Monthly Archives: mayo 2006

Decir lo obvio

De la serie: «Pequeños bocaditos»

Hay ocasiones en las que hay que decir obviedades, cosas que son de cajón, que caen por su peso. Porque si las obviedades no se dicen, los idiotas, que son legión -y más entre la plebe política-, aplican la imbecilidad aquella de que el que calla otorga y elevan a los altares del boletín oficial correspondiente las mayores abominaciones. Abominaciones que, por supuesto, estropean siempre la digestión a los ciudadanos pero que últimamente están logrando también estropear, en la misma medida, la de la economía productiva. Si no fuera porque el acta de diputado o el nombramiento para una dirección general parece que eleva al beneficiario a no sé qué limbo dorado y lejano (lejano, hacia un ignoto arriba), les diría a los políticos que se están meando en su propio plato de sopa, pero esos ni comen sopa, ni comen en nuestra misma mesa; hasta a veces parece que se mean en los platos porque deben creer que eso hace fino. Es el síndrome de la gorra de plato que con tanta gracia definía Jesús Gil, que de sinvergüenzas y de políticos sabía un rato.

Por eso, pese a la extrema rivalidad ideológica que nos profesamos mutuamente, no puedo sino quitarme el sombrero y aplaudir a rabiar la última columna de Daniel Rodríguez en «Libertad Digital» y no entrar siquiera, para no romper tan raro hechizo, en un par de frases, escritas al pairo del contexto, que rechazo frontalmente. Habla, Daniel, de la propuesta del europarlamentario francés Alain Lamassoure, de imponer una tasa a los SMS y a los mensajes de correo electrónico, matizada posteriormente (y en seguida) reduciéndola a los SMS.

Ayer, en el programa «La Gran Via», de la desconexión catalana de Radio Intereconomía, decía yo algo parecido a uno de los comentarios de Daniel en su artículo: ¿qué servicio adicional nos va a prestar la Unión Europea por ese impuesto adicional? ¿La simple negligencia en la gestión presupuestaria es motivo para realizar lo que en puridad no es sino un acto confiscatorio sobre el ciudadano? ¿Es que no pagamos ya el IVA sobre los SMS?

Digámoslo de otra manera: si mi mujer y yo no administramos bien el dinero que ganamos ¿podemos exigir e imponer a nuestras empresas respectivas un aumento de sueldo por esta simple y única razón? O, mejor aún y supuesto desgraciadamente más frecuente en un próximo futuro: si una familia no puede afrontar la hipoteca que la aplasta… ¿puede atracar un banco para afrontar los cargos mensuales?

La tributación es necesaria para sostener unos servicios comunes y sólo se justifica en tanto la existencia y calidad de éstos. No vale decir que el dinero no llega como pretexto para apretar más la tuerca y convertir en hecho imponible cualquier acto normal y corriente de nuestra vida cotidiana. No vale decirlo y menos cuando, provistos de un rotulador rojo y con capacidad ejecutiva, la mayoría de los ciudadanos trincaríamos el capítulo 2 de cualquier presupuesto público (gastos de bienes corrientes y servicios) y verías tú si dejaríamos el presupuesto bien sobrado sin necesidad de nuevos impuestos y sin que disminuyera la cantidad ni la calidad de los servicios públicos. El capítulo 2 es el los lápices y las gomas de borrar, pero también es el de los estudios con los que se socorre al cuñado cuando no llega a fin de mes, el de las atenciones protocolarias, el de los viajes en bussines class y hoteles de diez mil estrellas, el de los coches oficiales, el de según qué dietas e indemnizaciones por desplazamientos, y así un largo y carísimo etcétera. Y si llevamos el rotulador a los respectivos capítulos 2 del capítulo 4 (transferencias corrientes, es decir, las que nutren los organismos autónomos, empresas públicas y otras administraciones como, por ejemplo, las locales) el suma y sigue es ya importante.

Apañados estamos con esta gente, entre el paquete de cánones que nos ha metido a la trágala el Parlamento y el Lamassoure de las narices. Así se desarrolla la sociedad digital. Por cierto, Daniel, muy buena la propuesta de poner en la puta calle a este señor y amortizar el coste de su escaño.

