterrorismo: eso hay que atajarlo rápido porque si no se corta bien y a tiempo, puede llevar desazón sobre todo al sector de más edad de la ciudadanía, que todavía recuerda referencias muy macabras… Pero la desobediencia civil es un recurso al que le tienen terror y como muestra, el intento -que yo creo que consumarán, los muy bandidos- de incluir en el código penal las conductas de desobediencia civil o la rapidez en mover el culo -aunque no cabe esperar grandes resultados- ante la insumisión autopistera en Cataluña. Sin embargo, esa desobediencia civil no puede quedarse ahí, en hechos aislados más o menos concatenados, sino que hay que concretarla también: hay que terminar con esa paz social de muertos vivientes que nos están imponiendo a puro golpe de miedo, hay que incrustarle al enemigo la idea de que sólo hay paz social con seguridad social (y daos cuenta de que lo escribo con minúsculas) y, por tanto, hay que meterse en el mundo de la empresa y meterse con procedimientos propios, ya que los sindicatos están momificados y esclerotizados, cuando no vendidos al enemigo (del que cobran, que no se rasguen tanto las vestiduras). Quizá la infiltración empresa a empresa de un sindicalismo verdaderamente independiente a cargo de guerrillas de sindicalistas independientes… pero necesitarían un importante apoyo exterior o serían fácilmente barridos. En fin, es ir dándole vueltas…

Bien, este #12M15M ha demostrado en sus manifestaciones masivas que sigue contando con apoyo masivo de la ciudadanía y que el 15-M 2011 no fué un estallido aislado; el trancurso de este año 2012 habrá de demostrar la viabilidad política de una gran variedad de proyectos y que los proyectos de éxito, como los grupos antidesahucio, no son, a su vez, casuales, sino fruto del trabajo y de la adhesión cívica a otra escala.

De modo que tendremos que ir todos levantando el culo de la silla y ver en qué podemos aportar un granito de arena, ver en qué podemos ser más útiles e ir haciéndolo ya. Ya dije que el vamos despacio porque vamos lejos no me convence; no porque no sea un planteamiento sabio, sino porque ya no es posible: las cosas están muy mal y van a peor de forma uniformemente acelerada, y el ir despacio puede provocar que muchos, demasiados, se queden -o nos quedemos- por el camino. No es tolerable y hay que pisar el acelerador.

Por mi parte, me pongo a buscar y a imaginar, pero, mientras tanto, si alguien tiene una buena sugerencia -una sugerencia concreta, con lugar fecha y hora, nada de generalidades en plan haz esto o podrías hacer lo otro- no caerá en saco roto. Soy bastante proactivo para los proyectos a los que creo que realmente puedo aportar algo y todavía podría arañar, siquiera, dos o tres horas semanales de aquí al verano. Si la cosa promete, después podrían ser aún más (yo me programo los años por cursos, no por ciclos solares).

Pero creo que esa es la actitud que debiéramos asumir todos porque los malos son pocos y cobardes, pero tienen muchísimo poder, gran abundancia de mercenarios armados (armados de porras y fusiles, pero también, y sobre todo, de boletines oficiales) y poquísimos escrúpulos, apenas ninguno.

Y lo que no hagamos nosotros, nadie, nadie, va a hacerlo por nosotros.

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