Una simple cuestión de fechas

De la serie: Esto es lo que hay

Tras el escándalo que culminó el fin de semana anterior a este último, marcado por el punto álgido del caso Bárcenas, parecería que después de la tempestad ha renacido algo la calma, y un incompetente como Rajoy, que cree de verdad que dejando pasar el tiempo las cosas se arreglan por sí solas, puede estar, a estas horas, pensando que lo peor ya ha pasado. No sólo él: la Casta en pleno, puede llegar a pensarlo también. Y creerá asimismo que dentro de un tiempo, más corto o más largo, volverá a venir otra movida pero que, en defintiva, igual que esta reciente, igual que todas, pasará y que podrán seguir diciendo, como siempre, aquello de …y luego, incontinente, caló el chapeo, requirió la espada, miró al soslayo, fuese… y no hubo nada. Y a vivir, que son dos sobres. No hagáis caso de los titulares, chicos, no hagáis caso de las redes sociales, no hagáis caso de lo que se oye por la calle (supuesto y no admitido que esa tropa pueda oir algo procedente de la calle), no hagáis caso de manifestaciones… tranquilos, ya se les pasará.

En su inconsciencia, en su infinita negligencia, en su tremenda irresponsabilidad, en su apabullante mediocridad, parecen no darse cuenta de que no están experimentando una temporadita de tormentas, un invierno más o menos crudo tras el cual llegará la primavera, sino que está aconteciendo un verdadero cambio climático. No ven -o no quieren ver- que en estos precisos momentos, el pueblo español, les guste o no, le está dando carpetazo a la Transición. Se acabó el negocio, chicos. Pero en esto nuestros políticos se parecen a las discográficas, empecinados unos y otros en no querer ver la realidad y en sostener el machito a costa de lo que sea y contra viento y marea. Parecen ignorar que la sentencia ha sido ya pronunciada y que la única cuestión ahora es ponerle fecha de ejecución, pero ya nada más, ya sólo está todo pendiente de un detalle puramente técnico.

Y ya no es que lo diga yo, es que es voz extendidísima, y cotidiana, entre los politólogos. Entre los politólogos serios, claro está, no entre los tertulianos y los pesebreros de toda laya. El otro día, Ada Colau se instituyó, quizá sin quererlo, en la encarnación (sin top less, eso sí) de aquella Libertad guiando al pueblo que pintara Delacroix. Con unas cuantas verdades del barquero puso en pie al respetable (yo incluido) pletórico de entusiasmo; y eso que, como dice ella, fue muy moderada, porque la realidad de lo que sucede y las expresiones verdaderamente procedentes y sin ambages que habría que dirigir a esos canallas son muchísimo más duras. Pero es que ya no es sólo Ada Colau, por más que sea la estrella del momento y, seguramente, la líder del futuro, es que es una sociedad entera puesta en pie sector por sector.

El sector sanitario está en pie de guerra. El sector educativo está en pie de guerra. Otros sectores de servicios públicos están en pie de guerra. Los jubilados están en pie de guerra. Y otros sectores más se irán incorporando a la guerra, no porque aún no hayan sufrido la agresión de la ominosidad que tenemos todos encima, sino porque están en fase más atrasada o de ira o de coordinación.

Ayer, el Borbón fue sonoramente pitado por un pabellón entero en la más española de las provincias vascas al inicio de una final calzoncillera; y si es verdad que uno de los equipos en liza tiene una mayoritaria -o más escandalosa- orientación independentista, el otro, en cambio, valenciano, debería pintar todo lo contrario. Y sin embargo, ahí están las imágenes y su sonido para certificar la participación del entero recinto (fijaos, por ejemplo, en la poquísima gente a la que se ve aplaudir). Es muy imprudente sacar conclusiones de algo tan vago como una pitada de esta clase, pero yo me arriesgo a decir que esa pitada no era mayoritariamente de independentismo -aunque indudablemente hubo ahí un componente de ello de cierta importancia- sino de hartazgo cívico, fue una bronca a las estructuras del Estado sobre su propia cabeza. A las estructuras: no creo, en este concreto caso, que al Estado mismo.

La desobediencia civil, en muy diversas manifestaciones, muchas de las cuales están aún por aparecer -y aparecerán-, se va extendiendo como un reguero de pólvora. Casi medio millón de desahucios en cinco años, seis millones de parados aunque al infecto Rosell no le guste, sueldos recortados, trabajo precarizado, establecimientos que se cierran por millares, emprendedores que se estrellan, jóvenes a la más brutal intemperie, emigración profesional, el sector privado depredando los servicios públicos… y todo esto en una línea ascendente cada vez más empinada. ¿Cuánto creen que va a aguantar este tinglado?

La respuesta es difícil, es muy complicado hacer una agenda, sobre todo porque aún hay mucha gente que, sobre no estar mal del todo, cree -con razón o sin ella, y más bien sin ella- que continuará en ese no estar mal indefinidamente. También es una buena peña de irresponsables: si las cosas continúan deteriorándose de esta manera, nadie, absolutamente nadie está a salvo de la ruina o, cuando menos, de la precariedad económica severa. No hay ningún trabajo completamente seguro. Y cuando digo ninguno, digo ninguno. Por lo tanto, imagino que cuando a los sectores aún sobrados (que los hay: mira los bares, mira los cines, mira las estaciones de esquí) les sobrevenga el cataclismo o, de otro modo, le vean las orejas al lobo con toda diafanidad, sin que ningún falso consuelo pueda tapar el engaño, será cuando la agenda empiece a tener fechas; fechas que, le conviene a la Casta no olvidarlo, son de caducidad. O de ejecución, como decía al principio; que lo miren como quieran. Pero que sepan que la agenda, aunque aún en blanco, está ya encima de la mesa.

La opción es de dirección única: o se reestructuran ellos, o lo reestructuramos todo nosotros. Pero ojo, que no se les ocurra intentar el engaño cosmético: su credibilidad está tan a la altura de la mierda, que se les destaparía la olla prácticamente en el acto y ya no está el horno para muchos bollos de ollas destapadas. Si se creen que van a poder desdeñar la ILP promovida por la PAH para sustituirla por sus cutres y tramposos parches que no arreglan nada (si es que no lo empeoran todo aún más) y que no va a pasar nada, que la cosa va a colar, están muy equivocados. Lo harán en primera instancia, claro, para eso tienen el BOE, pero, a la larga, no será sino un capítulo más para una causa general.

El sistema tiene que rehacerse de arriba a abajo. Una segunda Transición, si así quieren llamarlo. Una segunda Constitución, en todo caso. Bien, si quieren, que digan que es una reforma de la primera, no importa el nombre que le pongan. Pero el sistema tiene que cambiar de arriba a abajo.

Ellos mismos. Después, que no vengan berreando como plañideras.

Parole, parole, parole

De la serie: Correo ordinario

Ada Colau fue ayer aplaudida a rabiar me atrevería a decir que por toda la sociedad. Así cabe deducirlo tanto de las redes sociales como de los comentarios que los lectores insertan bajo las noticias de la prensa pesebrera. Por no hablar de lo que se oye en la calle, en las tiendas, en los bares y demás. En mi percepción, la adhesión ciudadana a Ada Colau fue -es- masiva.

¿Masiva? ¿No unánime? No, unánime no. Como es lógico -esto no es el antiguo régimen búlgaro- por más atinada, racional, obvia y sabia que sea una afirmación, siempre tendrá discrepantes. Quizá pocos -como en el caso que nos ocupa- pero los habrá. Y es sano que los haya, porque la discrepancia -incluso contra lo que aparentemente es más de cajón- ayuda a la reflexión. Los discrepantes de Ada Colau -la mayoria de los que yo he visto- van por la vía de proclamar la reponsabilidad de quien suscribe un contrato, no admitiendo las razones de Ada sobre el engaño implícito en las contrataciones de créditos hipotecarios. Yo no estoy de acuerdo con esas objeciones, pero sí lo estoy en que la objeción, de algún modo, cabe.

Lo que me sorprende es otro hilo de… razonamiento de algunos discrepantes, de muchos de esos pocos: sostienen que cuando vierte esas expresiones (llamar criminal al representante bancario, por ejemplo) Ada Colau pierde toda la razón que podría asistirle.

Me quedo patidifuso.

Por más que me masturbo la mente -como dicen que dijo Manuel Jiménez de Parga en sede judicial añísimos ha, no sé si será una leyenda urbana- no alcanzo a comprender a través de qué mecanismo lógico una determinada expresión políticamente correcta o incorrecta aumenta o disminuye el grado de admisibilidad o inadmisibilidad (intrínseca) de una propuesta. Si alguien dice que tal cosa es un atraco, y es, efectivamente, un atraco, no veo en qué disminuye la cualidad de atraco del acontecimiento el hecho de calificar al atracador de hijo de puta, pongamos por caso. Bueno, pues, al decir de algunos, sí. Si dices que el atracador es un hijo de puta, resulta que ya no tienes razón y el atraco deja de ser un atraco. Con razón siempre pienso que los acróbatas estos de lo políticamente correcto tendrían que hacerse una lobotomía urgente. Y sobre todo, dejar de dar por el culo a los demás y a sus razones (al menos, cuando son intrínsecamente fundadas).

El tema del taco y/o de otros modos de violencia verbal o escrita, siempre ha sido objeto de controversia. A mí me hace mucha gracia que algunos -los hay- critiquen que en este blog escriba tacos… los mismos o parecidos tacos que mis críticos pronuncian a su vez en su vida cotidiana.

– ¡Ah, no es lo mismo!
– ¿No? ¿Por qué?

Silencio. Nadie sabe justificar por qué el taco es normal y disculpable de palabra, pero no lo es en el lenguaje escrito. Y nadie sabe justificarlo porque no se puede. Mucho más coherentes son los escasísimos ciudadanos que critican eso mismo pero, sin embargo, no utilizan tacos en su lenguaje común. Coherentes, pero con la misma carencia de razón y de razones.

Porque a mí que me expliquen por qué una palabra -la que sea- puede ser, por sí misma, objeto de valoración. La acepción 19ª de la palabra taco en el diccionario de la RAE dice: «coloq. Voto, juramento, palabrota». Y si buscamos palabrota, el DRAE nos dice: «despect. Dicho ofensivo, indecente o grosero». Lo de ofensivo lo entiendo (ahora iremos a ello). Lo de indecente o grosero no. Indecente o grosera puede serlo una idea, no la palabra que la expresa. En fin, no voy a meterme en honduras lingüísticas -ni este es el lugar ni yo soy tampoco un especialista en la materia- pero que alguien me explique (racionalmente, sin moralidades episcopales de mercadillo de saldos) por qué prostituta sí y puta no.

Cuestión distinta es lo ofensivo, porque eso es transitivo, eso tiene un destinatario, y más cuando la ofensa es, de algún modo, calificativa. Si a un señor se le llama hijo de puta, todos tenemos claro que se le está insultando gravemente, pese a que a nadie, absolutamente a nadie, se le pasa siquiera por la cabeza la idea de que la madre del motejado ofrezca profesionalmente y mediante precio cierto sus servicios sexuales; pero la cosa es distinta cuando a un señor se le llama criminal, siendo así que ese señor representa al colectivo bancario y el contexto es el de calificar de estafa un conjunto de actuaciones de dicho colectivo. Entonces estamos ante una agresión verbal.

Lo que voy a decir a continuación, debe entenderse con absoluta abstracción del valor jurídico del hecho que, quizá (o quizá no) llegue a establecerse judicialmente en algún momento. Es decir, no voy a entrar, ni a valorar, ni a aceptar, ni a rechazar que lo que le dijo anteayer Ada Colau al Rodríguez ese sea o no una injuria (o, como le llaman ahora, un atentado al honor, una intromisión en la intimidad o una flauta de Bartolo).

El hecho es que la agresión verbal se produce. Ada Colau podía haber dicho que el Rodríguez se expresó demagógicamente y que el comportamiento de los bancos fue eventualmente contrario a la ética social. Supongo que así hubiera mantenido completamente lisa la plácida superficie de las putrefactas aguas de lo políticamente correcto para satisfacción de los bienpensantes sepulcros blanqueados. Y hablando así, digan lo que quieran los fariseos, Ada Colau hubiera perdido una importantísima porción de su potencia expresiva. Porque el lenguaje rotundo tiene, entre otras, la virtud de dejar las cosas claras, sin confusión posible y, por la propia rotundidad, de crear el, llamémosle, efecto llamada que se pretende en las circunstancias del contexto. Llamar pan al pan y vino al vino, puede ser desagradable para espíritus en melífluo marasmo de estupidez, puede tener consecuencias jurídicas, acaso, pero llama la atención (los oyentes pasan a ser escuchantes, absurdo palabro -afortunadamente ya abandonado, parece- que tuvo cierto predicamento en la Radio Nacional de España de la gilipollez zapateril y que utilizo por una sola vez y sin que siente precedente) y, sobre todo, deja el mensaje claro y diáfano, sin reinterpretaciones posibles. Dos y dos son cuatro, y si cuatro es taco o verbalmente agresivo, San Joderse cayó en tal día, pero queda más que claro que no es cinco. Y -lo siento por el Rodríguez, en el caso concreto- suscita adhesión. Adhesión masiva, como en el caso concreto.

Si Ada Colau hubiera hablado de demagogias o de éticas sociales, su mensaje no hubiera tenido el impacto que tuvo ni hubiera suscitado la adhesión que suscitó, porque la claridad, la dureza y la agresividad -por más que disguste a los pacatos- vence y convence, cuando menos si la razón, por demás, le asiste. Las medias tintas no llaman la atención, es lo que podemos leer cada día en cualquiera de los periodicuchos del pesebre o el lenguaje -soso, aburrido, irritante por estúpido- que puede escuchárseles diariamente -vaya, al menos quien les aguante- a esos torpes y mediocres parlamentarios que sufrimos (y opíparamente pagamos). Además, el lenguaje de Ada sirvió no solamente para suscitar una adhesión masiva -toda vez que está claro que la mayoría de los ciudadanos coincide en sus calificativos y en otros muchísimo peores que ni siquiera Ada osó pronunciar- sino para lograr el afecto de atracción necesario para que todo su mensaje, y no sólo esa parte, fuera escuchado con atención. O sea que fue un lenguaje, además, eficaz.

Habrá que estar muy atentos a esta dama, porque tiene aptitudes para llegar mucho más lejos de a donde ha llegado y porque puede prestar a toda la ciudadanía servicios muchísimo más relevantes aún de los que está prestando.

Que no son moco de pavo, ojo.

Con dos

De la serie: Rugidos

Manos, pies, orejas… Con todo aplaudo a Ada Colau, un gigantesco pedazo de señora. Ya conocíamos su obra, esas Plataformas de Afectados por la Hipoteca que nacieron de su mano en Cataluña y que se han expandido por toda España, que están haciendo un trabajo magnífico, que obtienen resultados y que están suscitando la admiración de toda la ciudadanía decente.

Pero es que, además, no se muerde la lengua y dice las verdades del barquero. He aquí lo que soltó ayer en sede parlamentaria, en la cara misma de Javier Rodríguez Pellitero, representante de la Asociación Española de Banca: «Se da crédito a presuntos expertos, como el representante de las entidades bancarias. No le he tirado un zapato porque he entendido que debía seguir aquí. Este señor es un criminal, no es un experto, y como tal deberían tratarle. Si gente que nos ha hundido en la miseria dice que la dación no es la solución, es que lo es».

Conminada por el representante de la Comisión, Santiago Lanzuela (del PP, casi no habrá ni que decirlo) a disculparse, Ada se negó en redondo.

Aquí lo tenéis, con vídeos y todo.

Con doscientas mujeres como Ada Colau, arreglábamos este país en tres meses. Lo grande es que las hay, seguro: sólo tenemos que encontrarlas, ayudarlas a que saquen esa fuerza que llevan dentro y respaldarlas todos a una. Sólo por una vía así podremos salir de esta.

Si no es así, ganará -y va ganando, ojo- la gentecilla del Rodríguez.

Ada: mi admiración, mi homenaje y, por supuesto, mi adhesión.

¿Todo es un espejismo?

De la serie: Esto es lo que hay

Bárcenas dice que los apuntes no son suyos y que, de hecho, no es su letra (aunque, si hemos de hacer caso a uno o dos medios, varios peritos calígrafos han asegurado que sí lo es). Rajoy dice que él no ha visto un duro ilegal, ni para sí ni para otros (aunque, a confesión de parte, admite que dos o tres de esos apuntes pueden ser ciertos, pero a modo de flauta que sonó por casualidad). Ana Mato, fíjate, ni siquiera se entera de facturas de siete mil euros. Oriol Pujol es inocente como un pajarito. Urdangarín, faltaría más, también: lo único que hizo fue entretenerse -en la familia real, al parecer, se aburren mucho- con una fundación sin ánimo de lucro, pero sin pillar euro para sí; y su santa esposa menos, no faltaría más. Convergència Democràtica de Catalunya (la C de CiU) tiene su sede embargada cautelarmente para responder de una posible implicación en causa de financiación ilícita alrededor del caso del Palau de la Música; Unió Democràtica de Catalunya (la U de CiU) tuvo que retratarse el otro día en un buen montón de miles de euros como responsable civil subsidiario por el marraneo de algunos de sus cargos -convictos y confesos, esos deben ser los únicos que ya no son inocentes– con los dineros de fondos europeos que deberían haber sido destinados a la formación de trabajadores. El Fabra aquel del aeropuerto, también es inocente pío pío a la par que afortunado en la lotería; Camps, vergonzosamente declarado inocente por un jurado que debería ser investigado a fondo (las pruebas eran de cajón) ya lo era antes de tan berroqueño veredicto (que creo que está recurrido, pero, en fin…). Inocente lo es también Pepiño, no faltaría más, como inocentes lo son también los del marraneo de los ERE en Andalucía.

Si esto fuera Japón, tendríamos que arremangarnos los pantalones para no ponernos perdido el dobladillo, de los arroyos de sangre de seppuku que correrían, pero aquí no, aquí todo el mundo es inocente, no faltaría más. 300 políticos imputados por marranerías diversas son inocentes y puros como un lirio blanco.

Total: que aquí no hay corrupción. Es un completo invento de dos o tres plumíferos malintencionados y de un montón de ciudadanos incautos que nos tragamos la trola. No es más que eso. Nada más. Aquí no hay tráfico de influencias, ni venta de favores, ni sobres, ni comisiones, ni licitaciones amañadas, ni sobreprecios fraudulentos… nada. Todo es falso, todo es mentira.

Y lo que hay son sinvergüenzas al cuadrado. Sinvergüenzas intrínsecos, por meterle la mano en el cajón y sinvergüenzas, adicionalmente, por tener el morro de negarlo por más que hayan sido pillados poco menos que in fraganti.

Aquí lo que hay es una entera clase política completamente corrupta. Completamente. Que no me vengan con leches de que no todos son iguales. Ya lo creo que lo son. Las excepciones se cuentan con los dedos del culo. Porque están los que cobran pero, sobre todo -y esos son igual de culpables- están los que saben y callan. Y están -y siguen siendo igual de culpables- los que no supieron, pero que, cuando se destapa la olla, apoyan al corrupto, lo cubren, lo arropan, en vez de arrojarlo a las tinieblas y al escarnio..

Precisamente ayer o anteayer leía un lúcido artículo de José Antonio Zarzalejos -antiguo director de ABC y que, al parecer, conoce personalmente a Rajoy, cosa que no es sorprendente- escrito en forma de carta abierta, en el que manifiesta sus dudas de que Rajoy pillara un euro para sí -dudas que quizá vayan a verse desmentidas, según parece- pero le reprocha que cubra como está cubriendo a los corruptos. Esa es la gran corrupción: que todos, de alguna manera están pringados, todos son deudores de los corruptos propiamente dichos, todos están pillados, todos tienen algún documento que les compromete en manos de algún inocente.

Se apoderaron de las cajas y las saquearon a modo, causando con ello parte del problema financiero, económico y social que tiene este país ahora, el más grave desde la posguerra: sólo los octogenarios recuerdan momentos tan difíciles, porque desde que, a mediados de los cincuenta, este país empezó a levantar el vuelo, no se recuerdan etapas tan económicamente negras y, sobre todo, con tanta desesperanza en el futuro. Nos han arruinado y han arruinado a nuestros hijos. Se han gastado en putas -en no pocos casos, además, literalmente- nuestra ilusión, nuestra confianza, nuestra fe en nosotros mismos, nuestro futuro, las familias de nuestros hijos… Aunque hasta hoy apenas me lo habia planteado, nunca como hoy veo tan difícil y tan negro llegar a tener nietos algún día, a no ser que mis hijas corran riesgos que no sé yo si serán asumibles… Y van los hijos de la gran puta y dicen que son inocentes.

Sólo el cadalso -después de un Nüremberg ejemplar- podría lavar su iniquidad, pero parece que ya no es hora histórica de cadalsos. Lástima. De verdad que es una lástima, porque el estruendo de unas trampillas abriéndose una madrugada en Spandau, proscribieron en última instancia el nazismo declarándolo maldad absoluta, prohibiéndolo incluso en lo intelectual. Lo que nos ha hecho esa puta chusma de la clase política no merece menos.