España en el culo de Europa y Europa en el cubo de la basura.

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¡Croac, croac!

De la serie: «Pequeños bocaditos»

Se está muriendo, como es más que notorio, doña Rocío Jurado, o cualquiera que sea su filiación civil auténtica. En fin, como antes se hacía con las parturientas, le deseo una hora corta, que es lo mejor que cabe desear ante un cáncer de páncreas en fase final. Bueno, quizá a la hora de escribir estas líneas haya muerto ya pero, en todo caso, es cuestión, a mucho estirar, de días.

Como en toda agonía de famoso que se va prolongando en el tiempo, se va repitiendo aquella escena que algunos vimos por primera vez cuando Franco cagaba melenas, es decir, decenas -quizá centenares- de reporteros a la puerta del lugar de autos y «partes» médicos o familiares cada media hora (o menos, si el programa está especializado en la cosa).

Y como en casi todos estos casos se oye gente clamar contra los reporteros, periodistas o lo que coño sean los tíos estos: lo más bonito que les llaman es buitres.

Hombre, no voy a ser precisamente yo -ni a hacerlo precisamente aquí- quien defienda formatos y profesionales (¿de qué profesión exactamente, por favor?) como las salsas, los tomates, los tus lados o las anarosas, pero no deja de chocarme, a medio camino entre la náusea y la carcajada, todo ese puritanismo farisaico que pide respeto, intimidad, silencio ante el dolor y trata de buitres a los tíos esos de no sé qué profesión que están a las puertas del domicilio de la doliente (y espero sinceramente que lo de doliente sea un decir).

Porque, señores, damas, caballeros y militares (¡y militaras! ¡y militaros!) sin graduación: aquí no hay más buitre, no hay más carroñero, no hay más basura que el respetable, que los señores telespectadores. Si al respetable lo que le interesara fuera el desarrollo de la tesis sobre si don Quijote fue el último medieval o el primer renacentista, todo ese gremio que está a la puerta de un chalet de la Moraleja esperando para ponernos delante de nuestras ansiosas narices la foto del cadáver, estaría asaltando la Facultad de Letras de la Complutense.

Llamar buitres a la gente esa, cuando el producto de su triste oficio va a suscitar audiencias muy millonarias en esa cadena y en la otra y en la de más allá (además de la del váter), no es más que una evidente y propia amalgama entre ignorancia y mala fe.

Los buitres de verdad, somos nosotros. Esos gilipollas que están a la puerta del chalet, no son más que los encargados de cebar al cerdo para echárnoslo a nosotros, a los verdaderos buitres, cuando ya huela y esté, pues, en sazón.

La verdad jode, pero curte.

Roma no paga a los traidores

De la serie: «Correo ordinario»

Cuenta la historia que Marcus Pompilius Lenas sobornó a Áudax, Ditalco y Minurus, emisarios de Viriato para negociar la paz con Roma, a fin de que asesinaran al lider lusitano, cosa que hicieron. Y sigue contando la historia (aunque ya no sé si con una cierta interferencia de la leyenda) que, cuando pidieron cobrar el precio de la traición, fueron a su vez ejecutados bajo la conocida admonición «Roma no paga a los traidores».

Cierta o legendaria, la frase se ha repetido constantemente en el transcurso de los siglos, como una sentencia aplicable a todos aquellos que, traicionando principios y fidelidades, han visto cómo salían escaldados del lance que tan provechoso esperaban.

Es lo que le pasará al Partido Popular y lo que, en parte, le está pasando: muerto de miedo ante la perspectiva de que los faranduleros le monten un número como el que escenificaron en la ceremonia de entrega los Premios Goya que se celebró poco antes de las elecciones del 11-M, de tan horrenda memoria para las huestes de la derecha, y aquejados de un tremendo síndrome de Estocolmo, aguanta lo que le echen para no molestar al colectivo. No puede encontrarse otra explicación al hecho de que, en muy pocos meses, en la misma cámara parlamentaria, primero voten una cosa y después otra.Y hasta se llenan la boca, ellos también, con ese discurso estúpido del salario de los autores.

