Hospitales, gilipollas y, claro, Wikileaks

De la serie: Los jueves, paella

Ayer hizo cuatro semanas -mañana hará un mes- que mi padre fue ingresado, primero en el hospital de Sant Pau y, diez días después, en la Fundació Puigvert. Por puro respeto a su intimidad no diré las causas ni los efectos; además, no es relevante a los corrientes efectos. Sí puedo decir que está hasta las narices de hospital y más que harto y desmoralizado. Lo comprendo perfectamente: en las últimas semanas voy acudiendo a verle de media hora en una hora, y salgo hasta los mismísimos. De incomodidad, de mal rollo… de todo; así que me imagino, con cierta aproximación, lo que está pasando él.

Vamos a ver… Un hospital es lo que es, y no Eurodisney (aunque, para mí, no sé qué es peor); también es cierto, además, que hace muchos años que aquellas estancias en los hospitales, quincenales como cortas, se acabaron. Actualmente, se pare hoy y pasado mañana a la calle, ni cuarenta y ocho horas; y la proliferación de la cirugía ambulatoria, de 24 horas en observación y vas que ardes. Hoy, se llega destrozado al hospital, masacrado por una apisonadora, y en una semana o diez días, a casa; con diez mil horas de rehabilitación por delante, moviéndose como un meccano y toda la pesca, pero ocho o diez días de hospital. Sin embargo, aunque sean casos aislados, los casos aislados -en términos hospitalarios- no dejan de ser seres humanos y al que le toca la china -como a mi padre- las pasa canutas.

Nada que decir del personal. Los otrora médicos, hoy competentísimos pero vulgares ingenieros de salud -antes volaría un piloto aleteando con los codos que estos tíos curando sin tonelada y media de chatarra digital, no sé dónde quedó el ojo clínico que funcionó bastante bien durante casi cien años-, logran resultados fastuosos, porque sí, porque los logran, no vayamos a engañarnos, aunque no sé si acaban de tener claro -hablo, por supuestísimo, en general y, por tanto, hay que contar con las reglamentarias salvedades- si están curando a un ser humano o ajustando a robocop. Antes uno se hacía amigo de su médico; hoy tiene uno amigos que se hacen médicos. O tempora, o mores!. En lo que respecta a las enfermeritas… ¿qué voy a decir de esos ángeles, si estoy casado con uno de ellos? Por supuesto, constituyen el verdadero contacto humano que experimenta el enfermo -familia aparte… cuando hayla y ejerce como tal- y, verdaderamente, sólo los enfermos saben el alivio -más allá de la técnica y de la tecnología curativa- que representan esas mujeres. Pero también tienen un límite: son madres de familia normales, con los mismos problemas de cualquier otra madre de familia normal, con el rabillo del ojo puesto en la hora en que los niños entran o salen del cole, con el qué voy a hacer para cenar, con lo que hay que ver cómo hemos gastado este mes, que a día veinte y ya estamos caninos y, encima, consideradas como fregonas de alto standing por todo el mundo, empezando por la propia clase médica. No hay diplomados universitarios -ni siquiera los informáticos- más… no despreciados sino, permitidme el palabro… despectivados, más tenidos por chusma de baja estofa, por advenedizos universitarios. Su capacidad para transmitir ánimo y moral tiene trambién un límite, que es su propio ánimo y su propia moral, minada por los sinvergüenzas que dirigen hospitales como quien dirige grandes almacenes, pero, con todo, muchas veces -soy testigo- dan mucho más de lo que ellas mismas tienen (y, por supuesto, de lo que reciben, que reciben una mierda).

Tanta eficiencia tecnológica y tanto calor humano conducen, ciertamente, a la curación (cuando es humana y científicamente posible), pero son insuficientes para compensar la desazón, el desvalimiento, la desubicación y la desorientación que supone estar en un hospital. Para empezar, te cambian los horarios: nunca me han explicado satisfactoriamente para qué hay que despertar a las seis de la mañana a un enfermo que no tiene nada que hacer en todo el puto día, darle de desayunar aún sin tocar las siete, de comer a las doce, de merendar a las cuatro, de cenar a las siete, y aún lo despiertan entre las once y las doce de la noche para que se tome un zumo o no sé qué; encima, si tiene visitas -éstas, obviamente, fuera de su horario laboral- resulta que a las ocho de la tarde las ponen en la calle como si fueran a cerrar ya el metro. Total, que el enfermo está todo el día solo, hasta que muy avanzada la tarde le visita un mogollón de gente que, en cosa de una hora, es puesto de patitas en la puta calle (sin demasiadas quejas, por parte del visitante, porque el pretexto para abandonar un lugar tan deprimente es excelente).

