Archivos en la Categoría: Rugidos

Hasta el año que viene

De la serie: Rugidos

Dejémonos de lugares comunes: 2012 ha sido una mierda y un drama para centenares de miles de familias y 2013 no va a ser mejor y hay grandes posibilidades de que incluso haga bueno a este que ahora acaba.

Provea cada cual para sí, pero nada de Dios con todos. Hemos de estar juntos y hemos de llevar a cabo un enorme esfuerzo de solidaridad. Solidaridad que, entendámonos bien, no quiere decir caridad, no es limitarse a dar al de al lado un poco de lo que nos sobra. Solidaridad es cogernos del brazo e ir todos a la calle juntos a patear los huevos al enemigo.

La solidaridad, hoy, en España, es gasolina.

Anuncios

Apágalo

De la serie: Rugidos

No pierda el tiempo suicidándose

De la serie: Rugidos

Bastó que un hombre se autoinmolara para que todo Túnez se levantara contra la opresión.

En España, llevamos ya no sé cuantos suicidios por causa directa de los desahucios. Hoy ha habido otro, en Peñafiel, y creo que con él nos acercamos a la media docena. Que sepamos, porque las estadísticas de suicidios y su evolución reciente, no es que se oculten, pero se meten cuidadosa y silenciosamente bajo la alfombra del Instituto Nacional de Estadística.

Nunca se sabe qué hay tras la desesperación de una persona cuando llega a estos extremos, al extremo de la autodestrucción. Aparte de la propia y extrema desesperación, claro. Yo no sé si en el último segundo antes de dar el paso al vacío, o de encender la cerilla sobre el embadurne de gasolina, o de apretar el gatillo, la desesperación -obviamente tan tremenda- deja siquiera un resquicio para la protesta o para la esperanza (la ciega esperanza, porque nunca se va a poder ver su buen o mal fin) de que ese acto tremendo va a ser la mecha que prenda el polvorín.

En España -y siento ser cruel- yo les diría a los futuros suicidas que no se cansen, que hagan lo que tengan que hacer impulsados por su propia desesperación y que, como en el infierno del Dante, abandonen toda otra esperanza. Sí, habrá unos cuantos centenares de personas decentes -bueno, si hace sol y no llueve, quizá miles- que mañana en Peñafiel o en cualquier otro lugar montarán un poco de pollo, pero no irá la cosa más allá. Veamos la realidad: las estaciones de esquí catalanas han estado este puente al 80%. No he mirado las del resto del país/estado/nación/lo-que-cojones-sea porque me figuro cifras parecidas; digan lo que digan Junqueras y sus acólitos, no somos distintos de los demás celtíberos. Y estos días de fiesta, en unas agradables terrazas de la plaza Maragall (por poner el simple y común ejemplo próximo a mi casa) tenían cola, una filita de gente esperando a que alguien terminara su aperitivo para emprender, a su vez, con el propio.

¿Hay crisis? Hay crisis. ¿Hay dramas? Hay dramas, qué duda cabe. ¿Va a haber estallido social? Pues, como decía «Hermano Lobo», el año que viene, si Dios quiere (pensando ya, obviamente, en el 2014, no en el 13 que, a estas alturas del calendario, ya no tiene entidad como año que viene). Porque lo que sigue habiendo en este país es sobrancia. Se oye hablar -incluso se lee en periódicos de esos calificables como de orden, o sea, casi todos- que el estallido social está a la vuelta de la esquina, pero de eso nada, monada. Mientras la gente tenga para el bareto (aunque sea con la mitad de cervezas y sustituya las gambas por esas infames patatas bravas) y para ir a esquiar (aunque en vez de hotel vaya al apartamento compartido con dos o tres familias amigas y se coma de bocata), aquí no va a haber ni estallido social ni hostias en vinagre.