Pero la farándula, inclemente, no cede y no paga a los traidores su salario. Se ve que la farándula se baja las traiciones de redes P2P, vaya, hombre, vivir para ver…

Y así, Almodóvar se permite el lujo (¿por qué privarse?) de decir -sin despeinarse y sin prueba alguna, por supuesto- que en vísperas del 11-M el PP estuvo a punto de dar un golpe de Estado; y otro individuo más alucinante, sólo explicable en esta España sucia, miserable, piorréica y vil que hace grande a la de Felipe IV, ese Boris Izaguirre, se permite el lujo de soltar que el tándem Batasuna-ETA es más democrático que el PP.

Y el PP se defiende del primero con una querellita -inmediatamente archivada sin que el tal archivo genere apelación alguna- que recuerda la vergüencita de Tierno Galván cantando «La Internacional» con vocecita de monaguillo de Montserrat y el puñito no muy en alto; y sobre el segundo impresentable, el PP, por boca de su portavoz dice que, bueno, a palabras necias, oídos sordos y que lo mejor es no hacer caso. Evidentemente, la parte más guerrera de la parroquia se cabrea (no sin cierta razón) y vaticina otro fracaso electoral para esa formación derechista de pasta flora.

A mí me parece muy curioso, con lo broncas que son para otras cosas mucho más peregrinas, con lo rápidos que son para hacer un drama político espantoso de la cuestión más tonta e intrascendente, y hay que ver lo lilas y modositos que son con la gente que vive de la copia…

No deja de ser sorprendente, alucinante e increíble el poder que tiene esta gente. ¿Y de dónde sale? No constituyen un lobby cívico: fuera de su círculo no cuentan con el apoyo de nadie, como hace poco aprendió en carne propia Ramoncín; precisamente uno de los éxitos de la Asociación de Internautas en su campaña anti-canon ha sido mostrar a la ciudadanía la verdadera cara de estos tíos, cuya simple existencia asociativa ignoraba plenamente hace tres años el hombre de a pie. No constituyen un lobby económico puesto que, aunque ingresan muchísima pasta -buena parte de ella extraída a la fuerza de nuestros bolsillos-, ese dinero les da para vivir como cardenales a los de la beautiful dirigente y a media docena de pegotes más, pero no constituyen un imperio económico serio, al menos que se sepa… ¡y vete a saber!. En cambio, se enfrentan a ellos verdaderos lobbys cívicos (asociaciones de internautas, de consumidores, colegios profesionales y uno de los dos sindicatos más importantes, sumando todo ello un peso social considerable) y económicos (toda la industria tecnológica entre la que está, por sólo citar a dos, Micro$oft e IBM)… y no se consigue vencerlos. No se consigue vencerlos, ya se entiende, en la vía política (en la vía de hecho lo serán, antes o después). ¿Qué fascinación, qué influencia, qué poder tienen esos tíos cantachifles y faranduleros sobre los políticos para llevar a éstos a la traición contra sus ciudadanos y no sólo a la traición como un hecho puntual, sino como un comportamiento constante y sostenido? ¿Con qué tipo de fuerza trabajan para incluso permitirse el lujo de no pagar e incluso insultar a los traidores?

Es verdad que toda la carraca mediática vive de los derechos económicos de autor y, por tanto, se alinea con los intereses del gremio copista, cierto. Pero no parece, por sí solo, suficiente.

No lo sé ni creo que lo sepa nadie salvo ellos (ellos entendidos como la media docena que todos sabemos). No sé si será información -información personal y comprometida- pero… ¿qué tipo de información, así, de forma generalizada, comprometedora y grave, podrían reunir sobre tantísimos políticos los cantachifles y demás vendecopias por esta sola característica? Tanto más en cuanto que, lobbys aparte, los políticos tienen en sus manos el arma defensiva más eficaz sobre esa gente: las subvenciones. Subvenciones -o ausencia de ellas- en las que creo firmemente que está la clave del «No a la guerra» que, a toro pasado (hay que tener morro), le espetaron al PP en los aludidos Premios Goya, quemados por las restricciones que el PP en el poder impuso sobre ese sector… presupuestario.

No soy yo el único que se está preguntando por la procedencia del desmedido y desproporcionado poder que tienen las entidades intermediarias del comercio cultural y de ocio, la $GAE la primera, por supuesto, pero no la única. No son tiempos ya para andar pensando en conspiraciones judeomasónicas, desde luego, pero hay cosas que tienen explicación y otras que no. Con la pasta que amontona un Micro$oft, se comprende perfectamente que tenga comprados todos los ministerios estatales y regionales de montones de países, el nuestro incluido; no nos gusta, en absoluto, pero no hay misterio alguno: todos hemos visto a Ballmer dándose viento con el talonario y, por supuesto, acabamos de ver cómo a Bill Gate$ & wife les han regalado un Príncipe de Asturias por la pasta sobrante que se gastan con los negritos, o chinitos, o lo que toque, de cuya ruina continuada son, por cierto, co-autores, ex aequo con depredadores financieros de otros sectores industriales y comerciales. Las asociaciones benéficas estas que nos ocupan, no tienen estos dinerales (y menos después de haber pagado facturas de hoteles de cinco estrellas y otros similares artículos de primera necesidad) y su poder de comunicación depende muy frecuentemente de empresas que ahora tienen enfrente.

Todo lo cual, no es sino una razón más para seguir luchando con mayor ahínco: ya no es solamente una cuestión -por importante que sea, que lo es- de cánones y de otras abominaciones apropiacionistas. Ese poder ignoto es una espada de Damocles sobre la ciudadanía: hay que averiguar de dónde sale, de quién o de qué les viene.

Y neutralizarlo sin contemplaciones.

Urbanos (I)

De la nueva serie: «Administración en marcha»

Sábado, 27 de mayo, 19:45 CEST (o sea, hora española, para entendernos). Un coche patrulla de la Guàrdia Urbana pasea tranquilamente por la calle (también conocida como «carretera») de Sants en sentido dirección a l’Hospitalet. No lleva encendidos los pirulos, ni corre. Simplemente, parece que disfruta -como muchos, muchísimos, miles de ciudadanos- de una tarde soleada y primaveral, con una temperatura relativamente agradable en uno de los ejes comerciales de la ciudad.

Y como la pareja de munipas va de buen rollo, no va a dedicarse a tocar los cojones a los hijos de puta que por sus motivos particulares se apropian, para ellos solitos, de uno de los dos carriles de circulación, deteniéndose en ellos todo el tiempo que les cuadre, bajo lo que parece la taumatúrgica protección de los intermitentes de stop, lo que en una vía concurridísima provoca el correspondiente efecto embudo. Así que la autoridad -que yo creía competente– sortea tranquilamente a dos cabrones, entre la plaza Salvador Anglada hasta el cruce con Badal, sin acusar recibo (uno de ellos, por cierto, no contento con entorpecer el tráfico rodado puso ruedas sobre la acera para joder también el tránsito peatonal) y sigue su camino disfrutando del clima y haciendo la vista gorda por tercera vez en la propia calle Badal, donde hay otro que lo mismo, bien a la vista, sin esconderse, entorpeciendo el acceso a la Ronda del MIg.

Lástima de móvil con cámara de fotos. Empiezo a tener ganas de hacerme con uno, para ofrecer claras pruebas de que si no te pasas del tiempo en zona verde o azul, en esta ciudad, cuando vas sobre ruedas, dos o cuatro, motorizadas o no, puedes mearte tranquilamente sobre los derechos de los demás -sobre todo, si los demás van a pie- con la total complacencia de la autoridad [dicen que] competente.

Los datos de la patrulla: vehículo señalado con el indicativo C-943 y matrícula 6653 DVS.

Hasta la próxima, que seguro que será pronto.

Carta a un autor español

De la serie: «Correo ordinario»

Te escribo, querido amigo, al día siguiente del dos de tres, es decir, del segundo episodio de los tres de que constará la culminación de la vergüenza. Me refiero a la reforma de la Ley de Propiedad Intelectual. Primero fue el Congreso, que la aprobó con práctica unanimidad; ayer el Senado que con casi la misma (un par de testimoniales votos en contra) la aprobó con unas pequeñas e intrascendentes enmiendas; y dentro de muy poco, el Congreso, otra vez, la dejará definitivamente lista para sanción.

Contra la voluntad de todos los españoles.

Te escribo a tí, autor español, al autor por excelencia; no a ese autor de la minoría dorada afecto al sistema y abundantemente premiado por éste con sinecuras, contratos-subvención públicos o cargos en sociedades de gestión, sino a ti, al verdadero autor, al que forma esa ingente masa de proletarios de la creación, de la carne de cañón que intenta, casi siempre vanamente, vivir de lo que escribe, que se gana la vida honradamente en un trabajo totalmente ajeno a su vocación o que, cercano a la misma -en casos afortunados-, no vive, porque no puede, de su propia creación.

Te escribo como un autor que soy también, que tampoco vive de lo que escribe pero que, quizá a diferencia de ti, como única circunstancia que nos distingue a uno de otro, no lo pretende, ni lo quiere, ni lo intenta.

Ayer fuimos derrotados.

Ayer fuimos derrotados yo como internauta y autor en red, tú como autor vocacional que aspira a poder vivir de su creación, y los dos como ciudadanos, como tantos millones de ciudadanos.

Y… ¿sabes? Nos lo merecemos, nos hemos ganado a pulso esta derrota, tú, yo, todos los ciudadanos. Por cobardes. Por acomodaticios. Por perezosos.

Siempre he dicho que el miedo se alimenta de si mismo y que no sirve para nada más que para engordar, para hacerse más grande, para generar más miedo. Tantas veces lo habré visto y dicho en mi actividad sindical, al ver cómo los funcionarios interinos renunciaban -al igual que muchos funcionarios de carrera, es verdad- a reclamar sus derechos por miedo a represalias; cuántas veces les habré dicho -hasta que ahora los hechos me ha dado plenamente la razón- que cuando decidieran liquidarlos lo harían sin contemplaciones, sin tener en cuenta sin fueron díscolos o mansos. Refugiarte como un ratoncito muerto de miedo en un rincón sólo sirve para ponérselo fácil a la escoba que te va a aplastar.

La gran masa de los afiliados -forzosos, en la mayoría de los casos- a las sociedades de gestión de derechos económicos de autor ha vivido siempre en el miedo, en el miedo de sufrir unas represalias sobre algo que no se tiene, en el miedo a que os quiten un pan que jamás os han dado. ¿Cuántos de los 80.000 famosos autores asociados a la $GAE vivís de lo que os da la $GAE? ¿Cuántos os podéis permitir siquiera dos o tres modestos aperitivos anuales con lo que os da la $GAE?

Y, sin embargo, jamás os habéis atrevido a levantarle la voz a la beautiful dominante, a la que os trata como a pringaos, a la que sólo os tiene en cuenta para usaros de rehenes clamando por un salario que vosotros desconocéis, al menos en la tal dignidad de salario, porque solamente son unas migajas indecentes.

¿De qué tenéis, de qué habéis tenido miedo? ¿A qué tanto ponerse en contacto con nosotros («por Dios, sobre todo que no trascienda quién soy, que me la juego», la de veces que lo habremos oído o leído) para luego volveros a sumergir en vuestro miedo y en vuestra miseria? ¿Ni siquiera de perdidos os echáis al río?

Pues he aquí vuestro castigo: la perpetuidad de vuestra miseria, la perpetuidad de vuestro miedo, la cadena perpetua al rincón ratonesco sin otra novedad posible que la llegada -más tarde o más temprano- de la escoba que os aplaste (que lo hará fácilmente al teneros perfectamente localizados).

Pero no sois, en absoluto, los únicos culpables. Ni siquiera los mayores culpables.