Seguro que hay profesionales que podrían aliviar muchísimo este cuadro innecesariamente añadido al intrínseco del dolor. Hay arquitectos especializados en decoración de interiores que podrían hacer de las habitaciones verdaderas salas confortables y gratas sin menoscabo para la ergonomía sanitaria de su función primordial; hay ingenieros que pueden diseñar las instalaciones estrictamente sanitarias de modo que la conexión al oxígeno o a la presión no parezcan las de un taller de locomotoras. En fin, conexión a Internet -que ni es algo de tanto lujo ni tan costoso-, pantallas individuales de televisión con auriculares, profesionales de la dinamización sociocultural que fomentaran el contacto entre enfermos en condiciones para ello mediante actividades conjuntas y creativas, canales específicos en red o en TV (he aquí un hermosísimo nicho de negocio) y un largo etcétera. Pero donde el arquitecto, el ingeniero, el dinamizador sociocultural o el trabajador social dicen es posible, aparece el cabrón con MBA a decir no es rentable.

Algún día, me cago en la puta de oros, algún día…

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Este pasado fin de semana he hecho bastante carretera: Barcelona-Zaragoza-Segovia-San Rafael-Barcelona. Y cuando voy en coche, me gusta llevar la radio puesta, mejor que música grabada y radiofórmulas, sino más bien lo de siempre, la vieja y querida Radio Nacional de España, que pese a todos los pesares -de unos de los cuales voy a hablar a continuación- sigue siendo lo más digno del panorama mediático español, incluyendo lo público, lo privado y lo mediopensionista.

Pero, claro a RNE la controla el Gobierno (pese a sus indudables virtudes, está aún a distancia sideral de la BBC) y en el Gobierno están los impresentables de todos bien conocidos, de modo que un medio de comunicación pública había de ser necesariamente víctima de la soplapollez imperante. Por eso en Radio Nacional hay que sufrir el impuesto gilipollario. Por las mañanas, por ejemplo, si quieres escuchar los cinco deliciosos minutos de las historias históricas de Nieves Concostrina, tienes que aguantar, antes o después, la palurdez políticamente correcta y vomitivamente diabética del petardo de Lucas, que se empeña -en los últimos minutos antes de que mi mujer me desembarque delante del trabajo- en irnos sacando en fila india a todo el Consejo General de colegios de médicos; si el tío es hipocondríaco, que vaya al psiquiatra, coño, pero que nos deje en paz con tanto médico y tanta salud, qué barbaridad con ese empeño de llenar los cementerios de cadáveres sanos…

La última que se les ha ocurrido -la he sufrido durante el fin de semana- es lo de calificar a los de toda la vida llamados «oyentes» como escuchantes. Algún cagamandurrias producto de la LOE (o la LOGSE, o lo que coño sea esa mierda de normativa educativa de Barbie Destellos) ha debido colocarse en Presidencia y ha debido encontrar que lo de oyentes es demasiado pasivo, que los que sintonizan RNE deben babear de ansiedad como un yonqui en estado crítico de carencia, y le ha parecido más activo lo de escuchantes. Y ya tienes a todos los locutores repitiendo -a veces parece que hasta con delectación- la mierda de palabro. Por cierto, no os canséis que lo he mirado yo: escuchante no está en el diccionario de la RAE. Estaba seguro de ello, pero como estos también van perdiendo aceite últimamente, preferí cerciorarme. Y no: hasta ese punto, no han llegado. Quizá el año que viene.

Hagamos una pausa para hacer un par de juegos de palabras a cuenta de los delirios de los de la Polvorienta, que a la y griega de toda la vida la quieren llamar -cretinos de los cojones- ye: la reina Sofía es española ye. O bien, por reducción al absurdo: «No te quieres enterar / y griega y griega / que te quiero de verdad / y griega y griega y griega y griega». Toma copyright de Conchita Velasco.

No teníamos bastante con lo extremadamente estúpido de la jerga políticamente correcta, cuando habla de compañeros y compañeras, o de violencia de género (me pregunto si la habrá de número o incluso de caso), que produce urticaria oir -porque de escuchar, ni hablar-, entre otros, a la botaratancia de la izquierda de don Gaspar y de los juegos reunidos Geyper, que ahora tenemos que oir las barbaridades de quienes debieran cuidar con más solicitud y amor el lenguaje, aunque sólo fuera -ya no oso invocar la dignidad personal y menos aún el prurito profesional- por el ejemplo que ofrecen a los radio-oyentes. Si los profesionales de la palabra -como les gusta llamarse- sueltan estupideces así, no debería sorprender que en la calle se hable como se habla o que los chavales escriban como escriben.

Y luego hay pichaflojas que me recriminan porque uso tacos, hay que joderse…

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Lo de Wikileaks esta vez ha salpicado a España. Y de muy mala manera. Mientras esperamos a no sé si reirnos o indignarnos con lo que trascienda de las presiones yanquis sobre la ley Sinde, hemos sabido cosas -aunque algunos las sospechábamos- que no hacen ninguna gracia, como las maniobras llevadas a cabo por varios ministros, por el fiscal general del Estado, por el fiscal de la Audiencia Nacional y hasta por un juez para garantizar la impunidad de los militares norteamericanos que asesinaron al periodista José Couso.

Hemos sabido, además, cómo los Estados Unidos manejan a su antojo, tal que cipayos, a las demás naciones y hemos sabido, en definitiva, que las reiteradas advertencias procedentes del altermundismo no eran histerias de conspiranoicos sino realidades ahora evidentes. Aunque… ¿ahora? Yo diría que hace mucho tiempo que eso ha sido más que evidente y que lo que ocurre es que mucho tonto útil se dedica a mirar para otro lado sólo porque no le gusta lo evidente (que ahora, claro, lo es mucho más).

En relación a lo de Couso, se ha llegado a pronunciar la palabra «traición» y, bueno, no me voy a poner a mirar ahora el código penal para ver si la conducta encaja con el tipo; desde luego, lo es en términos puramente semánticos: el que subordina los intereses de su propio país a los intereses de un tercero, es un traidor, eso está claro. En todo caso, un tipo delictivo con el que podrían encajar bastante bien es, en todo caso, el de encubrimiento y, posiblemente, el de prevaricación. Hay, si no pruebas, sí, cuando menos, indicios racionales de criminalidad que, en casos de señorones menos encumbrados, no harían vacilar a ningún juez en la firma de un auto de procesamiento y quizá también en un auto de prisión incondicional. Pero ya sabemos -y también sabemos por qué- que no se va a procesar a nadie. Basta constatar que no ha habido ni siquiera dimisiones pese a que se han quedado todos con su feo culo al aire. La imagen de Conde-Pumpido apuntalando -así, con dos cojones, porque él lo vale- la independencia del poder judicial como quien enuncia una presunta verdad evangélica, haría hervir de indignación a la ciudadanía de cualquier país que no sea este.

También constatamos lo falsa que es la cagarela de que las filtraciones de Wikileaks cuestan vidas. Costarán, en todo caso, buenas vidas, aunque, como es notorio, no ciertamente en este país de gilipollas.

La clase política ha sido pillada en flagrante delito. Ya sabíamos que la política española era un antro de corrupción (porque calificarla de casa de putas me parece una intolerable injuria a las pobres fulanas) y ahí tenemos el contubernio de la Ley Sinde, de ACTA o a Sánchez I El Legislador dictándole al Gobierno -en la representación que ostenta- las normas que debe dictar, pero ahora tenemos pruebas, papeles cantan.

Y, sin embargo… no va a pasar nada. Aquí tragamos carros y carretas con tal de ir pasando la vida cómodamente (hasta, claro, el día que caiga el hostiazo, que caerá). Con la que está cayendo, con un gobierno traidor que está vendiendo todo el patrimonio del Estado y que, cuando se le acabe, cuando ya no le quede ni un banco del parque de propiedad pública, venderá -ejem, privatizará– el sistema sanitario y las pensiones. Al tiempo. Bueno, pues, como decía, así las cosas, y resulta que las estaciones de esquí catalanas prevén para este puente doscientos mil visitantes. Si es que yo lo siento por mí mismo y por mi familia, pero, coño, es que nos merecemos todo lo que nos pase, es decir, todo lo que nos va a pasar. Y más.

Ahora mismo he tenido que interrumpir la redacción de este artículo para atender la llamada de una amiga. Me explicaba -entre otras muchas cosas que no hacen al caso- que el lunes se les cascó la caldera de la calefacción y del agua caliente. Nadie podía acudir a reparársela o a cambiársela. Ojo al cerrojo: jugaba el equipo calzoncillero local contra su enemigo calzoncillero número 1. Se acabó ¿ves? Un simple partido de balompezuña y ya no hay paro, ni carestía, ni nada de nada. Eso sí, mañana, contentos con los cinco goles, a la mani, no nos cerrarán, y todas estas tonterías que se cantan antes de que el ERE te hunda la hipoteca. Y el ERE te hunde la hipoteca precisamente porque se cantan tonterías en vez de prenderles fuego a cosas que no son, precisamente, tonterías.

Como digo siempre: tal quisimos y tal tendremos.

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Bueno, pues esta semana he cumplido. No sé qué pasará la próxima, pero esta está cubierta. Espero haberos aplacado un poco el hambre, no vaya a quedarme sin parroquia, extinta por la inanición…

La próxima semana… bueno, la próxima semana, el jueves cae en 9 y, eso, que cae en 9. Intentaré que haya arroz, pero sigo teniendo una vida complicada, así que no puedo asegurar nada.

Lo intentaré, palabra.

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Comentarios

  • Ryouga  On 03/12/2010 at .

    Hablando de privatizaciones ya se habrá enterado de que venden el 49% de AENA (previsible después de la demonizacion de los controladores) y el 30% de loterias, creo que la sanidad y pensiones toca para la próxima legislatura…:-(

    Tendré que mirar una caravana de segunda mano para las proximas vacaciones

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