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No, conseller

De la serie: Pequeños bocaditos

Yo no pienso ayudarle a identificar a ningún presunto vándalo hasta que sus antidisturbios lleven bien visible y en tamaño suficiente su número de identificación.

Y si hablamos de vandalismo, por cierto, encarezca a sus muchachos que empiecen por dar ejemplo.

Cosas que cambian

De la serie: Pequeños bocaditos

Hace mucho tiempo, algún que otro año, me quejé iracundo en este mismo blog por un incidente que tuve en la hermosísima basílica barcelonesa de Santa Maria del Mar (probablemente la nave gótica más elegante de Europa). Estaba tomando unas fotografías con una cámara réflex sin utilizar el flash (prácticamente no lo utilizo jamás y menos para fotografiar arquitectura o monumentos de cualquier tipo), mientras treinta o cuarenta guiris, mayoritariamente japoneses, freían las piedras a relampagazos; y apareció un tipo con guardapolvo que tuvo que ir a tocarme los cojones precisamente a mí, con el cuento de que no estaba permitido tomar fotografías. Cuando un morro acojonante es tan evidente, yo ya no discuto, simplemente, envío a la mierda y, por tanto, respondí al sujeto en cuestión que, por mí, como si iba llamando a los GEOs, que yo no pensaba dejar de fotografiar. Obviamente, no vinieron los GEOs, y yo seguí fotografiando lo que me dio la gana.

Hoy, pasaba por allí procedente de la plaza de Sant Jaume, donde ha habido la parada de los coches de época del Rallye de Sitges, previa a la salida, y he entrado en la iglesia. Casi nunca dejo de hacerlo porque ese gótico sobrio y, como digo, elegante, me maravilla tanto más cuanto más lo veo y, a mí que me perdonen, pero ni siquiera la catedral de Burgos, que es magnífica, tiene el limpio y sencillo señorío de Santa Maria del Mar.

Y dentro, había decenas y decenas de turistas torturando el entorno a golpe de flash pero también fotógrafos aficionados de un cierto nivel, a la vista tanto de sus tomas como de sus equipos. Jo, sus equipos… Un cañón de aquellos deja mi humilde 70-210 al nivel de una escuchimizada pistolita de damisela. Y como llevaba el equipo, pues también aproveché y me puse a la faena.

Pues bien, no sólo no hemos sido en absoluto molestados sino que, en un momento dado, ha aparecido un cura, ataviado de ceremonial, y nos ha invitado -específicamente a los visitantes- en catalán, castellano e inglés, a escuchar una explicación de lo que es y de lo que representa Santa Maria del Mar, en clave catequista, eso sí (bueno, después de todo, tampoco va a pretender uno que un cura católico le explique la construcción de una basílica gótica en clave de lucha de clases y, en fin, el aviso no deja de ser una muestra de honradez intelectual). Todo ello sin hacer mala cara ni torcer mínimamente el gesto ante la masiva actividad fotográfica. En un momento determinado, ha comenzado; en castellano, que se ve que es el idioma que tocaba este domingo.

No he podido quedarme, lamentándolo muchísimo, porque el reloj manda, pero otro domingo lo haré. En todo caso, me he ido con un talante muy distinto al de la otra vez. La otra vez me largué de allí -no antes de haber fotografiado todo lo que me dio la gana, como ya he dicho- ciscándome en todo lo que llevara solideo. Hoy, me he ido habiéndome sentido b¡en recibido, así que he dejado un billetito (de los pequeños, que la cosa no está para bromas) en el primer cepillo que he encontrado.

No por pagar, sino por agradecer.

Fiesta en la radio pública

De la serie: Pequeños bocaditos

Se cumplen hoy 75 años de la primera emisión de Radio Nacional de España. En condiciones luctuosas e indeseables, pues nació en plena guerra civil como medio de propaganda de uno de los bandos (el franquista, obviamente). Pero eso ya es historia.

Mi impresión personal, no sé si generalizadamente compartida o no, es que Radio Nacional de España es uno de estos casos, tan típicos en nuestro cutre país, en que tenemos algo de calidad y no lo apreciamos. Yo no sé si será exagerado comparar a RNE con la BBC, quizá sí, pero lo cierto es que Radio Nacional constituye una cadena de emisoras públicas, tradicionalmente llevada adelante por profesionales de fuste, que ha mantenido un muy alto estándar de calidad por encima de los oleajes partitocráticos que ha tenido que sufrir. Quizá porque, menospreciada la radio pública en favor de la televisión por parte de las ratas de los partidos, las agresiones manipuladoras han sido menos intensas y menos difíciles de soslayar.

Tres cuartos de siglo que hoy celebran unos profesionales pero que deberíamos celebrar, y con mucho fasto, todos los españoles. Una radio que nació como instrumento de propaganda al servicio de media España, es hoy la radio de todos, y es un medio de comunicación público de muy alta calidad.

Felicidades, pues, a todos los profesionales que han hecho posible esa historia y ese nivelón y felicitémonos, más que nadie, todos los españoles. Aunque la inmensa mayoría del paisanaje o no se entere o no le importe.

Y así nos luce el pelo.

Mecachis en la mar

De la serie: Pequeños bocaditos

La realidad puede muchas veces consagrar situaciones tan estúpidas que no tendrían credibilidad ni en el cine. Por ejemplo, con el asunto este del barco, el Costa Concordia. Desde el domingo, en que se conoció la noticia, todos los expertos se han preguntado cómo es posible que a un barco nuevo y con la tecnología más avanzada le pase algo como esto, que embarranque. Después, a medida que fueron sabiéndose más cosas, nuestra capacidad de asombro fue siendo puesta a prueba: primero, el barco que, desviándose mucho de su ruta (tendría que haber dejado la isla de Giglio a estribor, como puede verse incluso en los mapas de Google) pasó por el otro lado y se acercó excesivamente a tierra, cosa que, además, hacía habitualmente, si hemos de creer al alcalde del pueblo; segundo, la razón de acercarse más aún de lo imprudentemente habitual: el capitán, en plan amo del cortijo, quiso obsequiar al mâitre de a bordo acercándolo a su pueblo a fin de mejor saludar y ser saludado por sus paisanos. O algo así, porque la cosa sigue pareciendo increíble. En todo caso, ni al mismísimo Gila se le hubiese ocurrido llegar tan lejos.

El signore capitano embarranca 140.000 toneladas de barco de lujo y pone en peligro a 4.000 pasajeros y tripulantes (tan en peligro que, en el momento de redactar estas líneas se contabilizan ya siete muertos y dieciocho desaparecidos sobre los que cabe poco o ningún optimismo) porque quería hacerle una gracia al mâitre. Parecería que, en vez de Costa Concordia, el barco hubiera debido haberse denominado Costa Valencia, porque sólo Camps y su Bigotes hubieran podido montárselo igual de cutre.

Alucinante.

Con todo el respeto al drama de los muertos y desaparecidos y al sentimiento de sus deudos, un acontecimiento tan chabacano sólo me remite a los párrafos de una conocida habanera que ilustra muy bien lo que parece que sucedió:

Cuando en la playa la bella Lola,
su larga cola, luciendo va,
los marineros se vuelven locos
y hasta el piloto pierde el compás.

Ay que placer
sentia yo,
cuando en la playa
sacó el pañuelo
y me saludó

A ver si no.

Humor guerrero

De la serie: Pequeños bocaditos

Llevo varios días viendo este simpático vídeo que, seguramente, muchos de vosotros conoceréis: es el Grupo Aéreo del buque de asalto anfibio de la Armada británica «HMS Ocean», que ha realizado una especie de felicitación de Navidad tipo lip dub con la pegadiza canción de Mariah Carey All I Want For Christmas Is You.

A mí me parece un invento realmente gracioso; habrá a quien no, por supuesto, y me parece muy bien: como suele decirse, para gustos, los colores.

Pero, a base de haber visto el vídeo unas cuantas veces (las dos o tres últimas, al específico efecto de lo que voy a hablar) me llama muchísimo la atención el hecho de que no se trata de un lip dub hecho por la marinería, sino que intervienen en él oficiales, y no pocos. He visto a varios alféreces de fragata, a dos o tres tenientes de navío, por lo menos a un capitán de corbeta y al primero que sale, el oficial con boina y mono de vuelo (impagable en su segunda aparición en la bañera), no he podido verle bien las divisas, pero juraría que son un rombo y una corona, lo que lo haría teniente coronel; por las alas, es, evidentemente, un piloto.

A lo que en definitiva voy: me pregunto si un lip dub así sería posible en un «Príncipe de Asturias» o en un «Juan Carlos I». Imagino que con un comandante socarrón y el permiso de dos docenas de almirantes, de esos que tenemos más que cabos, y no poco esfuerzo de insistencia y burocracia, podría conseguirse que autorizaran a la marinería para hacer algo así, previa visión y censura por parte del mando del resultado final (ya te puedes figurar: nada de mariconerías, nada de banderas por sombrero, casi nada de nada). Y, desde luego, ni soñar en que un oficial, ni siquiera un suboficial, participe en algo así (de cabo mayor para arriba, nada).

Como si la Armada británica fuera menos temible porque de cuando en cuando haga bromas de estas.

Es algo que no han conseguido ni el plan META, ni el plan NORTE, ni el plan Rataplán: que nuestras Fuerzas Armadas tengan corporativamente, oficialmente, sentido del humor.

Una pena.

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