Estamos los ciudadanos, las otras víctimas de la abominación. Los ciudadanos que hemos actuado… no, mejor: hemos dejado de actuar… por miedo residual, un miedo no finalista, de amplio espectro, el miedo del animal domado y castrado en todos los ámbitos que teme al palo aún en aquellos casos en que no tiene ninguna razón para pensar que se lo puedan propinar; un miedo que abotarga, que castra todo análisis crítico, que se refugia en una falsa molicie a la que accede con enormes sacrificios y que basta con la amenaza de su supresión, de su pérdida, para hacerle sudar frío, porque esa falsa molicie es lo único que tiene: a ella ha inmolado toda su personalidad. Su alma, ya estéril, ha matado toda rebeldía, toda crítica, toda posibilidad de objeción.

El sistema, armado de hipotecas, de trabajo precario y de unos medios verdaderamente criminales, ha aprendido y perfeccionado hasta extremos inauditos las lecciones de los carceleros de los campos de extermino nazis y soviéticos. Si éstos aprendieron cómo un recluso podía -materialmente, literalmente- vender a su madre o a sus hijos por quince gramos de carne podre disimulada en el fondo de la sopa de [pocos] nabos, el sistema moderno ha aprendido que ni la carne hace falta, que basta con la amenaza implícita de suprimir el pedazo de pan negro y duro del desayuno. Y es tal la perfección alcanzada en esa materia, que ni siquiera hace falta la amenaza: la propia víctima la edifica ella misma. Y así se llega al lujo de llamar democracia al campo de concentración y se asume la perfección carcelaria de no precisar ni siquiera la molestia de ahorcar al díscolo, al rebelde, que pasa a ser incluso útil como contrapunto, como desfogue del preso común y capón que viendo en la rebeldía su propia vergüenza, reacciona contra ella con la risa o con el desprecio: el rebelde es un friki o un anarquista iluso, un pobre pringao que no se entera de las reglas del juego, alguien que nunca llegará a nada. El cénit de la ciencia penitenciaria: el preso investido a sí mismo como el más eficiente y terrible carcelero de sí mismo.

Presos de ese falso y tramposo hedonismo, los ciudadanos vemos pasar ante nuestras narices los más tremendos castigos y hasta pedimos a gritos que nos sean aplicados porque si no el sistema no se sostiene. Y así, tragamos alegres y contentos con las más macabras abominaciones laborales y con el encarcelamiento tremendo en nuestra propia vivienda, de la que ya no heredarán nuestros hijos sino su deuda (y eso si el sistema no nos obliga antes a vender la parte ya pagada para poder sobrevivir con una pensión de miseria, que es la próxima que están pergeñando).

Y entre nuestros democráticos aplausos, el sistema nos aplica, muerto de risa, el castigo, por manos de unos kapos llamados políticos.

Lo del canon no es sino un episodio más; quizá ni siquiera el más importante. Habrá más oportunidades para cepillárselo y sin duda acabará arrasado, pero no porque sea justo y necesario para nosotros, sino porque es conveniente para una facción de la junta directiva del campo de exterminio. Pero habrá otros castigos, en este y en otros ámbitos. Por esa supresión del canon que tanto les conviene a ellos nos harán pagar una factura a nosotros vendiéndonos -entre nuestro pollináceo asentimiento- que han suprimido el canon por favorecernos a nosotros.

Parte de nuestra doma consistió en asumir la enseñanza de que la justicia, al final, siempre triunfa. Mentira. Doble mentira. Primero, porque su justicia no es la justicia (si es que cabe hablar, en general, de justicia, de lo cual albergo mis dudas). Segundo, porque la justicia -en su caso- jamás brilla sola: su triunfo se alimenta de esfuerzo, de sacrificios, de heroísmo y muchísimas veces de víctimas, de víctimas culpables y también de víctimas inocentes. La justicia -si la hay, si existe- necesita para funcionar, para ejercer, grandes cantidades de sangre, de sudor y de lágrimas. No es autolimpiable, como algunos elementos modernos o como suelen creer las almas estériles cuando ya no tienen nada en que creer verdaderamente.

Esta es, querido autor español, autor de verdad, hermano en el pijama a rayas y en el número tatuado en el brazo, nuestra historia y nuestra realidad. Y seguramente, también será nuestro futuro, ya que él sólo depende de nosotros y ya ves tú el panorama.

Hasta siempre. Nos veremos mañana por la mañana, en el patio, antes del desayuno.

A la hora de las ejecuciones.

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