Category Archives: Partes de guerra

Con dos

De la serie: Rugidos

Manos, pies, orejas… Con todo aplaudo a Ada Colau, un gigantesco pedazo de señora. Ya conocíamos su obra, esas Plataformas de Afectados por la Hipoteca que nacieron de su mano en Cataluña y que se han expandido por toda España, que están haciendo un trabajo magnífico, que obtienen resultados y que están suscitando la admiración de toda la ciudadanía decente.

Pero es que, además, no se muerde la lengua y dice las verdades del barquero. He aquí lo que soltó ayer en sede parlamentaria, en la cara misma de Javier Rodríguez Pellitero, representante de la Asociación Española de Banca: «Se da crédito a presuntos expertos, como el representante de las entidades bancarias. No le he tirado un zapato porque he entendido que debía seguir aquí. Este señor es un criminal, no es un experto, y como tal deberían tratarle. Si gente que nos ha hundido en la miseria dice que la dación no es la solución, es que lo es».

Conminada por el representante de la Comisión, Santiago Lanzuela (del PP, casi no habrá ni que decirlo) a disculparse, Ada se negó en redondo.

Aquí lo tenéis, con vídeos y todo.

Con doscientas mujeres como Ada Colau, arreglábamos este país en tres meses. Lo grande es que las hay, seguro: sólo tenemos que encontrarlas, ayudarlas a que saquen esa fuerza que llevan dentro y respaldarlas todos a una. Sólo por una vía así podremos salir de esta.

Si no es así, ganará -y va ganando, ojo- la gentecilla del Rodríguez.

Ada: mi admiración, mi homenaje y, por supuesto, mi adhesión.

A firmazo limpio

De la serie: Esto es lo que hay

Hoy es el último día de recogida de firmas para la iniciativa legialativa popular en pro de la legalización de la dación en pago.

Los organizadores han anunciado que, una plataforma por otra, se habrá conseguido sobradamente el millón de firmas. Es una participación importantísima que la Casta no podrá ignorar; y si lo hace, engrosará una factura ya larguísima cuya liquidación, el día que por fin se pase a cobro (y ese día tardará más o menos, pero llegará) será dolorosísima.

Estoy contento y orgulloso de haber aportado mi firma y de haber contribuido, en la modestísima medida de este humilde blog, a este éxito. Que ya lo es, por más que casi todos tengamos la fría sospecha de que la Casta lo desdeñará y lo arrojará a la basura.

Lo dicho: ya llegará el día de pago. Y que se calcen los morosos.

Conclusiones provisionales

De la serie: Esto es lo que hay

El «El País» de hoy, aparece una crónica de Marta Fernández Maeso en la que expone una serie de conclusiones sobre lo que han sido estos cuatro días #12M15M. Y, aunque yo matizaría algunas cosas (y cada cual, supongo, matizaría las suyas propias), me parece, como resumen o, si se quiere, como documento de principio para un debate, un artículo interesante y globalmente acertado. Ese resumen, en su máxima expresión, vendría a ser: se van concretando propuestas, pero se pierde la complicidad de la ciudadanía.

Lo de la complicidad de la ciudadanía cabe matizarlo: complicidad en lo que es el procedimiento de elaboración: está claro que, a la mayoría, esto de las asambleas no nos gusta; y a muchos, tampoco nos acaba de ir la propia estética con que se externalizan los distintos ámbitos del invento, aunque esto último ya es más personal y menos importante, pero lo cierto es que me desagrada la impresión de ver a gente en plan happening como vi el lunes, cuando, por la tarde, me acerqué a la plaza Catalunya. Quizá proyecto mi propio cartesianismo también sobre las apariencias: me gusta el orden y el método y me disgusta -a veces hasta la impugnación misma- incluso la simple apariencia de desorden y de dejadez, aún a sabiendas -como sé en algunos casos, si bien en no todos- que no constituyen un reflejo de la realidad. Pero, repito, esto de las apariencias es personal, aunque no debiera dejar de considerarse que somos legión quienes pensamos así.

Sin embargo, la complicidad, ampliamente considerada, no se ha perdido: los ciudadanos seguimos respondiendo masivamente a las manifestaciones y las diferencias de cifras que hubiera podido haber entre el 12-M de 2012 y el 15-M de 2011 no pueden apreciarse sin una buena lupa.