Por lo tanto, sepa usted, mi querido y compadecido suicida, que todo lo que va a liar usted tirándose por la ventana, es un poquito de indignación en círculos muy concienciados, indignación, además, menguante a cada suicidio que pasa. Además, los del orden ese que le digo, arreglarán el asunto con seis centímetros de columna y si te he visto, no me acuerdo. Piense, futuro llorado, que -si no es mañana, será pasado- algún imbécil se cargará a su esposa o a su suegra, o a las dos, y eso será suficiente y sobrante como para que la memoria de usted vaya a hacerle compañía a su cadáver: al nicho, al hoyo, donde quiera que hayan metido lo que la fuerza de la gravedad, los mil y pico grados de la ignición hidrocarbúrica o la energía cinética del 9 parabellum hayan dejado de su cuerpo serrano.

Aquí, lo único efectivo que puede hacerse con ocasión del mutis final, es llevarse a alguno por delante para aliviarle presión al mundo. El único problema es a quién elegir porque, como el de los tontos, el número de hijos de la gran puta es infinito. Pero, en fin, siempre queda el pito pito colorito y, al que le toque, que arree.

La cuestión, pienso yo, es darse el bote prestando un último servicio.

A los “españolorros”, con todo mi odio

De la serie: Rugidos

En los tiempos terribles del terrorismo desencadenado y bestial, toda la crítica que se oía desde el poder -desde el sistema- era que la violencia es intrínsecamente perversa. No se les caía la palabra de la boca: la violencia. Hasta la masticaban con lenta y cuidadosa delectación los locutores del telediario: v-i-o-l-e-n-c-i-a. Ése era, al parecer, todo el mal. Todo era válido, defendible y sostenible, siempre que no se utilizara la violencia.

Las razones -o sinrazones- de fondo no importaban, todo estaba dado y hecho automáticamente: el problema era la violencia, y su solución, consecuentemente, el fin de la violencia. Acabada la violencia, acabado el problema.

Bueno, pues se acabó la violencia. Y lo celebro, claro que sí.

Pero…

Ahora resulta que el fin de la violencia no soluciona todo el problema. Se acabó la violencia, pero el problema persiste. Como ya sabíamos todos, menos los descerebrados y/o los sinvergüenzas y/o los hijos de la gran puta. Apúntese cada cual al correspondiente gremio, o a varios de ellos, que hay de tó.

Se acabó la violencia, pero el problema vasco, persiste. Nunca hubo violencia, pero el problema catalán renace, y renace sobre todo porque sus líderes -pese a no ser intelectualmente nada del otro jueves- dan doce mil vueltas a los otros gilipollas y les adelantan por la izquierda, por la derecha y por arriba, poniendo por delante lo de que todo va a ser pacífico y tranquilo.

¿Y ahora qué, imbéciles?

Ahora ya no hay violencia. Ahora -decíais cuando la había, capullos- todo puede defenderse, porque -gilipollas de mierda- como ya no hay violencia, todo es válido. Ahora, imbéciles, sois vosotros los que os veis obligados a utilizar la violencia quitando el bozal a vuestros perros de presa ordenándoles «¡Mata!». Sois igual de violentos. Sois igual de criminales. Pero, adicionalmente, sois estúpidos.

Ahora os pone en jaque un desgraciado que nunca fue más que un alfil de la Caixa, un individuo diseñado para ser un simple ínterin entre dos sucesores de una dinastía de nuevo cuño, un fracasado que pretendía imponer a sus funcionarios el trabajo por objetivos y a él se le van los suyos a la mierda a la primera de cambio. Y os pone en jaque solamente diciendo que está harto de vosotros y -ahí os pilla, so tarados- que todo va a ser pacífico y florido. Como, encima, le saquéis los tanques -que no lo haréis, porque, además de todos los imposibles, sois cobardes como un hatajo de gallinas mojadas- quedaréis como un cagarro en un gallumbo. Idiotas.

Y ahora, como un desplumado y patético gallo de Morón, sacáis a relucir la Constitución como si fuera el sagrario de las esencias patrias. ¡¡¡Desgraciados!!! Todo lo que podéis aducir a guisa de metafísica patriótica es ‫ un texto espúreo, anticuado, amarillento y putrefacto sobre el que eyaculan sus iras cuarenta y pico millones de españoles que en lo único en lo que están de acuerdo -por cuarenta y pico millones de motivos individuales y distintos- es en que eso es una perfecta mierda que sólo sirve para que se haga burla de su afán, de su trabajo, de su familia y de su futuro..