Ellos, esos inocentes son los culpables de más de seis millones de parados (esa cifra de los seis millones… qué significativa coincidencia ¿no?), de una entera juventud a la intemperie con más de la mitad de sus miembros sin trabajo y sin esperanzas de hallarlo (y mira qué calidad de empleo los que lo tienen), de la ruina por desahucio de miles y miles de familias, de centenares y centenares de suicidios causados por la ruina económica, de un país entero pasando miedo, ansiedad y dolor.

¿Y qué ocurrirá si se desbordan los embalses de la ira? ¿Qué pasará si toda la furia contenida en el corazón de todos los españoles rompe un día las ataduras y se suelta incontenible? ¿Clamará entonces ese hatajo de cerdos por una democracia que ellos han corrompido, por una ley que ellos han prostituido, por una tranquilidad que ellos han roto, por una serenidad que ellos han desintegrado?

Son culpables. Culpables todos. Sin excepciones. El que se considere una excepción tiene el camino muy claro: largarse, salirse, dejar el pesebre, reintegrarse a la sociedad común y trabajar -si puede- como cualquier otro hijo de vecino, sin chollos, sin pensiones, sin blindajes.

Y si se queda, que asuma su puta responsabilidad, que se aguante y que se calle, que no venga con la cantinela que que no todos son iguales. Lo son. Mientras sigan ahí cobrando sobres y/o callando y/o solidarizándose con la mierda y con los mierdas, son iguales que ellos. Su inocencia sólo puede estar en la calle.

Y, cuando esto, por fin, estalle, no habrá otro elemento de juicio. Que lo sepan.

Colarse por la causa

De la serie: Historias de mi ciudad

Voy a coger el metro y, probamente, me dispongo a meter por la ranura de la canceladora la tarjeta multiviaje, ese artilugio antediluviano de cartón con banda magnética que falla más que las pistolas del malo. Hasta en Zaragoza -ciudad que, injustamente, miramos por encima del hombro cuando, como esta que voy a decir, tiene muchas cosas que enseñarnos- tienen unas tarjetas de plástico que se recargan en cualquier sitio y que no se deterioran (fácilmente, al menos). A lo que íbamos. Pago proba y cívicamente mi pasaje cuando en estas, una exhalación, que a duras penas consigo identificar genéricamente como un individuo joven abundantemente melenudo, salta limpiamente el torno y penetra en el recinto por el puto morro, como suele decirse. Juventud, divino tesoro. Incluso así. Cuando yo tenía su edad, de cuatro intentos de salto como el de él, en tres me hubiera dejado los huevos pegados a las barras del aparato fútilmente limitador.

Y, bueno, a mí se me queda cara de gilipollas. Y eso no es lo peor. Lo peor es que, si se pregunta al pollo en cuestión, asegurará que, efectivamente, tengo cara de gilipollas y, no contento con ello, aseverará que, más allá de las apariencias, soy, efectivamente, gilipollas. ¿Todavía peor? Pues me estoy preguntando si el piernas no tendrá, después de todo, razón.

El transporte público nos cuesta una pasta a los ciudadanos. En Barcelona, los usuarios pagamos, aproximadamente, la mitad del coste del servicio; el resto lo pagamos todos los ciudadanos, usuarios o no. Y, sí, tenemos muy serias dudas de que la planificación y la gestión de todo el sistema de transporte público sea correcto, adecuado. Y, sí, tenemos serias sospechas de que con el transporte público barcelonés se nos hacen las cuentas del Gran Capitán para meternos un puro tarifario absolutamente brutal.

Pero, claro, el salto de valla no son formas. Me explico.

Los nenitos estos saltavallas, van de ácratas por la existencia. Dicen que el Ayuntamiento nos roba y ellos roban, pues, al ladrón. Bonito argumento y, sobre todo, cómodo, demasiado cómodo como para estimar la sinceridad, digamos política de esta acracia.

Yo, aún no comulgando con él, guardo un cierto respeto y una cierta consideración hacia el anarcosindicalismo. Es una cosa con la que uno puede estar de acuerdo o no, pero son gente coherente, dura y, sobre todo, limpia. No conozco un anarcosindicalista que sea -ejerciendo sus funciones sindicalistas, cuando menos, que es el entorno en que yo los he tratado- un sinvergüenza. Los habrá, sin duda, pero en mi personal historia sindical he conocido a unos cuantos y todos, del primero al último, son íntegros a prueba de cualquier fuego. Dudo mucho de que ninguno de ellos practique -ni le apetezca practicar, ni siquiera apruebe la práctica- el salto de torno. Dirán que el alcalde es un esto y un lo otro (y tendrán razón, además), dirán cosas muchísimo peores aún del equipo directivo de TMB (y tendrán aún más razón que con el alcalde, menuda tropa, esos…), pero meterán la tarjetita en la canceladora cada vez que accedan al metro o al bus.

¿Por qué? Pues porque ellos saben distinguir perfectamente la acción individual -sospechosa por acomodaticia, sobre todo cuando resulta impune- de la acción colectiva, inspirada por la solidaridad y el sacrificio. Y así, ellos -y yo- hacen muy bien la diferencia entre la acción ciudadana general de entrar en el metro o en el bus sin pagar, como acto de protesta contra lo que haya que protestar -que es mucho- y la acción individual que, por más que se vista de A inscrita en una circunferencia, no es más -digámoslo ya claramente- que puro incivismo, pura gamberrada y pura falta de vergüenza. Es la diferencia, respectivamente, entre un anarquismo (o anarcosindicalismo) discutible, pero sano, y una acracia que no es sino el pretexto de los zánganos, de los gorrones, de los que lo quieren todo, pero que nunca están dispuestos a dar nada. Hijos de papá, en definitiva. Y me van a perdonar los padres de muchos de estos capullos, que a lo mejor… no, a lo mejor, no… con toda seguridad, son trabajadores que han pasado toda su vida doblando el lomo para, en una postrera injusticia de la vida, haber levantado a un hijo imbécil.

Cuando uno lleva a cabo una acción reivindicativa de modo individual sin acuerdo con los demás ciudadanos y en perjuicio de los dineros de todos, del patrimonio común, aún cuando esa acción responda a una reivindicación aceptable, no se está haciendo política ni activismo, simplemente se está tomando la justicia por propia mano.

Pero estos que van de ácratas aún tienen una atenuante: les queda, al menos, el ínfimo y microscópico prurito de justificar su acción, de ahí esa acomodaticia (A). Porque luego están los que no necesitan justificarse ni ante sí mismos ni ante nadie, simplemente practican el salto de torno porque yo lo valgo. Huelga decir que, como otros ejemplares que yo me sé, son groseros y generalmente agresivos y violentos, pero no me extiendo porque algunos dirán que son excepciones también.

En ralidad, unos y otros, no son sino unos insolidarios que nos están tomando el pelo a billetes llenos.

Hace unos meses, surgió por aquí la iniciativa de crear un app para móviles que permitiera chivarse de este tipo de comportamientos en el ámbito de los ferrocarriles de la Generalitat de Catalunya, iniciativa que fue puesta a parir. Es verdad que esto de chivarse parece feo pero, en realidad, no veo por qué tengo que ser solidario y tolerante con quien no lo es conmigo. Yo hubiera utilizado sin vacilar esa aplicación (que, obviamente, hubiera instalado de inmediato en mi móvil) y mi única reserva estaba en el asunto de señalar con el dedo a los indigentes, que eso ya es otra cosa. Pero, bueno, con no denunciar a indigentes y sí a gamberros y a insolidarios, cuestión solucionada. En fin, lo de la app no prosperó pero, si lo habilitaran, yo no vacilaría en utilizar un número de teléfono (gratuito, obviamente) para denunciar estas conductas. Y los demás, no lo sé, pero a mí no me importa dar mi nombre, apellidos y número de DNI.

Aunque la mona se vista de seda, mona se queda. Las revoluciones -supuesto amable de que sea eso lo que se pretende, que no me lo creo– no se hacen accediendo al metro o al bus sin pagar. Las revoluciones, como todo aquello que, de algún modo, produce valor, suelen ser algo que cuesta muchísimo esfuerzo y muchísimo sacrificio. No creo en revoluciones cómodas.

Lo que nos lleva a que desde la propia base ciudadana hay también corrupción. Porque este fenómeno del timo al transporte público no es otra cosa, igual que lo es el trabajo sumergido, el pago en negro y otros deliciosos fenómenos de la economía y la sociedad española.

No son los políticos los únicos guarros. Lo nuestro es cultural.

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