Y, bueno, pienso que eso no es necesariamente malo: tampoco puede pretenderse la presencia constante de grandes masas. La gran masa es necesaria en ocasiones puntuales, para apoyar el trabajo del pequeño grupo, que es el que funciona (lo cual, por cierto, desmiente la bondad del procedimiento asambleario masivo). Nunca han sido las grandes masas las que han llevado adelante a la Humanidad sino pequeñas élites que han corrido con el esfuerzo y con el sacrificio. Si realmente esas élites son democráticas, es decir, lo son en su propio funcionamiento interno (ahí, sí, el petit comité sí puede ser, digamos, asambleario e igualitario) y se alimentan de la adhesión ciudadana, se está en el buen camino. Por eso, supongo, han funcionado inventos como el movimiento antidesahucios y, por eso, supongo también, con la autora del artículo de «El País», que surgirán más inventos que irán paulatinamente convirtiéndose en proyectos verdaderamente serios y plausibles. Los que apuntan ahora mismo, como la campaña Desmontando Mentiras, son muy prometedores. Ah, la campaña Desmontando Mentiras, bien organizada, puede ser devastadora para el sistema, porque cuenta con la gran herramienta de la Red y cuenta, en ella, con multitudes ansiosas por reproducir a toda la rosa de los vientos, en todos los idiomas, el yo no soy tonto, el yo no soy tonto de verdad, no el del anuncio creado precisamente para tontos. Creo que es por ahí por donde hay que llevar al ciudadano: al trabajo en [pequeño] grupo y recordemos que nadie defiende mejor una obra que su autor.

Pero, de todos modos, sigue estando pendiente -si se quiere mantener, aunque sea puntualmente, para dos o tres ocasiones al año- la formulación de grandes propuestas capaces de mover voluntades en masa. Lo decía aquí mismo hace dos días: con formulaciones nebulosas y generalizadoras, las grandes masas cívicas irán perdiendo razones para la adhesión. Hay que amalgamar correctamente la gran propuesta, la gran consigna que moviliza masas, con la pequeña propuesta, con la constelación de pequeños proyectos que movilizan multitud de pequeños grupos altamente operativos.

Me gusta mucho, también, la tendencia a la desobediencia civil, porque es, creo, la forma idónea de radicalizar el 15-M sin dejar paso a la violencia que he propugnado aquí varias veces. Lo único que ocurre -pero ya estarán en ello, supongo y espero- es que la desobediencia civil puede ser mediáticamente manipulada y hay que articular, en cada caso, de forma rápida e incisiva recursos mediáticos que contrarresten al sistema. Recordemos cómo la petardez gubernativa ha asociado la desobediencia civil con el extremismo político y con una suerte de quasiterrorismo: eso hay que atajarlo rápido porque si no se corta bien y a tiempo, puede llevar desazón sobre todo al sector de más edad de la ciudadanía, que todavía recuerda referencias muy macabras… Pero la desobediencia civil es un recurso al que le tienen terror y como muestra, el intento -que yo creo que consumarán, los muy bandidos- de incluir en el código penal las conductas de desobediencia civil o la rapidez en mover el culo -aunque no cabe esperar grandes resultados- ante la insumisión autopistera en Cataluña. Sin embargo, esa desobediencia civil no puede quedarse ahí, en hechos aislados más o menos concatenados, sino que hay que concretarla también: hay que terminar con esa paz social de muertos vivientes que nos están imponiendo a puro golpe de miedo, hay que incrustarle al enemigo la idea de que sólo hay paz social con seguridad social (y daos cuenta de que lo escribo con minúsculas) y, por tanto, hay que meterse en el mundo de la empresa y meterse con procedimientos propios, ya que los sindicatos están momificados y esclerotizados, cuando no vendidos al enemigo (del que cobran, que no se rasguen tanto las vestiduras). Quizá la infiltración empresa a empresa de un sindicalismo verdaderamente independiente a cargo de guerrillas de sindicalistas independientes… pero necesitarían un importante apoyo exterior o serían fácilmente barridos. En fin, es ir dándole vueltas…

Bien, este #12M15M ha demostrado en sus manifestaciones masivas que sigue contando con apoyo masivo de la ciudadanía y que el 15-M 2011 no fué un estallido aislado; el trancurso de este año 2012 habrá de demostrar la viabilidad política de una gran variedad de proyectos y que los proyectos de éxito, como los grupos antidesahucio, no son, a su vez, casuales, sino fruto del trabajo y de la adhesión cívica a otra escala.

De modo que tendremos que ir todos levantando el culo de la silla y ver en qué podemos aportar un granito de arena, ver en qué podemos ser más útiles e ir haciéndolo ya. Ya dije que el vamos despacio porque vamos lejos no me convence; no porque no sea un planteamiento sabio, sino porque ya no es posible: las cosas están muy mal y van a peor de forma uniformemente acelerada, y el ir despacio puede provocar que muchos, demasiados, se queden -o nos quedemos- por el camino. No es tolerable y hay que pisar el acelerador.

Por mi parte, me pongo a buscar y a imaginar, pero, mientras tanto, si alguien tiene una buena sugerencia -una sugerencia concreta, con lugar fecha y hora, nada de generalidades en plan haz esto o podrías hacer lo otro- no caerá en saco roto. Soy bastante proactivo para los proyectos a los que creo que realmente puedo aportar algo y todavía podría arañar, siquiera, dos o tres horas semanales de aquí al verano. Si la cosa promete, después podrían ser aún más (yo me programo los años por cursos, no por ciclos solares).

Pero creo que esa es la actitud que debiéramos asumir todos porque los malos son pocos y cobardes, pero tienen muchísimo poder, gran abundancia de mercenarios armados (armados de porras y fusiles, pero también, y sobre todo, de boletines oficiales) y poquísimos escrúpulos, apenas ninguno.

Y lo que no hagamos nosotros, nadie, nadie, va a hacerlo por nosotros.

Perdiendo presión

De la serie: Esto es lo que hay

Leía ayer dos artículos muy críticos con el 15-M, aunque no precisamente como para que los publicara «La Razón» o «ABC». Uno, es de Dani Bishop y carga de frente contra el 15-M por las mismas razones que yo he aducido ya algunas veces, aunque él lo hace en tono más duro que yo, que ya tiene mérito; el otro es de Gerard Horta en «Vilaweb» y, si bien efectúa un análisis de origen y fin independentista (CAT), también podría coincidir con algunos puntos de su análisis.

Coinciden los dos -los tres, si me añado yo- en que el 15-M ha entrado en pérdida (bueno, para Gerard nunca fue un instrumento eficaz, aunque en esto discrepo) y debe quedar claro que esta crítica, cuando menos en lo que se refiere a Dani y a mí, no implica ni hostilidad ni desprecio (en el caso de Gerard no esoy tan seguro) sino un análisis de un cierto recorrido.

El 15-M fue eficaz el año pasado. Pero eficaz ¿en qué términos? Pues básicamente en dos: en la escenificación de un cabreo cívico que, bien conocido por los políticos, pudieron permitirse hacer ver que no existía hasta que esa misma escenificación les obligó a enfrentar la realidad y una propuesta electoral que no fue entendida por la ciudadanía, en el sentido de que se proponía llevar la política española a una situación como la que actualmente vive Grecia y lo único que se consiguió fue un aumento de votos para partidos más que alternativos, principiantes (pienso en UPyD, ya ves qué alegría y qué éxito de alternativa), a beneficio sobre todo de la izquierda de la señorita Pepis, es decir, IU y todo su etcétera, de la que, por más que bailen, tampoco cabe esperar que, aún pudiendo, lleven las cosas al extremo necesario: más allá de un estético delenda est monarchia, a la hora de la verdad, aunque bordeen el límite del sistema, nunca salen de él. Yo no olvidaré nunca (porque es todo un símbolo de lo que, en definitiva, es y hace IU) la imagen de Llamazares votando a favor del canon digital en el Congreso, en diciembre de 2007, contra la enmienda anticanon que, propuesta por el senador Guillot, fue aceptada en el Senado.

En definitiva, el 15-M fue, en 2011, una estupenda sacudida a los cimientos del sistema, pero nada más que eso. Tampoco, realmente, se pretendía nada más: nadie quería revoluciones, nadie quería -ahí tiene razón Gerard Horta- cambios sustanciales en el sistema: incluso la proliferación de banderas republicanas respondía más a un sentimiento que a una propuesta en firme y en forma (igual que ahora, por otra parte y de momento).

A partir de ahí, el 15-M evolucionó en forma local y de barrio y asamblearia pero, en estas características, no puede hablarse de masividad del movimiento. Es cierto que, a su socaire, han aparecido grupos muy interesantes y muy activos que están haciendo un excelente trabajo, como la promoción de la ILP pro dación en pago (objetivo bien modesto, por otra parte, cuando lo que habría que hacer es revisar el sistema hipotecario de arriba a abajo) o los grupos de resistencia anti-desahucios, pero los resultados en este caso son limitados -precisamente por esa falta de masividad y porque, a la larga o a la corta, la inmensa mayoría de desahucios se acaba ejecutando, por desgracia- y porque la ILP será magnífica como un símbolo, pero todos sabemos que los políticos tendrán la desvergüenza de tumbarla en sede parlamentaria (recordemos que una ILP obliga a debatir su propuesta, pero no a aprobarla). No es una crítica negativa, ojo: es del género idiota acusar precisamente a los que luchan de que los que luchan son pocos (supongo que precisamente ellos serán los primeros en lamentarlo y, en todo caso, son los únicos que han hecho por evitarlo), es la constatación de una realidad que está ahí.

Este fin de semana, el 15-M ha vuelto a la calle y lo ha hecho con gran éxito numérico, pero yo lo he visto muy inercial: no ha habido propuestas concretas ni siquiera modestas y me refiero a propuestas que la gente haya asumido -aunque después no fuera consecuente con ellas- como la de No les votes del año pasado. Este año, No les votes no tenía sentido, porque no hay nada que votar, ni este año, ni el que viene, ni el otro y ese ha sido otro mal: el Gobierno ha puesto la cuestión en manos de sus gobernadores civiles con órdenes estrictas de no provocar demasiado, no fuera a suceder como en la plaza de Catalunya el año pasado o como en Valencia en este, y, por lo demás, se ha quedado tan ancho, sin hacer el menor comentario.

El sábado participé en la manifestación de Barcelona y lo hice casi por disciplina, por la misma razón que he ido a tantas manifestaciones contra la $GAE aún dudando de su resultado: para disfrutar del éxito o para paliar en lo posible el fracaso, según llegara a ser el caso; y, de cualquier modo, porque algo dentro de mí se rebela si me quedo en casa habiendo en marcha una convocatoria así. En este aspecto, sí que considero que Dani se hace un poco el estrecho: que tenga toda la razón en su crítica no debería poder justificar (ante uno mismo: a los demás, que les den por el saco) la ausencia de una movida así. Porque por más que, efectivamente, el 15-M esté perdiendo trapío, lo que no debería poder tolerar ningún ciudadano es su fracaso, porque eso sí que nos conduciría directamente al vertedero, y por la vía rápida. El sábado lo pasé mal, muy mal, en esa hora en la que creí -los hechos engañaban, pero no dejaban de ser hechos- que la convocatoria barcelonesa había pinchado.

Sin embargo, veremos cómo evoluciona esto porque, tal como denuncian los dos articulistas que han dado lugar a este post, me da la impresión de que el sistema está la mar de contento con el 15-M tal como se está desarrollando y, si esta impresión es cierta, esto no va bien.

He predicado en dos o tres ocasiones que habría que radicalizarlo, he llegado a hablar, incluso, de huelgas generales políticas (para no usar la temible expresión revolucionarias), pero no veo a la gente por la labor de tanto sacrificio, cuando es incapaz de los más sencillos, de sufrir simples molestias. Se siguen vendiendo billetes a puñados en las agencias de viajes (presenciales o virtuales), se sigue pendiente del fútbol como si en ello fuera la vida (ayer en Málaga -cuentan los que estaban- había más gente celebrando no sé qué del equipo local, no sé si se había salvado del descenso o había conseguido un puesto europeo o algo así, que participando en la movida del 15-M), sigue habiendo colas en los cines a 8 euros la entrada, y siguen llenándose compulsivamente los depósitos de gasolina en cuanto llega el fin de semana.

Alguien está sufriendo muy duramente la crisis, esto es indudable, pero no sé muy bien quién. Inmigrantes, desde luego; sectores obreros procedentes del ladrillo, con la entera familia comida por el paro, carne de cañón y víctimas de un paro que va a ser, a la larga, estructural, como un quiste con el que ya nos hemos acostumbrado a convivir y preferimos dejarlo tal cual antes que sufrir la molestia y el repelús de la cirugía. Pero el resto… Es bien cierto que todos hemos tenido que apretarnos el cinturón y que lo que antes era un copioso aperitivo ahora es una escasa cervecita con unas humildes aceitunas, pero la cervecita sigue ahí y mientras la cervecita siga ahí, la gente no está para leches.

Lo malo es que para cuando la gente esté para leches, ya será tarde, ya estaremos todos en la mismísima mierda. Seguimos haciendo como el avestruz, seguimos exclamando el ¡qué largo me lo fiais! ante los avisos, cada vez más frecuentes y más autorizados, de que se nos viene encima una hecatombe. A nosotros, a los españoles. Pero seguimos empeñados en imponer deseos frente a análisis: hemos decidido que esto no va a pasarnos a nosotros y ya está. Cuando nos pase, ya hablaremos. Sólo que, entonces, además de que ya no estaremos en condiciones de decir nada, ya sería tarde aunque gritásemos. La doctrina del shock parece haber sido diseñada pensando en los españoles.

¿Por qué somos tan cobardes y tan irresponsables?

Terrorismo gubernativo

De la serie: Rugidos

Anoche hubo detenidos al ser desalojada la Puerta del Sol en una nueva acción de los antidisturbios. Proliferan las acusaciones de detenciones arbitrarias, hechas a saco, a peso, a pito pito colorito.

Una detención, en sí, no es nada, teóricamente: una fuerza gubernativa entiende -o eso dice- que un ciudadano ha cometido una trapazada y se lo lleva por delante encadenado a una comisaría, en la que dicho ciudadano es confinado en un calabozo -generalmente en condiciones higiénicas auténticamente africanas- después de haber sido despojado de todos sus efectos personales, es decir, todo salvo la ropa y el calzado (pero de éstos, se le expolian también sus cinturones, tirantes, cordones y demás). Pasado un máximo de 72 horas, el ciudadano debe ser puesto ante el juez y -siendo este el caso- cuando el juez observa que no ha lugar a mayores actuaciones, libera al ciudadano sin cargos. Pero, mientras tanto:

1. El ciudadano -un ciudadano común y corriente, no un patibulario- ha sufrido la angustia de una reclusión, de una incomunicación, probablemente de un interrogatorio más o menos legal pero bastante salvaje, y ha sufrido asimismo la incertidumbre de cuál va a ser su destino, de cómo va a acabar esto. En esas horas, va a ser, además, deficientemente alimentado e hidratado y pobre de él como necesite tomar cualquier tipo de medicación.

2. Ha sido fotografiado y se le han tomado sus huellas digitales: desde ese mismo momento y para los restos, este ciudadano tendrá antecedentes policiales. Esto quiere decir que cada vez que vaya a una comisaría a formular una denuncia, solicitar una documentación o cualquier otro trámite, va a ser mirado, así, como de través, por el funcionario correspondiente y pobre de él, encima, si cae en manos de una patrulla policial que le requiera la documentación en plena calle.

3. Por más que el juez libere sin cargos, ningún policía es sancionado por su arbitrariedad (que técnicamente se llama prevaricación), lo que convierte esa arbitrariedad, ese delito continuado de prevaricación, en sistemáticamente impune.

Un verdadero trauma para un padre de familia común y corriente, para un trabajador pacífico cuyo summum aventurero está en las series de televisión.

El primer punto constituye claramente un sucesión de actos de brutalidad policial (la cotidianidad de los mismos no obsta para que así deban ser considerados) y el segundo un atentado frontal contra la presunción de inocencia que sólo un sistema judicial sospechoso tolera. Sí, ya sé que es así en todos los países del mundo, pero ello sólo lleva a la conclusión de que todos los países del mundo practican la brutalidad policial y de que la distinción entre países democráticos y de países que no lo son va siendo caa vez en mayor medida una simple sutileza de prensa pesebrera que no responde a realidad alguna.

Y ambas cosas pueden utilizarse como chantaje a la ciudadanía y, de hecho, en España se están utilizando de esta manera en el común del país y, específicamente, en Madrid y en Catalunya, lo que demuestra, adicionalmente, que no importa el partido político en el poder: todos forman parte del sistema y no vacilarán en torcer el derecho y la moral todo lo que sea necesario para acallar la contestación ciudadana.

Tratar la contestación como terrorismo: este es el peldaño al que están subiendo en este momento personajes como Fernández Díaz o como el general Puig, y eso que aún no han conseguido -por falta de tiempo, no de oposición- adaptar el código penal a sus pretensiones. Si ahora la cosa es muy preocupante, cuando lo consigan esto será algo muy cercano a un infierno. La única gracia residirá (triste gracia) en lo que nos reiremos en las barbas de los derechistas cuando se rasguen las vestiduras con Cuba o con China (de Venezuela no digo nada porque eso es pura caricatura de Intereconomía).

Pero más allá de los chistes y de las gracias, estamos viviendo una auténtica situación de terrorismo gubernativo que va in crescendo a medida que los políticos se ven desbordados y puestos en evidencia por una protesta que, incluso, es moderadísima y minoritaria en proporción a la que debería haber ahora mismo en las calles.

Igualito igualito que en tiempos de Garicano Goñi. La diferencia es cada día menor.

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