No es que la metafísica sea algo muy alegable ante un padre de familia que no puede poner un plato sobre la mesa de sus hijos, pero, por más que inútil, siempre es un intento, por lo menos, elegante. El problema para vosotros, chusma infecta, es que todos vuestras decenas de miles de asesores son incapaces, por propia inutilidad, de inocularos la menor molécula de elegancia intelectual. Sois escoria hasta la última dendrita de vuestras pobres y escasas neuronas.

Nunca supísteis defender -y mucho menos hacer sugestiva- la metafísica de España. Tampoco los otros supieron ni saben hacer lo propio con Cataluña o con el País Vasco, pero es que ellos no lo necesitan: vuestra propia necedad antiviolenta y constitucional, les da la ventaja resto, como dicen esos de la pelotita. Ellos se ríen de España, pero no saben explicar -lo de la metafísica y el plato en la mesa reza para todos- su propia patria; simplemente gozan de la ventaja dialéctica -que les habéis dado vosotros, sacos de mierda- de reirse de la idea de España, reducida al ridículo por sus propios gestores. ¿O te crees tú, coronelito estúpido, que tus tanques pueden convencer a nadie de lo que es, de lo que significa y de lo que representa un futuro de España, idiota? Puedes vencer, puedes aplastar, puedes masacrar -sobre todo si los de delante no tienen tanques, claro-; puedes silenciar, puedes imponer tu… ¿argumento?… sobre la mordaza del otro. ¡Memo! El otro tiene tan pocos argumentos como tú, pero tu mordaza, analfabeto infame, se los da regalados y amplificados a todo el orbe internacional.

Sois burros a rabiar.

Me gustaría, retrasados mentales, reirme de vuestro facaso, reirme del fracaso de vuestro patrioterismo zarzuelesco, descojonarme ante el demoronamiento de vuestra patria de opereta a manos de los profetas de otras patrias asimismo de sainete. Lo malo es que un proyecto nacional, algo que pudo ser bueno, que pudo ser serio, que pudo ser para todos, que pudo ser una España en la que todos pudiéramos proyectar nuestras ilusiones, que pudiera haber sido trampolín para nuestro futuro y el de nuestros hijos, sin importar si somos de campo o de ciudad, si hablamos catalán, gallego, euskera o castellano (que, hablando cada uno en nuestra lengua, todos habláramos en español), eso que pudo ser, digo, se puede estar yendo a la mierda.

Si es que no se fue a la mierda hace ya años. Corrompéis todo lo que tocáis

Y la culpa, cabrones, no es de los nacionalistas/separatistas/soberanistas/etcétera, que tienen que comer muchísima sopa antes de tener la menor entidad para formular un serio proyecto colectivo sugestivo y enervante, sino vuestra, de vuestra inanidad.

Ojalá que el día que todo lo que significa España se hunda, si os queda alguna decencia para derramar las lágrimas de Boabdil (cosa que dudo absolutamente) sean lágrimas de ácido sulfúrico y yo pueda ver, antes de desaparecer en el desastre, vuestro llanto y vuestra incineración.

Pero no.

Antes os veré convertidos en catalanes y vascos. Menudos sois.

Hijos de la gran puta.

…Y parió la abuela

De la serie: Rugidos

Si Maquiavelo levantara la cabeza, menudo puntapié le propinaría al ministro Wert. «Es peor que un crimen: es una estupidez»: he oído esta frase con su autoría atribuida a Talleyrand, a Fouché y a un ignoto cardenal renacentista, pero, cualquiera que sea su autor, es igualmente aplicable a lo que ha hecho este nefasto ministro. Desde luego, está claro que la historia de los ministros de Cultura y de Educación de este país (juntos, revueltos o por separado) es la historia del despropósito, de la cerrilidad, de la ignorancia y de la negligencia más supinas.

Wert, sin embargo, tiene un mérito por el que sus antecesores hubieran dado una mano: neutralizar -si así puede decirse- al lobby internauta, como gustan de motejarnos ciertos mentecatos para ocultar su propia venta (barata, encima, en muchos casos) a los lobbyes de verdad. En realidad, no es que nos haya neutralizado, es que nos hemos tenido que poner a la cola, a una larguísima cola, de rectores, catedráticos, profesores y alumnos de universidad, de profesores y alumnos de enseñanza primaria y secundaria, de padres de escolares, de investigadores y científicos, de escritores, autores, actores, cineastas, músicos, exhibidores cinematográficos, promotores teatrales, directores de museos y de bibliotecas y un larguísimo etcétera, todos los cuales, en el más benévolo de los casos, le están deseando un buen forúnculo en el culo. Ello no obstante, por lo que se oye de sus estrambóticos anteproyectos de modificación -ya no se sabe si por el canal ordinario o vía decreto-ley- de la Ley de Propiedad Intelectual, puede que, pese a todo, consiga volver a ponernos en la cresta de la ola.

Pero es que lo de ahora es gravísimo. El anteproyecto de Ley Orgánica para la mejora de la calidad educativa, muy polémico -por no decir otra cosa más gorda- en Cataluña, aparte de que es una barbaridad (en este país, vamos de un extremo a otro sin que parezca existir el término medio, hala, de Escandinavia al Congo o viceversa), no puede ser más inoportuno, justo con la que hay liada por aquí.

Cualquiera que sea la postura ideológica de cada cual (izquierda o derecha) o su actitud respecto a la España regional (independentista o unionista), nadie discutirá, imagino, que hay un porblema muy gordo en Cataluña (o, según se mire, en España; más bien en ambas); un problema que tiene sus causas de fondo y sus estupideces de superficie, pero un problema, en todo caso, enorme: la región económicamente más importante, socialmente más avanzada, la tradicionalmente tenida por más europea (desde hace, podría decirse, siglos), que tiene el 18% de los habitantes del conjunto del país (es decir, casi una quinta parte), con frontera directa, por Francia, con Europa, uno de los más importantes puertos (y puertas) del Mediterráneo y muchos etcéteras más que podrían añadirse, desde esta región, decía, se produce una impugnación institucional (institucional, ojo, porque la promovió el propio presidente de la Generalitat) de su pertenencia al conjunto español, y, tras unas elecciones de claro fondo plebiscitario, esa impugnación, sobre el partido en el poder y sobre otros partidos, obtiene prácticamente un 50 por 100 de los votos emitidos, más otro 13 por 100 de unos tíos raros que dicen que ni sí ni no, sino todo lo contrario, siendo el resultado más favorable al independentismo de toda la historia desde la Edad Moderna. Con este ambientillo, a Wert no se le ocurre nada más ni mejor que liarla parda a cuenta del más delicado -más allá de toda duda- de todos los temas posibles en relación a Cataluña: la lengua.

¿De qué va este tío? ¿Qué pretende? ¿Una ruptura definitiva, irreversible y a corto plazo? ¿Es así como cree ese individuo que se templan gaitas en ocasiones gravísimas? ¿Qué especie de espíritu santo ha bajado para decirle a ese que lo de Cataluña no pasa de ser una boutade que no llegará a nada y que, hala, barra libre? ¿A qué aire se cree que ha dejado el culo expuesto a los catalanes que no somos independentistas, que, además, según por dónde tiraran los tíos raros podríamos estar en minoría y que, encima, estamos en precario, porque no tenemos un modelo único alternativo, sino que entre centralistas, autonomistas, federalistas y no sé cuántas hierbas más formamos tropecientas familias distintas? ¿A qué retrete arroja ese elemento el intento de algunos -yo, modestamente, entre otros- de argumentar con contenido, con perspectiva, con gran angular, admitiendo los problemas reales en la medida en que existen, de buscar un entendimiento que, hasta que ayer supe de ese anteproyecto, parecía posible aún con las posturas más enconadas? Pero… ¿sabe ese insolvente lo que hace?

Qué vergüenza. Qué ignominia…

A %d blogueros les gusta esto: